El día que México le hizo un partidazo a Argentina en un Mundial y ni así pudo ganar

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México perdió ante Argentina en el Mundial de 2006. (David Cannon/Getty Images)
México perdió ante Argentina en el Mundial de 2006. (David Cannon/Getty Images)

México hizo el partido de su vida. Arrinconó a Argentina y provocó un pánico que ellos, acostumbrados a los días cumbre, habían reservado para otros días y otros rivales. Pero no para el Tri, ese intruso al que la osada prensa internacional había calificado como caballo negro del Mundial. Por absurdo y lejano que parezca, de ese tamaño era el prestigio de la Selección Mexicana en esa Copa del Mundo. Y dentro del campo, donde se certifican los prejuicios, la oncena nacional tenía muy claro que ninguna valoración futbolística era gratuita. Se lo habían ganado.

Sin embargo, se sabe, en los partidos de vida o muerte, el aura que desprende la mística puede definir el destino de los implicados. La suerte, ese intangible que tantos partidos ha definido y cuya existencia sigue siendo negada por miles de incrédulos, puede tener tanto poder como la estrategia futbolísticamente más definida. Las camisetas pesan y, en muchas ocasiones, hacen las veces de jugadores número doce.

Con Ricardo La Volpe en el banquillo, México conocía todo de Argentina. Y eso fue evidente durante cada fotograma del partido. En los dos años previos, 2004 y 2005, aztecas y pamperos se habían enfrentado en otros dos torneos internacionales. En la Copa América 2004, el tricolor venció a los pupilos de Marcelo Bielsa gracias a un tiro libre magistral de Ramón Morales. Pero un año después, ya con José Pekérman en el banquillo, ellos tomaron venganza en la Copa Confederaciones. Tras un empate 1-1 en 120 minutos, los ches se hicieron de la victoria en unos dramáticos penales.

El hecho, sin embargo, era claro: la albiceleste no había podido con México. Una victoria en penales nunca es suficiente si de mostrar supremacía se trata. La constelación de estrellas en sus filas no se correspondía con un futbol monótono, a ratos intrascendente, que podía ser muy bien aprovechado por un equipo dispuesto a perderle el miedo a las jerarquías. Y México lo era. Un año antes había vencido al todopoderoso Brasil de Ronaldinho y cautivado al mundo entero con un estilo atractivo.

Desde el comienzo del partido, el Tri hizo gala de coraje y personalidad. No les importaba el brillo de la potencia que tenían enfrente. Nadie podía ser tan bueno como para abandonar su condición de humano: ese eje falible en el que se sustentan las alegrías y los pesares del juego. Por eso, aunque en la previa todos tuvieran a Argentina como favorito, bastaron once minutos para que Rafa Márquez helara la sangre de Riquelme, Crespo, Ayala y compañía.

El Káiser mexicano ganó un balón peinado a segundo palo, y con Heinze como espectador, batió el arco del Pato Abbondanzieri. México asestó el primer golpe de la noche y parecía que, por fin, un coloso tendría que navegar contracorriente ante el Tri, acostumbrado siempre a sortear la adversidad. Poco duró la ilusión. Tres minutos más tarde, Hernán Crespo igualó los cartones para dar paso a un partido monopolizado por el cuadro de Ricardo La Volpe.

Argentina se atascaba cuando tenía el balón y no sabía cómo defender cuando México relucía su fino toque de balón y el espíritu coral de los equipos que, conscientes de la falta de talento individual, optan por remitirse a los orígenes del juego: pase y movimiento, tiempo y espacio. Argentina tuvo unas cuantas ocasiones precisamente gracias a las individualidades de sus alfiles: Carlos Tevez y Javier Saviola. Pero un Oswaldo Sánchez imperturbable cerró su puerta con el apoyo de un triple candado que hoy se echa mucho de menos: Márquez, Salcido y Osorio.

México tenía muy clara su idea de juego. No especulaba nunca. Se asumía como un equipo protagonista al que le importaba tener el balón y, más que tenerlo, tratarlo bien, aprovechar las brechas. En síntesis, jugar bien a la pelota. Pero en los minutos decisivos, cuando el balón tenía que entrar en el arco obligatoriamente para evitar los azarosos penales, se echó en falta el germen individualista de algún jugador con talento único.

 Messi enfrentando a México en su primer mundial (Action Images / Alex Morton)
Messi enfrentando a México en su primer mundial (Action Images / Alex Morton)

Argentina, por su parte, intentó buscar respuestas con un adolescente llamado Lionel Messi. Mucho no pasó con él, pero ciertamente su entrada le dio una dosis de rebeldía a su aletargado equipo. Un balón aparentemente estéril fue enviado por Messi a Juan Pablo Sorín, en la banda izquierda. El lateral argentino envió un cambio de juego que los nervios suspendieron en el aire. Desde ahí, todo se vio en cámara lenta. Maxi Rodríguez amansó la pelota con su pecho y prendió un zapatazo eterno con su pierna mala: la zurda. Oswaldo se estiró inhumanamente pero todo era en vano.

Argentina se llevó algo más que un boleto a Cuartos de Final. Certificó su condición de padre futbolístico de México. Desde ahí, ningún partido entre ambas naciones volvió a ser igual. Podemos lamentarlo para siempre: ni el mejor México que se recuerden le pudo ganar a Argentina.

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