Vasyl Lomachenko y su magistral pelea contra Devin Haney, que los jueces no le dieron como victoria

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Vasyl Lomachenko subiendo al ring para enfrentar a Devin Haney en el MGM Grand Garden Arena de Las Vegas. (Alejandro Salazar/PxImages/Icon Sportswire via Getty Images)
Vasyl Lomachenko subiendo al ring para enfrentar a Devin Haney en el MGM Grand Garden Arena de Las Vegas. (Alejandro Salazar/PxImages/Icon Sportswire via Getty Images)

Vasyl Lomachenko llegó a Las Vegas como carne de cañón. La lógica que impera en el boxeo lo necesitaba: el veterano que debe ceder la estafeta a la nueva estrella. Una nueva estrella como Devin Haney, invicto en 29 peleas y campeón indiscutido de los pesos ligeros (135 libras). Alejado del boxeo en 2022 por la invasión a su país, Ucrania, Lomachenko dejó muchas dudas en su regreso, en octubre pasado contra Jamaine Ortiz. El coro de voces boxísticas tenía una certeza: no era el mismo de antes.

Ese declive natural se contraponía con el ascenso de Haney, que el año pasado superó dos veces a George Kambosos Jr. para ganar y luego retener los cinturones mundiales. Más alto, más pesado (Haney rehidrata bastante bien las libras que pierde), y más joven (24 años): todo estaba a favor del californiano. Pero en la previa necesitó darse confianza a sí mismo. Por eso empujó vulgarmente a Lomachenko en la conferencia del día antes. La demanda popular le pidió al ucraniano una última noche de magia.

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Con un público que le respaldó, pese a ser visitante, Lomachenko recuperó piezas del arte que ha repartido en el boxeo profesional desde 2013: campeón del mundo en tres divisiones —todas en tiempo récord—. Su boxeo agita el corazón del más indiferente. Es danza, agilidad, fuerza y estrategia. Con ese juego de pies, que tiene perfeccionado gracias a la práctica de ballet, encontró los ángulos necesarios para dañar a Haney.

El campeón atacó constantemente con golpes al cuerpo, un recurso que puede ser efectivo por el dolor que provoca, pero principalmente porque sirve para quitar energías físicas al rival a lo largo de la contienda. Con 35 años, Lomachenko asimiló las ráfagas con una estoicidad conmovedora. Los recurrentes amarres de Haney —que se quejó de las marrullerías de Loma, y fue él quien terminó ensuciando la pelea con el exceso de abrazos— no podían frenar al bicampeón olímpico, que combinó velocidad con potencia, consciente de que era más pequeño, pero recordando que en esa categoría ya había derribado a oponentes que le superaban en tamaño.

Haney sintió que debía demostrar algo, que su estatus de campeón total no era una simulación. Por eso declinó su clásico estilo: tirar la mano izquierda con el jab para alejar al rival y mantenerse a salvo, siempre con la defensa como prioridad. Decidió ir al frente, pero confiar en su poder no fue la mejor apuesta. Haney no tiene vocación de nocaut: ha ganado apenas quince de sus treinta peleas por esa vía. El mayor reto de la pelea para Lomachenko, que era acortar la distancia, terminó siendo más sencillo de lo presupuestado por la iniciativa de su oponente.

Hacia los rounds finales, la superioridad de Lomachenko se hizo más grande, contra un Haney que respondía, pero sin la frecuencia y poder necesarios para convencer en la puntación. En el round diez, el retador lanzó una potente combinación que lastimó y tambaleó a Haney —inexplicablemente, el juez Dave Moretti le dio el round a Devin—. El asalto once prolongó ese dominio para edificar una visión unánime: el dueño del combate, que había sido de ida y vuelta, era ya Vasyl Lomachenko. En el doce, como aceptó al final, el ucraniano bajó el ritmo porque pensó que tenía la pelea ganada. Aunque Haney no presionó, dejó una última estampa de estabilidad como para promover que ganó el round.

Las tarjetas finales fueron las siguientes: 116-112, 115-113 y 115-113. Haney no fue superior y lo comentaron diversos peleadores, incluso Shakur Stevenson, que lo ha elogiado en el pasado. “Yo creo que fue un robo, porque Lomachenko ganó. Ni siquiera creo que haya sido (una pelea) competitiva”, dijo el retador mandatorio del CMB a Fight Hype. La victoria del visitante fue también respaldada por gente como Óscar de la Hoya o el excampeón mundial Sergei Kovalev. Lomachenko fue grabado en el vestidor mientras derramaba unas amargas lágrimas, las de quien hizo todo para ganar. No quiso hablar de su futuro en el boxeo. Pretende volver a Ucrania.

En el recuento final de golpes, realizado por el software Compubox, Lomachenko tuvo mejores registros que Haney: lanzó 564 goles y conectó 124; Haney lanzó 405 y aterrizó 110 (en golpes de poder aterrizados, el marcador fue de 95 a 90, favorable al retador). La superioridad de Hi-Tech resultó lo suficientemente clara como para ganar por uno o dos rounds. Es decir, una tarjeta coherente habría entregado un 115-113 o 116-112, pero en favor de Lomachenko. Fue una pelea dura, con momentos para ambos, pero que tuvo en Lomachenko al controlador y poseedor de los mejores y más contundentes golpes.

El futuro es confuso para ambos. Haney tendría que pelear con Stevenson a continuación, pero también ha hablado muchas veces de subir de división (un choque entre las dos joyas de Top Rank no se dará pronto). El otro león de la categoría es Gervonta Davis, pero está alineado con Premier Boxing Champions. Pasará mucho tiempo para hablar de un posible enfrentamiento entre combatientes de promotoras diferentes. Lomachenko quizá dio su última gran noche. Él tiene claras sus prioridades, y esas no tienen que ver con boxeo, sino con volver a su país y apoyar (estuvo enlistado en el ejército). La cátedra que dio el sábado no le alcanzó para convencer a los jueces. Su oro es el aplauso de un público que lo vio como el rey legítimo.

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