Ahora Tyler Adams es el capitán

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La edad de Tyler Adams es un asunto de perspectiva. Claro está que, en un sentido estricto y cronológico, tiene 22 años y 8 meses, pero el significado de esto —si es joven, como parece ser, o viejo, por más extraño que eso parezca— depende del contexto. De hecho, a veces le cuesta decir su edad con cierto grado de precisión.

En ciertas ocasiones, está consciente de su juventud. Por ejemplo, comparte el vestidor del RB Leipzig con un montón de jugadores que se unieron al club en los niveles más bajos del fútbol alemán y siguen en su lugar incluso ahora que se ha vuelto un habitual de la Liga de Campeones.

“Han jugado como 300 partidos”, comentó Adams. “Los veo y me doy cuenta de lo mucho que me falta”.

A veces, su juventud lo toma desprevenido. Adams recuerda la noche, apenas hace cuatro años, cuando la selección de Estados Unidos perdió con Trinidad y Tobago y condenó a su país a la ignominia de perderse la Copa del Mundo por primera vez en 28 años, pero tan solo como aficionado, no como jugador.

“Recuerdo que no sabía bien qué significaba eso”, comentó, la idea de un Mundial sin una selección estadounidense era demasiado extraña como para poder comprenderla.

Para ese entonces, todavía no jugaba en la selección mayor de su país. La derrota implicó que iba a formar parte de una generación diferente: la encargada de vengar el fracaso, no de ser partícipe de él.

Sin embargo, a veces se siente mucho más viejo, y es entonces cuando empiezan a divergir su edad real y la que se podría considerar como su edad futbolística. Debutó temprano, cuando jugaba para su primer club, los New York Red Bulls, con apenas 16 años. Lleva seis años como profesional, un logro que otros no alcanzarán sino hasta que tengan más de 20 años.

“Ha pasado más tiempo del que parece”, comentó.

En ese periodo, también se convirtió en un veterano de la selección nacional estadounidense comandada por Gregg Berhalter, la cual reanuda su actual campaña clasificatoria para la Copa del Mundo con tres partidos durante la próxima semana. Adams ha participado en los “consejos de liderazgo” del entrenador, a pesar de las lesiones que limitan el tiempo que ha podido pasar con sus compañeros. Después de décadas, el mes pasado se convirtió en el futbolista más joven en ser el capitán de la selección varonil de Estados Unidos en un partido clasificatorio.

Hay una razón de por qué Jesse Marsch, no solo su entrenador a nivel de clubes, sino en esencia su mentor —“hizo todo por mí”, en palabras de Adams—, lo considera una especie de “alma vieja”.

A Adams se le perdonaría resentir esa disonancia, pensar que su juventud ha sido interrumpida demasiado pronto, preocuparse de que se le pida demasiado siendo todavía muy joven. Hay muchos jugadores jóvenes que encuentran sofocante ese nivel de expectativas. Lo impresionante de Adams es que él es casi todo lo contrario.

El inicio de la temporada ha sido difícil para el Leipzig. El equipo de Marsch ha tenido dos derrotas en la Liga de Campeones y, antes de una racha reciente, había ganado tan solo uno de sus primeros cinco partidos de la Bundesliga. El club insistió en que Marsch, recién instalado, no era vulnerable, una señal infalible de que de hecho se estaba acercando a la vulnerabilidad.

Para Adams, es una nueva experiencia. Si dejamos de lado sus lesiones, su carrera en Europa ha sido una tranquila curva exponencial: un jugador regular en la escuadra apenas llegó, un par de finales de copa en Alemania, una semifinal de la Liga de Campeones, una mejoría constante en los puestos de liga. Esta es la primera vez que ha estado en un equipo de bajo rendimiento.

“Perder tantos juegos ha sido bastante extraño”, admitió.

No obstante, en vez de buscar inspiración en los jugadores que lo rodean —los que han estado en el Leipzig casi desde el inicio, los que están insertados en la estructura básica del club—, su respuesta ha sido cargar con más responsabilidad sobre los hombros.

“Como líder, quiero llevar mucho más peso sobre mis hombros”, comentó.

Lo mismo sucede con la selección nacional. A Adams no le gusta en particular la idea de la “Generación Dorada”, en parte porque más bien es un pequeño peyorativo en un contexto futbolístico —como regla, una generación dorada nunca cumple las expectativas—, pero también porque siente que no le hace justicia a la gran cantidad de jugadores jóvenes que siguen surgiendo de los sistemas de juveniles en Estados Unidos.

En su opinión, la generación actual no acaba con él, también están Christian Pulisic, Weston McKennie y Giovanni Reyna. Esta generación actual se transforma y crece todo el tiempo. Etiquetarla ahora es interrumpir ese proceso de manera anticipada.

“Mira a Gianluca Busio jugando todos los partidos en Venecia”, comentó. “Hay muchos que están subiendo de nivel”.

Sin embargo, las cicatrices de 2017 han atenuado la emoción que esto ha generado. La selección nacional de hoy en día es, en potencia, la mejor que haya ensamblado Estados Unidos en la historia —si eso se puede calcular, tan temprano, por la cantidad de sus miembros que están prosperando en Europa— y, a pesar de todo, sus primeros compromisos para clasificar al Mundial se han caracterizado por una inquietud nerviosa, una sensación de que en cualquier momento todo podría estar a punto de hacerse pedazos de nuevo.

“Desde afuera, cuando no clasificas, todos van a temer lo peor, esa preocupación de que va a suceder de nuevo”, comentó Adams.

Los primeros dos partidos de Estados Unidos —empates contra El Salvador y Canadá— dieron la impresión de endurecer esa sospecha a tal grado que incluso una victoria enfática contra Honduras en el tercer partido pudo no haberla aliviado por completo.

Esa irritabilidad no ha desconcertado a Adams, quien asegura, no de manera poco razonable, que Berhalter todavía no ha podido convocar un equipo completo y que todavía no sabemos con precisión cuán buena puede ser esta selección estadounidense, si consideramos que apenas ha jugado como equipo. Por ejemplo, a McKennie lo expulsaron temprano de la primera serie de partidos clasificatorios por violar las reglas del equipo y Pulisic y Reyna están ausentes de la oleada de encuentros de esta semana.

No obstante, más que eso, para Adams, esos partidos que a todas luces parecen trampas —viajes a Panamá, El Salvador y Honduras, donde los aficionados son hostiles e incluso el tipo equivocado de victoria puede analizarse como una derrota— no son calvarios, sino una verdadera y genuina “diversión”.

“Me encantan”, admitió. “Son los mejores partidos para jugar. Estás representando a tu país, juegas para ir a un Mundial, con estos chicos con los que creciste. Cuando teníamos 15 años y pasábamos un año de campamento, Weston tocaba a mi puerta todas las noches, Christian era mi vecino. Hemos cerrado el ciclo”.

Son quizás esos jugadores —con los que creció, los amigos de su infancia, los que se acuerdan de cuando él se preguntaba si alguna vez iba a tener éxito, cuando estuvo condenado a jugar de “banca de lateral izquierdo” tan solo para participar— los que tienen la mejor posición para comprender la verdadera edad de Tyler Adams.

Los jugadores con los que creció lo conocían lo suficiente como para saber que era un líder. Aquellos jugadores que no crecieron con él han escuchado lo suficiente como para llegar a la misma conclusión. Si Tyler Adams es joven, viejo, o algo en el medio, depende de la perspectiva. No cabe la menor duda de que este es el momento de Tyler Adams.

© 2021 The New York Times Company

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