El triple motor de River en el círculo central, que hizo olvidar a Enzo Pérez, con un gol y dos “asistencias”

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Enzo Fernández, en primer plano, en el festejo del gol de Bruno Zuculini; los volantes de recambio son fundamentales
Mauro Alfieri

Parece una broma del destino. Una jugada maestra del pizarrón, detrás de una ausencia mayúscula, indispensable. Matías Suárez era el mejor jugador del fútbol argentino. Rápido, ágil, encarador, con gambeta, con gol. Era un demonio por el sector derecho. Y con el transcurrir del tiempo, cuando Marcelo Gallardo improvisó la audacia con tres intérpretes de ataque –Julián Álvarez, Braian Romero, los otros– se corrió hacia la izquierda.

Cuando las luces se apagaban, surgía el cordobés, que solía ser citado por Lionel Scaloni en el seleccionado. Cuando River parecía un equipo del montón, surgía el atacante, siempre dispuesto a aportar soluciones. Era el as de espadas.

El resumen de la goleada

Un día, quedó a un costado. Por una compleja sinovitis, uno de los tantos contratiempos, por lesiones y citaciones, que sufrió River en todo este trayecto. Las eliminatorias se entrometieron en el ciclo ganador, las molestias físicas fueron parte de la ecuación: River juega bravo y el desgaste físico se siente. Lo sufrieron, en este tiempo, casi todos. Pero Suárez era único.

El Muñeco realizó varios cambios en la travesía rumbo al sueño que todavía no cumplió: un campeonato local como entrenador. Improvisó, sacó, puso. Jóvenes como Simón, toda una revelación. Se sobrepuso a la salida de Montiel con Rojas... de 4. Vigo fue uno de los pocos que no respondieron al desafío mayúsculo de pisar el Monumental, tal vez como Fontana. El resto, aprobado. O brillante, como Julián, que en dos meses se convirtió en la mejor vidriera del fútbol argentino. Apareció Rollheiser, Romero aportó goles, hasta Maidana y Ponzio tomaron la posta.

Romero y Alvarez, los goleadores de River, impulsados por el otro Enzo y Palavecino
Mauro Alfieri


Romero y Alvarez, los goleadores de River, impulsados por el otro Enzo y Palavecino (Mauro Alfieri/)

La salida de Suárez cambió todo. Adelante, en el medio. Y sin Enzo Pérez, el símbolo, suspendido, frente a Argentinos se destacaron dos cincos y un volante de salón. Que se suman a los ataques, como si fueran piezas ofensivas. River arranca los partidos solo con un delantero, con Julián.

No solo no eran titulares: convivían bajo la sombra de otros, eran una suerte de segundo recambio. Siempre para adelante. Zuculini levantó la cabeza y marcó un gol de colección. Enzo Fernández levantó la cabeza y el remate, un zurdazo, chocó con el poste más lejano. Más tarde, el pibe, de 20 años, le dio un pase sensacional a Romero, antes del gol de Álvarez. Y Palavecino frotó la lámpara rumbo a Álvarez, que le cedió el festejo a su compañero goleador. Los tres fueron indispensables en el quite, en el orden, en la disciplina. También, en el ataque.

Otro gol de Zuculini desde afuera

Se pudo haber ido Zuculini. Se quedó, motivado por la sapiencia del Muñeco. Marcó 6 goles en 82 partidos, el último, también de fuera del área: contra Lanús, en el 3-0 en la Fortaleza. Zuculini fue un motor.

Fernández sí se fue: a Defensa y Justicia, en donde construyó valentía, personalidad. La que había mostrado a cuenta gotas en Núñez. Volvió y parece otro: mucho mejor. Quite, personalidad –pidió el penal en el triunfo contra Vélez– y hasta se anima a los pases al vacío. Patea desde afuera del área, como Palavecino, su colega de aventuras en la zona media. En la búsqueda de soluciones –en la transformación de estilos y nombres–, entró por Nicolás de la Cruz, otro de los lesionados.

Agustín Palavecino le marcó un gol a Boca y luego, perdió su lugar; ahora, está en su mejor versión
ALEJANDRO PAGNI / AFP


Agustín Palavecino le marcó un gol a Boca y luego, perdió su lugar; ahora, está en su mejor versión (ALEJANDRO PAGNI / AFP/)

Palavecino también era un lógico suplente. Había perdido fortaleza, se había quedado con el recuerdo de un gol ante Boca. Las intermitencias de Carrascal le abrieron una puerta, que el hombre que brilló en Colombia ahora sí, aprovechó. Juega como un 10 retrasado, con panorama. No brilla, no desentona. Es un valor de repetidos 6, 7 puntos.

El pase, ese motor irresistible del fútbol, es su especialidad. “La figura fue el equipo, hicimos un gran partido. La idea es la intensidad, hay que seguir, nunca dejamos de hacer goles”, sostuvo Palavecino. Uno de los buenos: el círculo central tiene luz.

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