No existe travesía más importante para los viajeros experimentados del fútbol que la de las clasificatorias

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Una de las experiencias esenciales y poco reconocidas de la afición deportiva estadounidense te exige salir del territorio nacional.

Cada cuatro años, la selección masculina de fútbol de Estados Unidos se embarca en un viaje de varios meses para clasificar a la Copa del Mundo. Brinca de un lado a otro por toda América del Norte, Centroamérica y el Caribe para una serie de partidos extremadamente tensos en los que se juegan todo contra rivales de la región. El hecho de que estos juegos deban experimentarse en persona para en verdad entenderse se ha convertido en un tema recurrente para los jugadores de la selección, que suelen tener problemas al principio para adaptarse al entorno.

Resulta que los aficionados tienen años diciendo lo mismo. Estos hinchas viajeros —un pequeño grupo de fanáticos estadounidenses que son invadidos a la vez por un sentido casi irracional de lealtad a la selección y un espíritu viajero insaciable— son los guerreros del camino de la CONCACAF, la confederación que incluye a Estados Unidos y a sus vecinos hemisféricos. Son, de alguna manera, una clase diferente de aficionados: se deleitan con las oportunidades de intercambio internacional, ven la belleza de las diferencias culturales y competitivas, hacen caso omiso de las advertencias (justificadas o no) sobre seguridad personal y asumen los gastos, por lo regular considerables, que deben hacer para seguir a su selección nacional.

“El fútbol es el catalizador para que visitemos esos lugares, pero nos sumergimos por completo en la experiencia y regresamos con un mejor entendimiento de un país y a menudo sintiendo afinidad por él”, dijo Donald Wine, un aficionado de 38 años de edad de Washington, uno de la media docena que planean asistir a los 14 juegos de la ronda final de clasificación para la Copa del Mundo 2022: siete en Estados Unidos y siete en el extranjero.

Sin embargo, la travesía ha adquirido un nuevo nivel de urgencia en la clasificación actual porque el querido ritual, en su forma presente, tiene fecha de vencimiento. La clasificación para la Copa del Mundo se verá muy diferente de cara a su edición de 2026, cuando se expandirá de 32 a 48 equipos y Estados Unidos clasificará de forma automática por su condición de país anfitrión. Después de eso, la región de CONCACAF recibirá cerca del doble de plazas para el torneo de las que recibe hoy. Dada su fuerza en comparación con la de sus rivales regionales, eso podría otorgarle a Estados Unidos un camino relativamente libre de peligros por las clasificatorias durante por muchísimos años.

Eso significa que la travesía —tanto para los jugadores como para los fanáticos— nunca más será la misma.

“Les he dicho a todos antes de esta última ronda clasificatoria: ‘Si no pudieron hacer los otros viajes, hagan estos, porque es la última vez que vamos a sentir esta presión’”, dijo Ray Noriega, de Tustin, California, quien asistió a todos los partidos de las últimas tres clasificatorias de la selección de Estados Unidos para la Copa del Mundo y planea hacer lo mismo esta vez. “Se siente como la última aventura”.

Dicen los aficionados que es esa presión lo que le da sentido a todo lo demás y lo que durante años ha alimentado la atmósfera y tensión subyacentes en los estadios. Cada partido, cada viaje a otro país, ofrece una nueva oportunidad para sorprenderse. Eso, por ejemplo, sucedió el mes pasado, cuando la selección inició su ronda de clasificación en El Salvador.

Solo un par de docenas de estadounidenses hicieron el viaje. Antes del pitazo inicial, la policía local los rodeó en el estadio y los escoltó a sus asientos entre una pared y una portería. Mientras se sentaban los estadounidenses, y para su sorpresa, los aficionados locales a su alrededor comenzaron a aplaudir. Las personas en la siguiente sección se percataron y también comenzaron a aplaudir. En poco tiempo, gran parte del estadio repleto se puso de pie para darle a los espectadores visitantes una ruidosa ovación de pie. Los estadounidenses estaban atónitos.

“Nunca antes había visto eso”, dijo Dale Houdek, un hincha de 49 años de Phoenix, quien ha asistido a más de 100 juegos de la selección de Estados Unidos (tanto masculina como femenina), “y no sé si lo vuelva a ver alguna vez”.

Dadas algunas de las complejidades para viajar de estos juegos, en particular ahora en plena pandemia global, los aficionados viajeros se coordinan con la selección antes de la mayoría de los viajes. Un especialista en seguridad que trabaja para la Federación de Fútbol de Estados Unidos suele contactar a los American Outlaws, el grupo organizado de aficionados de la selección más grande, para ayudar a orquestar los movimientos el día del partido, planificar la escolta policial (de ser necesario), encontrar alojamiento seguro y coreografiar las entradas y salidas de sus lugares en los estadios.

“Siempre estamos a una llamada telefónica de distancia si necesitan algo”, dijo Neil Buethe, el portavoz principal de la federación.

Los aficionados que viajan por los países de la CONCACAF han llegado a sentirse como una subcultura dentro de una subcultura, una que exige cierto nivel de ingresos disponibles y flexibilidad con el trabajo y la familia. Los pasajes y los gastos de una típica gira de tres partidos pueden llegar a costar unos cuantos miles de dólares.

“Mi papá dice que son mis Grateful Dead”, dijo Max Croes, un aficionado de 37 años de Helena, Montana, sobre seguir a la selección por todo el mundo.

Algunos están tan dedicados a la causa que planean volar el próximo mes a Kingston, Jamaica, para un juego que al parecer se realizará a puerta cerrada, sin fanáticos, en el poco probable caso de que las reglas cambien en el último minuto y puedan asistir.

“Y si no podemos asistir, pues es Jamaica, hay peores lugares para no ver un partido de fútbol”, dijo Jeremiah Brown de Austin, Texas, quien está tratando de ver todos los juegos de esta ronda clasificatoria con su esposa, April Green.

No obstante, por la mera magnitud de la ocasión, hay un destino que destaca del resto.

“México es una bestia única”, comentó Ivan Licon, de Austin.

Los juegos en el enorme Estadio Azteca de Ciudad de México —donde los asientos de los aficionados visitantes están separados por una cerca, aparentemente para su propia protección— inspiran a los hinchas a describir sus atractivos con las tablas de multiplicar:

“Es fútbol americano universitario multiplicado por 10”, dijo Licon, un fanático acérrimo de la Universidad de Texas A&M que planea asistir a todos los juegos de esta ronda clasificatoria.

“Son los Medias Rojas contra los Yankees multiplicado por 20”, dijo Boris Tapia, de Edison, Nueva Jersey.

Cada vez más estadounidenses están acudiendo al llamado. Antes de la Copa del Mundo de 2014, unos cuantos cientos de aficionados asistieron al juego de la clasificatoria de los estadounidenses en México. Antes del Mundial de 2018, los fanáticos estiman que la representación de Estados Unidos se acercaba más a los 1000. Las dos selecciones renovarán su rivalidad en el Azteca en marzo, cuando los equipos se enfrenten en los tramos finales de la clasificación.

Sin embargo, el fútbol es solo una parte del atractivo de estos viajes. Los aficionados enumeraron con alegría las “misiones secundarias” que habían realizado y que hicieron que la travesía fuera más especial: surf al amanecer en Costa Rica; senderismo en las montañas de Honduras; presenciar una de las celebraciones de Pascua más grandes del mundo en Guatemala; llevar de forma espontánea crías de tortuga al mar en Trinidad; adoptar a un burro en la isla de Antigua.

“Su nombre es Stevie”, dijo Wine. “Seguimos recibiendo actualizaciones sobre su vida”.

Kelly Johnson, una fanática de 44 años de Phoenix, recordó cómo conoció al exdefensa de la selección nacional Geoff Cameron luego de que Houdek (su novio) y ella se lo encontraran varias veces en hoteles y aeropuertos a lo largo de los años.

Hace unos años, Johnson le envió un mensaje a Cameron en Facebook mientras ella y Houdek se preparaban para unas vacaciones en Inglaterra, donde Cameron jugaba profesionalmente. No esperaba que le respondiera, pero Cameron la sorprendió no solo consiguiéndoles entradas a un juego, sino también invitándolos a su casa y llevándolos a almorzar.

Johnson dijo que eso era un símbolo serendípico de los viajes con la selección nacional.

“Suceden cosas inesperadas”, comentó.

© 2021 The New York Times Company

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