Tokio 2020: Lucas Guzmán estuvo cerca de una medalla en taekwondo, pero el traspié no le quitó las buenas sensaciones de la experiencia olímpica

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El argentino Lucas Lautaro Guzmán (azul) y el irlandés Jack Woolley (rojo) compiten en la ronda eliminatoria masculina de taekwondo de -58 kg durante los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 en el Makuhari Messe Hall de Tokio el 24 de julio de 2021,
JAVIER SORIANO

TOKIO.- Los gestos de Lucas Lautaro Guzmán son una extraña mezcla de agotamiento (físico y mental) y felicidad. Es una sonrisa tímida en medio de la frustración. Confiesa, un puñado de minutos después de caer ante el ruso Mikhail Artamonov, que se vació. Que la tarde del sábado en el Hall A del complejo Makuhari Messe lo consumió tras horas de estricta concentración. La tarde japonesa fue la madrugada argentina y su camino hacia la posibilidad de una medalla despertó el interés popular por el taekwondista de Merlo. A sus 27 años, y tras quedarse sin el bronce olímpico, su balance igual se corre del podio: “No valoro las medallas, sino los momentos”.

“Fue muy duro mantener la mente y el físico al 100%. Estar alerta todo el día, pensando y elaborando estrategias. Fue una jornada bastante intensa y creo que me vacié, que di todo lo que podía y no tengo nada que reprochar”, apunta, en diálogo con LA NACION. El quiebre, reconoce, se dio entre el segundo y el tercer combate, por el poco tiempo que tuvo para recuperarse. Acumuló triunfos ante el irlandés Jack Woolley (22-19) y el iraní Armin Hadipour Seighalani (26-6) para llegar a la semifinal frente al joven italiano Vito Dell’Aquila (derrota 29-10). Se ilusionó con apuntar al título olímpico, pero la oportunidad se le escapó ante un Dell’Aquila que fue superior. Guzmán siempre corrió de atrás y sobre el final fue a buscar a ciegas el triunfo, pero le costó demasiado caro. Ya con la opción del bronce, se quedó en la puerta con la caída 15-10 frente a Artamonov.

“Cometí errores básicos por el cansancio, pero creo que más que nada sentí la presión por haber sido la primera vez que me subo a un piso olímpico. Al pararme ahí pensé: ' Ya gané, ya estoy contento’. Y me pregunté por qué quería salir campeón. Si lo necesitaba por ego o identidad. Frené, y me propuse disfrutarlo al máximo”, comenta.

¿Esperaba más? “Uno se entrena para salir campeón”, dice. Para después frenar y, en frío, plantear que “hay que entender que los rivales pueden ser mejores en un momento específico” y que “todo se define en un día y muchas veces uno es el mejor ese día, y hay que saber esperar ese instante”. Eso sí, en todo momento no se olvida de los suyos. Cuando era chico, su familia creó la Academia Sung-Do, un gimnasio de 10 metros por 10. Sus padres, Eduardo (integró la selección de taekwondo) y Elizabeth (profesora de educación física), invirtieron dinero para construir ese espacio dedicado al taekwondo, y así evitar que tenga que caminar solo hasta la academia en la que se entrenaba todos los días a primera hora. Una idea que ayudó a Lucas, pero que también a otros chicos y chicas de la zona. Para viajar, y así competir contra los mejores, su familia supo organizar rifas, comidas o bailes. Hubo momentos en los que faltaba comida en la casa de los Guzmán, pero hacían lo imposible para poder sostener su carrera “Creo que no soy consciente de lo que fue el día. Dejé el alma y el espíritu adentro, y estoy muy contento. Pero no tomo dimensión del apoyo que tuve desde la Argentina, desde mi familia y de la familia del taekwondo. Me deja una caricia al alma porque siento el amor y la atención de las personas. Estoy bendecido por eso”, reconoce.

En 2019, su celebración en el Panamericano de Lima quedó marcada por la emoción. Por un vaivén de sensaciones. Su madre Elizabeth había fallecido en febrero. Pero aprovechó ese dolor como combustible, y se llevó la medalla de oro en la categoría -58kg tras un duro combate con el mexicano Brandon Plaza. Por entonces, también había mostrado parte su costado creyente: se apareció con una camiseta con la leyenda “Perdamos o ganemos, la gloria es para Dios siempre”. “Algunos usamos los huracanes más fuertes para impulsarnos hacia adelante, y sé que Dios está conmigo”, sentenció aquella noche.

Campeón panamericano, tercero en el Mundial de Manchester 2019, ganador del preolímpico 2020 y representante argentino en los Juegos de la Juventud 2010, Guzmán cerró su debut olímpico con buenas sensaciones, más allá del agotamiento y esas dos últimas caídas que lo dejaron sin medallas, pero con el diploma olímpico. Mientras cerraba su participación en Tokio 2020, el silencio del Makuhari Messe potenció el aliento de su equipo. El pedido de una definición, de que tenía que seguir dejando todo. Pero esa cabeza y esas piernas ya no respondían igual que en el inicio de la clasificación. Eso sí, jamás se traicionó: con el esfuerzo como camino al éxito, dejó hasta su última cuota de energía aun cuando la diferencia ya parecía irremontable. Y se llevó buenas señales para el futuro cercano. En un adiós de sonrisa tímida. Esa que explica mucho del deber cumplido.

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