A Serena Williams nunca le perdonamos que no fuera Steffi Graf

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Jun 28, 2022; London, United Kingdom; Serena Williams (USA) reacts to a point during her first round match against Harmony Tan (FRA) on day two at All England Lawn Tennis and Croquet Club. Mandatory Credit: Susan Mullane-USA TODAY Sports
Serena Williams se lamenta durante el partido de primera ronda del pasado torneo de Wimbledon (Susan Mullane-USA TODAY Sports)

Las hermanas Williams nunca cayeron bien en el circuito. La película sobre el padre de las dos estrellas cayó mal en España por su manera de dibujar el personaje de Arantxa Sánchez-Vicario... pero habría que releer lo que decían los periódicos patrios cada vez que una de ellas se enfrentaba a la española. Maleducadas, altivas, groseras, prepotentes... los calificativos llenaban las rotativas y no solo lo hacían en nuestro país. Las Williams tenían un problema con el aficionado, con la prensa y con sus rivales que iba más allá del tópico de la raza -aunque influyó, claro, que pregunten en Indian Wells- y entroncaba con una manera de entender el tenis y el deporte femenino en general.

Venus y Serena entraron sin llamar a la puerta. Eso lo habían hecho muchas antes: lo había hecho Seles en 1990 y lo había hecho Hingis en 1997, por nombrar los dos casos más recientes. Tanto la serbia como la suiza eran adolescentes viscerales y ultracompetitivas... pero eran tan dulces ante la prensa, siempre dispuestas a sacar a relucir su sonrisa, su lado amable, que era imposible que cayeran mal. No parece casualidad que el primer grande que consigue Serena Williams, el US Open de 1999, sea justo el primer grande tras la retirada de Steffi Graf en Wimbledon de ese año.

Ahí es donde quería ir yo a parar. A Steffi Graf. Nuestra idea de la dominadora del tenis femenino tenía que ser ante todo elegante. ¿Quién no recuerda ese revés cortado de Steffi que no terminaba de botar nunca y esa derecha corta, fulminante, imposible de devolver? Como pasaría después en el circuito masculino con Roger Federer, una generación entera de aficionados se enamoró de Graf y de su tenis virtuoso, tan virtuoso como el de Martina Navratilova, la zurda de las mil voleas. Talento, puro talento.

En el fondo, con las Williams no había tanto racismo como machismo puro y duro: los finales de los noventa fueron tiempos duros. Para el recuerdo, aquella frase de Martina Hingis antes de la final contra Amélie Mauresmo en Australia 99: "Es medio hombre, va por ahí con su novia". Mauresmo no solo era lesbiana sino que tenía la complexión propia de alguien que ha pasado muchas horas en un gimnasio. Las chicas no podían ser eso: tenían que ser gráciles, volátiles, con sus falditas cortas al vuelo. Nada de peinados estrambóticos como los de Venus y desde luego nada de la violencia y la agresividad en cada golpe de Serena.

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A Venus y a Serena se tardó en aceptarlas porque no eran "señoritas". No supimos ver a tiempo de qué iba la cosa, hasta qué punto llevaban un paso más allá el tenis directo de Davenport o la propia Mauresmo y metían al tenis femenino en el siglo XXI, el de las rusas devastadoras, con su infatigable juego de fondo. Como Serena tenía esa ventaja física, nos parecía fácil. Sin mérito. Cómo no iba a ganar, ya podrá. Argumentos similares a los que ha tenido que soportar LeBron James a lo largo de toda su carrera, por otro lado. La ironía de que en un deporte, tener un buen físico te penalice en términos de consideración pública.

Y, sin embargo, Serena se sobrepuso a todo eso y consiguió ser amada. Probablemente, solo en su país y no en todas partes, pero acabó derribando todos los prejuicios porque su superioridad era excesiva. No, no era Graf ni era Navratilova. Era mucho mejor. Era la mejor de la historia. Que no me venga nadie a decir que Margaret Smith-Court ganó un grande más cuando al tenis jugaban un puñado de mujeres en el mundo en unas condiciones propias de aficionadas. ¿Quiénes fueron las rivales de Smith-Court en los sesenta y en los setenta más allá de Billie Jean-King? En cuanto Chris Evert y Evonne Goonalong aparecieron en el mapa, se acabaron las exhibiciones de la homófoba australiana.

Serena Williams se retirará después del próximo US Open tras veinticinco años de carrera y veintitrés grand slams a sus espaldas, pero veintitrés grand slams ganados en el apogeo del tenis profesional femenino, contra rivales con una preparación física, técnica y mental nunca vistas hasta el momento. Ha sido la mejor en una época que no admite la más mínima comparación con las anteriores y ha alargado esa época veinte años: su primera final de un grande fue en 1999, la última en 2019... salvo que nos tenga algo reservado en este último torneo de 2022.

El palmarés de Serena es tan brutal que impresiona solo repetirlo: veintitrés grandes en treinta y tres finales, con un reparto casi perfecto: siete triunfos en Australia y Wimbledon, seis en el US Open y tres en Roland Garros. En dos ocasiones (2002-2003 y 2014-15) consiguió ser la campeona en vigor de los cuatro grandes a la vez, aunque no fuera en año natural. Se mantuvo en lo alto de la lista WTA 319 semanas, solo por detrás de Graf y Navratilova, pero, insisto, cuando más mordían los tiburones. Ganó catorce grandes en la categoría de dobles y porque no quiso ganar más. A eso, sumen cuatro medallas de oro olímpicas.

En cualquier caso, insisto, la grandeza de Serena no hay que medirla en cantidad sino en calidad. Graf y Navratilova compitieron contra grandes tenistas, pero la profundidad del circuito era muy escasa. Serena empezó ganando en los tiempos de Arantxa y Hingis y acabó disputando finales contra Muguruza o Andreescu. En medio, Sharapova, Henin, Clijsters, Capriati, Mauresmo, Davenport, Wozniacki, Kerber, Azarenka, Osaka, Barty y por supuesto su hermana Venus, contra la que disputó nueve finales de grand slam. Su gran aliada. Su gran rival. La única que podía entenderla.

Vídeo | Los números de la enorme carrera de Serena Williams

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