Saber tirar golpes lo alejó de ser ladrón

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Gabriel Cruz

CIUDAD DE MÉXICO, agosto 27 (EL UNIVERSAL).- A Luis Vidales el apodo del "Coto" le quedó como anillo al dedo. Así fue su vida por mucho tiempo, al menos desde aquella mañana en la que le dijeron que no podría ser futbolista profesional.

Jugar era su anhelo y era disciplinado, hasta que se lastimó. "Estaba en Gallos Blancos a punto de firmar contrato. Trastabillé en un interescuadras y todo se vino abajo", recuerda en entrevista con EL UNIVERSAL Deportes. "Me dijeron que si me operaba y quedaba mi rodilla, ellos me reembolsaban la operación, pero mis papás no tuvieron dinero".

Todo cambió. Empezó a delinquir, en su colonia todos lo hacían; él solo metía las manos en las peleas, se había mantenido al margen, hasta ese día: "Les pedí que fuéramos a robar, era una manera de desquitarme".

Se fue "graduando" en el delito. Se convirtió en el líder, aunque por su fama de valiente, él ejecutaba y los otros cobraban. "Saltamos al transporte, le dimos a carros sobre pedido. Las estupideces no paraban. Me sentía famoso en la colonia, empoderado", lo que el futbol no pudo darle.

Pero la justicia llegó y fue atrapado. Sus papás pagaron 50 mil pesos para liberarlo, 40 mil menos del costo de aquella operación que no pudo hacerse.

Lo detuvieron por un robo más grande y otra vez su familia salió al rescate, aunque la ayuda fue matizada con una advertencia: Sería la última oportunidad. "Me dieron una golpiza y mi familia pagó otros 40 mil pesos. Prometí llevármela por la derecha, nos cambiamos de casa y mi tío Raúl me llevó al boxeo para sacar mi furia".

En la secundaria lo corrían por peleonero, pero nunca pensó calzarse unos guantes en serio. "Se me hacía algo fácil. Llegué a la final de los Guantes de Oro; al siguiente año lo gané, me sentía relajado y fui padre por primera vez", la vida parecía cambiar.

Apenas tenía 20 años de edad, algo mayor para triunfar en el boxeo. "Peleaba con el sueño de comprarme un traje. La promotora me ponía contra sus invictos y ganaba. Pero no había mucho apoyo y dejé un año el boxeo, renuncié a una pelea por miedo a perder". Ernesto Ortiz era el rival y por él volvió al ring buscando revancha y lo noqueó.

"No me gustaba el boxeo, pero ya quería ser alguien, entrené como nunca por miedo a perder. El día de la pelea me subieron de 8 a 10 rounds, así me trataban. Nadie me enseñó a tirar un jab, aprendí a golpes".

Le quitó el invicto a Antonio Morán, su premio, 10 mil pesos, su equipo se quedó con más de 50 mil. Se creció a ese castigo, siguió ganando y se coronó como monarca nacional.

El boxeo sólo era su pasatiempo, era lo que hacía para ganar dinero, hasta que un golpe del destino lo marcó para siempre. "Me detuvieron en la calle, sin haber cometido un delito. Escuché que hablaron por teléfono, que ya tenían al boxeador. Aquellas personas eran secuestradores, extorsionadores, hacía mucho tiempo que había perdido contacto con ellos. Me torturaron para que les dijera dónde estaba el dinero. Fue la peor sensación, les pedía que me mataran", relata al borde del llanto. "Me dejaron en la calle, pero vivo".

Entonces se reencontró con su viejo amigo, el boxeo, al que tantas veces tomó a juego. Hace unas semanas llegó la oportunidad por el fajín internacional superwelter del CMB contra Galvis Guerra, lo venció para sonreír de nuevo como campeón.

A los 33 años de edad, "El Coto" no sabe hasta dónde llegará su idilio con el boxeo, "pero ahora el boxeo es mi vida".