Roger Federer no solo cambió el tenis sino también nuestras vidas

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Roger Federer waves to the spectators as he walks over the bridge on day nine of Wimbledon at The All England Lawn Tennis and Croquet Club, Wimbledon. Picture date: Wednesday July 7, 2021. (Photo by Adam Davy/PA Images via Getty Images)
Roger Federer se ha retirado del tenis. Foto: Adam Davy/PA Images via Getty Images

El deporte es un mundo de números, estadísticas y jerarquías. Todo se basa en quién es mejor que quién y en qué momento. En ese sentido, es lógico que nos perdamos en listas y clasificaciones de todo tipo, empeñados en categorizar algo que, en esencia, es fluido y en ocasiones azaroso. Una de esas listas pretende ordenar a los mejores jugadores de tenis de la historia y ahí rara vez hay acuerdo: unos dicen que es Roger Federer, otros dicen que es Rafa Nadal, los números fríos se decantan más bien por Novak Djokovic.

Ahora bien, ese debate existe desde que existe Roger Federer. Esto no obliga a nadie a colocarle el número uno de su propia clasificación histórica, pero es bueno tenerlo en cuenta. Después de Federer hemos visto muchas cosas que no habíamos visto antes del suizo. Federer llevó la excelencia del tenis moderno, con su capacidad inaudita para convertir tanto el ataque como la defensa en un acontecimiento estético, hasta tal punto que nos exigió ubicarlo en la historia, nos permitió la herejía de compararle con los más grandes de todos los tiempos y, particularmente, con Rod Laver, el australiano que ganó dos veces el Grand Slam completo pese a pasarse varios años jugando en torneos reservados para los profesionales.

Antes de Federer, habíamos visto enormes jugadores ofensivos: habíamos visto a los australianos de los setenta, habíamos visto a Boris Becker, a Stefan Edberg, a Pete Sampras... También habíamos visto a jugadores que hacían de la defensa su punto fuerte: Ivan Lendl, Andre Agassi, Mats Wilander... Lo que rara vez habíamos visto era a alguien que pudiera dominar ambas suertes, que pudiera convertir un punto perdido en una ventaja con un solo giro de muñeca, que supiera sacar y subir a la red como el mejor Patrick Rafter y a la vez fuera inexpugnable desde el fondo de la cancha como el mejor Thomas Muster.

Alguien que rindiera en enero en Australia y en noviembre en la Masters Cup... y que en medio fuera capaz de destacar en tierra batida -cinco finales de Roland Garros, casi una decena de Masters 1000 en Hamburgo y Madrid-, en hierba -ocho títulos de Wimbledon en doce finales- y, por supuesto, en pista rápida, tanto bajo techo como al aire libre -cinco trofeos seguidos en el US Open, seis en Australia, empezando en 2004 y acabando en 2018-. Roger Federer nos enseñó y enseñó a los más jóvenes, especialmente a Nadal y a Djokovic, que eso era posible: que no era necesario encerrarse en una sola superficie o en un solo estilo, que la perfección era algo al alcance del ser humano.

En ese sentido, Federer cambió el tenis. Lo llevó a otra dimensión. Acabó con todos los debates sobre la efectividad y la belleza. Sus años de dominio del circuito (de 2004 a 2009, con la excepción de 2008) son un sueño desde la distancia. Solo en 2006, por ejemplo, ganó 92 partidos y perdió solo cinco. El año anterior, había ganado 81; el siguiente, se impuso en 68. En total, incluyendo 2004 en la ecuación, ganó 315 partidos en cuatro años. Solo perdió 24.

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Si supimos con certeza que Rafa Nadal era un fuera de serie. Si el propio Rafa Nadal y su tío Toni supieron que era absurdo limitar sus sueños, fue porque Nadal empezó a ganarle a ese animal. Federer fue el listón al que se enfrentó el mallorquín y, al saltarlo, se demostró que no era solo un español más con buen liftado y buena intuición para la tierra batida. El duelo Federer-Nadal llevó al tenis a unos niveles globales de expectación y publicidad que no había conseguido siquiera con la rivalidad Sampras-Agassi, más circunscrita al mercado estadounidense.

Roger Federer y Rafa Nadal se convirtieron así en uno solo, en Fedal, en un fenómeno pop que se paseaba durante once de los doce meses del año por los cinco continentes y que deparaba unos enfrentamientos viscerales. Ninguno quería perder con el otro, pero del reconocimiento de los iguales surgió una amistad que dura hasta hoy en día y que, irónicamente, hizo más grande a su vez la rivalidad. Durante años, Nadal se convirtió en la bestia negra del suizo, por sus continuos partidos sobre tierra batida. A partir de 2015, sin embargo, Federer se impuso en siete de los ocho partidos que disputaron, incluida la apoteósica final en Australia de 2017. Todos, menos el que ganó Nadal, sobre pistas rápidas.

En cierto modo, a Nadal lo definió Federer, y lo definió mal. Si Roger era la elegancia, la clase, el golpe de delineante, el revés una mano -"Apolo", según el famoso artículo de Foster Wallace-, Rafa estaba condenado a ser "Dionisos", la voluptuosidad, el exceso, la garra, el físico. Un malentendido que nunca se ha podido quitar de encima, porque Rafa, de ser algo, ha sido siempre, y por encima de todas las cosas, un estratega, un prodigio de inteligencia sobre la cancha. Un ser casi maquiavélico, un escapista. Un genio.

A su vez, los dos definieron a Djokovic, por supuesto. Y lo hicieron de la única manera que era posible. Si Fedal era el gran superhéroe de virtudes combinadas, Djokovic solo podía ser la némesis. El enemigo común. El malvado de la película. Que el serbio haya conseguido con los años sobreponerse a todo ello da buena muestra de su fuerza mental. Nole tiene sus miles de seguidores en todo el mundo, pero son casi tantos como detractores. Y, si uno lo piensa, lo único malo que ha hecho el chico es no ser Roger ni ser Rafa. Atreverse a desafiar al monstruo de dos cabezas.

La retirada de Federer, que llega el mismo año que la de Serena Williams, no solo supone el fin de una época sino el fin de la época en la que el tenis se convirtió en algo que no volverá a ser nunca. Jamás, en nuestros años de vida al menos, veremos a tres hombres luchando por superarse el uno al otro y sumando 63 grandes en el camino. Veremos a enormes jugadores y veremos grandes rivalidades. Es decir, veremos lo que era el tenis antes de Federer. Si nos va a gustar más o menos, me temo que es algo que todos tenemos claro.

Vídeo | Federer anuncia su retirada

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