Rey Vargas, un monarca poco común

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CIUDAD DE MÉXICO, julio 29 (EL UNIVERSAL).- Al boxeador Rey Vargas la única fiesta que le gusta es la que desata con sus puños arriba del ring. Lejos del ensogado, pinta su raya y abraza a su familia, sin excesos, alejado de las tentaciones y del destino que suelen tener los campeones del pugilismo que tiran sus carreras seducidos por los halagos y la banalidad.

"No soy de hacer fiesta o de ‘reventarme’ después de una pelea", ataja, en entrevista exclusiva con EL UNIVERSAL Deportes, el actual monarca pluma del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), su segundo fajín en una carrera sin manchas de derrotas. Su hogar ha sido la trinchera desde donde encara el destino arriba y abajo del ring: "Siempre con la familia, porque es la base, el primer equipo que ve lo que hay atrás, lo que arrastras durante la preparación, y es la que merece saborear el triunfo".

En casa, el boxeo se vive con intensidad y locura, "porque para la familia también llega la presión de la pelea. Durante la pandemia extrañamos ese ajetreo. Para la familia es como una adicción". Su padre, Carlos Vargas —expugilista—, es también uno de sus entrenadores. "De hecho, no tengo papá, tengo entrenador", advierte Rey. "Porque si mi papá no habla de boxeo no es feliz, todo es boxeo. A veces, es complicado y quieres respirar. Trato de combinar los entrenamientos: dos días con él, dos días con don Nacho [Beristáin] y el resto solo".

Beristáin es su otro gran aliado, un lujo que sólo tipos como Vargas pueden darse. "Es un emblema, un viejo lobo de mar. Él no batalla conmigo, sabe cómo trabajo y siento que el respeto es mutuo", comparte. Lo cierto es que el hombre de 31 años de edad que hoy presume un récord de 36 peleas sin caída, acepta que entrar al boxeo fue natural, aunque no lo eligió. "No fue algo que yo pidiera, mi papá fue boxeador, hizo 21-1 y cuando perdió, se retiró. Me empezó a entrenar como un juego", recuerda.

Ninguna carencia les impidió entrenar. La sala de la casa se transformó en su gimnasio. Don Carlos rascó la losa para encontrar la varilla y colgar un costal improvisado con un pantalón de mezclilla. Imagen inolvidable.

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