Quien le quita méritos al título de Rafael Nadal no sabe de qué está hablando

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MELBOURNE, AUSTRALIA - JANUARY 09: Rafael Nadal of Spain wins the championship in Melbourne Summer Set 2022 after winning against his opponent Maxime Cressy of US, at Melbourne's Rod Laver Arena in Australia on January 09, 2022. (Photo by Recep Sakar/Anadolu Agency via Getty Images)
Photo by Recep Sakar/Anadolu Agency via Getty Images

¿Qué puedes hacer cuando eres un animal competitivo que lleva ya veinte años en el circuito ATP y sigue muerto de hambre? ¿Qué te conviene cuando acabas de perder dos partidos de exhibición y vienes de cinco meses sin jugar un partido oficial? La respuesta es sencilla: ganar, ganar y ganar. Las aguas bajan tan turbias en el universo tenístico últimamente que no han sido pocos los que han salido a quitar brillo a la victoria de Rafa Nadal en el Melbourne Summer Set, un torneo de reciente creación. El argumento es que no se ha tenido que enfrentar a ninguno de los cincuenta primeros del mundo. De hecho, su rival en la final, el francés Maxime Cressy, no estaba ni en el top 100.

De acuerdo, en términos de palmarés, el torneo del "verano de Melbourne" o como demonios lo llamen no sirve para nada. No coloca a Rafa en ninguna posición privilegiada de cara al Open de Australia ni modifica su condición de no favorito. Él mismo lo ha reconocido. Ahora bien, esto no era una cuestión de palmarés, sino de confianza. Lo que ha conseguido Nadal apuntándose a esta pachanga -y ganándola, insisto- es acumular una semana de competición ante rivales de nivel medio, asegurarse de que sigue siendo muy superior a ellos, levantar un trofeo por decimonoveno año consecutivo, récord absoluto, y acercarse a la cifra de los cien torneos ATP en las vitrinas. Mejor eso que pasarse una semana entrenando, digo yo.

No, Nadal no es favorito para ganar el Open de Australia. No debería serlo. Pero la versión de Nadal que veamos a partir de la semana que viene será una versión con más confianza en sí mismo, con el peso del récord ya liberado a principios de enero y con la conciencia de que sí, puede perder contra los buenos y los muy buenos... pero no es probable que lo haga ante un jugador mediocre en primera ronda. Esto puede parecer una tontería, pero después de tanto dolor y tantos meses sin competir, es algo que se te pasa por la cabeza: ¿Y si me toca Maxime Cressy para empezar y no doy una a derechas? Bueno, Nadal ya sabe que eso no es probable... y no es poca cosa.

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¿Cuál era la alternativa? Bueno, podría haberse quedado entrenando o podría haberse apuntado a un torneo con algo más de nivel o podría haber disputado la ATP Cup. Pongamos que hubiera hecho lo tercero y que hubiera pasado algo parecido a lo de 2020: España se planta en la final -como, de hecho, consiguió con Carreño y Bautista- y pierde allí contra Canadá igual que perdió hace dos años contra Serbia. Pongamos que, en el camino, Nadal pierde un par de partidos y que Shapovalov o Felix Auger-Aliassime le pasan por encima en el encuentro decisivo. ¿Qué gana Nadal con eso? Nada.

El debate sobre ser cabeza de ratón o cola de león está muy bien cuando uno no ha sido cabeza de león durante diecisiete años. ¿Tiene más mérito ser finalista de la ATP Cup o ganador de Melbourne? Tenísticamente, lo primero, pero a Nadal, el mérito, a estas alturas, tiene que darle igual. A todo gran campeón en sus circunstancias le asaltan las inseguridades y las dudas... y esas van más allá de si ganará o no el siguiente grande. Se extienden a "¿volveré a ser competitivo en el circuito?", "¿tiene sentido seguir entrenando como loco y sacrificando el resto de mi vida para caer en la mediocridad?" o "¿no estaría mejor con mi mujer y mis amigos en Mallorca disfrutando de la vida?".

Ahora, Nadal sabe que hay luz al final del túnel. Sabe, de hecho, que el túnel es pequeñísimo y que ya tiene medio cuerpo fuera. ¿Porque le ha ganado a Maxime Cressy? No, porque ha ganado. Punto. Ganar es la adrenalina, la droga, casi, que mueve a todos los deportistas de élite. Ganar lo que sea y a quien sea revoluciona por completo la mente y el cuerpo de estos campeones. Nadal ha ganado un torneo menor, sí, pero la rutina es la misma: te dan el trofeo, te aplauden, lo levantas y lo muerdes ante las cámaras. Cinco meses antes, estabas en Washington muerto de dolor sin apenas poder andar...

¿Con qué recuerdo rendirá mejor Nadal en el Open de Australia? ¿Con el de Washington o con el del propio Melbourne? Creo que está claro. ¿Le dará para ganar un torneo en el que no se impone desde 2009? Él cree que no y yo creo que tampoco, pero no seamos tan cortoplacistas. El objetivo no es Australia. El objetivo es un 2022 en el que Nadal sea competitivo y no se venga abajo. En el que cumpla 36 años y siga siendo inaccesible para la clase media del circuito. En el que quizá no aspire al número uno, pero se tire otras cincuenta y dos semanas entre los diez primeros (en abril cumplirá diecisiete años consecutivos). En el que, por encima de todo, se plante en Roland Garros y sus rivales tengan claro que él sigue siendo el rey. La Historia le espera.

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