El PSG de Messi, feliz: Mbappé se queda hasta 2025 y volvió a romperla, pero el llanto de Di María conmovió a todos

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Di María, ovacionado y feliz, como un niño; abrumado por las lágrimas...
ANNE-CHRISTINE POUJOULAT

Atrás quedaron las lágrimas por la eliminación temprana en la Champions League. Atrás quedó, también, la vuelta olímpica entre silbidos al consagrarse en la Liga local, una obligación para un equipo de los quilates de PSG. La última fecha se presenta como una bocanada primaveral para el gigante de París, en un escenario repleto de público y exultante, como pocas veces en casi toda la temporada. Hasta hubo tibios aplausos para Mauricio Pochettino, el entrenador. Motivos de sobra: el estadio, la ciudad entera fue un festín. La fiesta inolvidable. Entre todos, la última vez de Angel Di María. Algo nunca visto.

Paso a paso. Kylian Mbappé estaba a punto de irse a Real Madrid. Iba a formar una pareja sensacional con Karim Benezema, otro fuera de serie francés. Al final, todo lo contrario: se queda, en un cambio de rumbo sorprendente. Presentado y ovacionado antes de la goleada sobre Metz, en el círculo central, como si fuera un auténtico refuerzo. Es el principal crack mundial. Más tarde, con ráfagas de calidad asombrosa, marcó tres tantos. Pudieron ser tres más: un tiro chocó con el palo. Pase de Angel Di María, pase de Leo Messi, en los dos primeros. Sí, Di María...

Kylian Mbappé convierte el 1-0 frente al Metz
ANNE-CHRISTINE POUJOULAT


Kylian Mbappé convierte el 1-0 frente al Metz (ANNE-CHRISTINE POUJOULAT/)

Leo alcanzó las 14 asistencias en el torneo. Como pocas veces, se mostró feliz, arropado, convencido de que lo que viene puede ser aún mejor. No brilló. No hace falta: lo otro, lo espiritual, es tan importante como su mejor versión física. El tercero fue de Neymar, por arriba: cuando se lo propone, el brasileño es una maravilla. Lamentablemente, ocurre poco en los últimos meses, más allá de las lesiones. Todos fuera de serie. Pero el foco estelar es (fue) el alto, flaco, nacido en Rosario. Abrumado por lesiones en otra vida, tocado con la varita mágica. Hoy y siempre.

Con Neymar, el "corazón" de Di María, luego de marcar el gol
ANNE-CHRISTINE POUJOULAT


Con Neymar, el "corazón" de Di María, luego de marcar el gol (ANNE-CHRISTINE POUJOULAT/)

La carrera de Di María es maravillosa (Real Madrid, Manchester United, PSG), hasta el golazo contra Brasil, en el Maracaná, que acaba con largos años de desatinos en el seleccionado. Lo tiene todo. Por eso, a los 34 años, se despide (se asegura que PSG debe bajar contratos altos, no se trata de una cuestión futbolística) a lo grande. En su última vez, juega bien como casi siempre. Una cálida ovación lo emociona en el arranque del segundo tiempo: miles y miles de parisinos, gritan su nombre, Fideo levanta la mano, se la lleva al corazón. Se le escapan algunas lágrimas. Lo mismo ocurre luego, en el final de fiesta. Más aún: parece que París se paraliza en su despedida. ¿Y la frialdad parisina? Una estafa.

Un remate de Leo choca en el palo y, entonces, allí está él: Di María convierte, se emociona otra vez. Y el estadio se viene abajo. Inmediatamente, llora. No para de llorar, mientras se abraza con todos. Con Leo, Neymar, Mbappé. Con todos. Juega y llora, en otra muestra conmovedora del fútbol mundial. Es profesional y, sin embargo, juega con el desparpajo de un niño. El espíritu amateur. Como debe ser.

Nadie lo puede creer: Di María, en un llanto desconsolado en su despedida
ANNE-CHRISTINE POUJOULAT


Nadie lo puede creer: Di María, en un llanto desconsolado en su despedida (ANNE-CHRISTINE POUJOULAT/)

A 20 minutos del final, su última vez: le hacen el “pasillo” sus compañeros, saluda uno por uno, su mujer, desconsolada, llorando en el palco... Reemplazado por Ander Herrera, seguía llorando en el palco, luego de siete años maravillosos. Neymar y Leo, tal vez, son los más conmovidos. Se despide como un amigo. Camisetas argentinas, banderas argentinas, camisetas de Di María a montones. Juventus sería su destino. Hoy, ahora mismo, es lo que menos importa: cuando se cubre su rostro conmovido con la camiseta transpirada, para que las lágrimas no lo desborden, es una de las postales que queda guardadas para toda la vida.

Y en el final, entre los fuegos artificiales, hubo más lágrimas, pero esta vez de desolación, porque la derrota por 5 a 0 de Metz determinó su descenso, ya que Saint Etienne empató 1-1 con Nantes y jugará la promoción. Mientras tanto, Fideo seguía emocionado, abrazado a todos. Abrazado a un tiempo que fue hermoso. Y que ya no volverá, más allá de Qatar y de los enormes desafíos que seguro vendrán.

“Gracias por todo, Fideo”, reza una bandera. Se despide en el centro del campo de juego, con banderas de todos los colores, con lágrimas imposibles de describir, con su mujer y sus hijas, con un trofeo entre sus manos. Un video, con la Torre Eiffel de fondo, matiza sus mejores goles, sus mejores gambetas. Más de una vuelta olímpica. Fideo sigue allí, arropado con sus chicas, sin parar de llorar. El estadio, de pie: lo saluda como si fueran argentinos.

“Estoy contento haber terminado con un gol y una asistencia. Fueron siete años maravillosos, para mí y para mi carrera. Es normal llorar, fueron muchos años aquí, estuve aquí la mitad de mi carrera. Irme de esta manera es lo mejor que me había pasado”, cuenta. No había ido nadie del Parque de los Príncipes. Lo quieren todos. Lo empezaron a extrañar.

Di María lo hizo. Un crack, evidentemente, también fuera del campo de juego.

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