Cuando el propietario no es el (único) problema

Para los estándares del fútbol inglés, Michael Eisner no ha sido un mal propietario. No le ha dejado la carga de una deuda colosal y asfixiante al Portsmouth, el club de tercera división que él y sus hijos compraron hace casi seis años. No ha vendido su histórico estadio para construir apartamentos. Tampoco lo ha llenado con las estridentes marcas de sus otros negocios.

No es un pistolero en busca de dinero rápido, un secuaz que quiere lavar dinero ni un egoísta descontrolado al que le urge conseguir una audiencia. Aunque Disney World no esté sujeto a las mismas leyes que el resto de Florida, Eisner no es un Estado nación con un prestigio que mejorar o unas violaciones flagrantes a los derechos humanos que ocultar.

Eisner, de 80 años, ni siquiera es un mal propietario según los estándares atribulados del Portsmouth, aunque debemos admitir que el club tiene parámetros algo bajos: al menos superó a uno de sus predecesores al ser definitiva y demostrablemente realista. No ha llevado a la ruina al club. Al menos durante un tiempo, ha demostrado un deseo genuino para entender tanto al equipo como el lugar y una sincera calidez hacia ambos.

Eisner no ha contratado jugadores al azar ni ha vendido sin piedad a nadie que mostrara el más mínimo indicio de promesa. No ha pasado por encima de los entrenadores a placer: en seis años, solo ha contratado a tres —uno, John Mousinho, tan reciente que todavía no se le ha confirmado de manera oficial— y los dos primeros fueron nombramientos racionales y creíbles.

Sin embargo, a pesar de todo eso, cuando el Portsmouth se enfrente el sábado al Exeter City en el Fratton Park, su estadio evocador y algo destartalado, las gradas ebullirán de descontento. Al menos un grupo de aficionados ha organizado una protesta “pacífica” contra Tornante, la firma de inversiones de Eisner, para acusar al otrora ejecutivo de Disney y a sus copropietarios de no tener ambición o un plan.

Una corriente de motines está recorriendo el fútbol inglés. El fin de semana pasado, los aficionados del Everton organizaron una sentada de protesta contra la directiva del club, con pancartas en alto en las que pedían la destitución del presidente, el director ejecutivo e incluso del director financiero, un hombre al que una parte razonable del Goodison Park habrá tenido que buscar en Google para identificarlo.

Hasta ahora, los aficionados del Leicester City no han pedido la cabeza del director financiero, pero durante su derrota del sábado frente al Nottingham Forest se murmuró sobre la disconformidad en contra de los propietarios. Se habla de protestas en el Tottenham Hotspur y solo han pasado unos meses desde que los seguidores del Leeds United exigían la renuncia de la directiva de su club.

Sus pares de Portsmouth no han ido tan lejos… todavía. Sus quejas, recogidas en un comunicado detallado y lúcido hecho público el jueves, sin duda son razonables. Cuando Eisner le compró el club a un consorcio de aficionados que lo había rescatado del borde de la quiebra, esbozó un plan para convertir al Portsmouth en un club sostenible y exitoso. Dijo que, si el club solo quería andar a la deriva por la League One, él no era el indicado.

Sin embargo, a la deriva es precisamente como se encuentra. El Portsmouth sigue justo donde lo encontró Eisner, quien ha ampliado el estadio un par de miles de asientos, pero no lo suficiente como para cambiar su presupuesto. Tampoco se ha avanzado mucho en la cantera. En esencia, la coalición de aficionados quiere que Tornante explique cómo piensa cumplir sus propias promesas.

Las circunstancias de cada uno de estos clubes pueden ser distintas, pero el patrón de insatisfacción ilustra una verdad más generalizada.

Es posible (y durante mucho tiempo sirvió de ortodoxia) ver el fútbol como una competencia entre jugadores: las ideas que conjuran, los momentos de inspiración que experimentan, los instintos que siguen, los errores que cometen. Según esta lectura, en esencia, es un juego de habilidad física y mental.

No obstante, también es posible verlo más como una prueba de estrategia: según esta interpretación, las figuras clave no son los jugadores, sino los entrenadores, los gurús, los visionarios y los ideólogos que determinan y refinan el estilo, el criterio y la táctica. En gran parte del análisis moderno, los jugadores en esencia son tratados como autómatas que llevan a cabo las tareas que les asigna la rutina, poco más que unos pixeles en una pantalla.

Sin embargo, cada vez se siente más como si ninguno de esos análisis resumiera la transformación particular que ha sufrido el fútbol inglés. Los entrenadores y los jugadores que emplea un club están subordinados a una figura cuya beneficencia y compromiso determina sus horizontes. El ambiente despiadado e hipercapitalista que ha generado la Liga Premier inglesa ha convertido al fútbol en un juego de propietarios.

Debido a que en la actualidad los dos clubes más grandes del fútbol inglés —el Manchester United y el Liverpool— buscan nuevos inversionistas, vale la pena contemplar el descontento en el Goodison Park, el Fratton Park y en otros lugares.

Sería fácil suponer que el mejor propietario para el United o el Liverpool es el postor que tiene más ceros en su cuenta bancaria. Sería igual de fácil sugerir que los únicos aspirantes que deben evitar son los que dejan detrás de sí deudas o dudas éticas. (Por desgracia, es casi una certeza que los de la categoría A estén en la categoría B).

No obstante, eso es solo el principio. Aunque la superioridad financiera de un posible propietario suele encender más rápido y de forma más vívida la imaginación de los aficionados, a menudo el modo en que deciden usarla suele separar a los que son recibidos con los brazos abiertos de los que son bienvenidos con la punta del dedo.

En el Portsmouth, Michael Eisner no ha sido un mal propietario. No ha hecho nada malo, en particular. Es solo que, frente a la mirada de los aficionados, no ha hecho las cosas que prometió que haría y ahora temen que, en algún lugar a la mitad de seis años de inmovilidad, haya perdido el interés.

Cuando los aficionados del Portsmouth cedieron el control del club, lo hicieron en el entendimiento de que era la forma más segura para sacar a su equipo de la League One y ponerlo de vuelta en el camino hacia la Liga Premier inglesa. Lo más probable es que esto no haya ocurrido solo por culpa de Eisner. Quizá los jugadores también han defraudado. Tal vez los entrenadores no han aprovechado su potencial. Sin embargo, ahora es un juego de propietarios y eso significa que todo el mundo sabe a quién culpar.

Sin excusas

Es difícil saber cuál es el detalle más condenatorio del relato de Sara Björk Gunnarsdottir sobre cómo su club, el legendario equipo femenino del Lyon, la trató durante su embarazo. Es probable que sea que el equipo no le pagó. O tal vez que la amenazaron con el ostracismo si decidía acudir a la FIFA para que le pagaran ese salario.

O, tal vez, fue el momento en que le dijeron a Gunnarsdottir, la capitana de la selección de Islandia, que bajo ninguna circunstancia se le permitiría a ella, madre lactante, llevar a su hijo a los partidos de visitante. ¿Y si lloraba, como es bien sabido que hacen los bebés, en el autobús o en el avión y llegaba a molestar al resto del equipo?

De cierto modo, la historia de Gunnarsdottir tiene un final feliz: el año pasado, un tribunal dictaminó que el Lyon debía pagarle hasta el último centavo que le debía; desde entonces, dejó el club y reanudó su carrera de élite en la Juventus; su hijo, Ragnar, tiene 15 meses, lo que significa que tiene edad suficiente para maravillarse con el mundo, pero es demasiado pequeño para ofrecer un flujo constante de opiniones sobre cualquier cosa.

No obstante, más que nada, su experiencia es un recordatorio —como lo ha dicho la misma Gunnarsdottir— de que todavía queda mucho por hacer en la “cultura” del fútbol femenil o, de manera más precisa, en el modo en que el fútbol ve y trata a las mujeres que lo practican profesionalmente.

Hay muchas ocasiones en las que la vertiginosa velocidad a la que ha crecido el fútbol femenil en los últimos años brinda una circunstancia atenuante para las deficiencias estructurales, en las que es posible sentir cierta simpatía por quienes tienen que construir el avión cuando está a 30.000 pies de altura. El caso de Gunnarsdottir no es uno de ellos. Este, en definitiva, es bastante básico.

La última palabra

A final de cuentas, Andrea Agnelli tiene razón. “El fútbol europeo necesita un nuevo sistema”, señaló esta semana en un discurso que marcó su salida de la presidencia de la Juventus. Dijo que, sin este, el panorama del juego cambiará tanto que “una sola liga dominante atraerá a todo el talento en pocos años”, por lo tanto “marginará por completo a las demás”.

No es difícil discernir de qué está hablando —la hegemonía de la Liga Premier inglesa— y aún más difícil negar su precisión. Solo el Chelsea ha gastado más este mes de enero que los clubes de la Bundesliga, la Liga y la Serie A juntos. El Bournemouth, un pececito insignificante de Inglaterra, pero un depredador alfa en el continente, está ocupado adquiriendo refuerzos a 25 millones de dólares por cabeza de equipos de Francia. La Liga Premier inglesa se está comiendo, lenta y ruidosamente, a la competencia.

Sin embargo, lo que es tan frustrante —lo que siempre ha sido así— de Agnelli son las partes que no dice, las partes que no ve.

La supremacía de la Liga Premier inglesa no es un accidente del destino. En efecto, tiene dos ventajas inherentes que le ayudan: se disputa por completo en inglés y fue la primera liga en diseñarse como producto televisivo. No obstante, sus competidores todavía podrían imitar al menos parte de su atractivo: el telón de fondo elegante y moderno, la mercadotecnia pulida, el sentido de la competencia.

Que no lo hayan hecho no es a pesar de Agnelli y de los de su tipo, sino gracias a ellos. Cuando Agnelli habla de un nuevo sistema, no se refiere a encontrar la manera de ayudar a los clubes italianos a construir nuevos estadios, desarrollar jóvenes talentos ni adoptar controles de costos para que haya un equilibrio competitivo. No está investigando métodos innovadores de crear nuevas audiencias o de repartir de manera más equitativa los ingresos de la televisión, para que los Bournemouth de la Serie A también puedan crecer.

No, lo que Agnelli quiere decir es que pretende cambiar las reglas del juego para que la Juventus reciba más dinero, más protección y todos los demás puedan pudrirse. De hecho, a Agnelli no le preocupa en lo más mínimo la marginación. Si acaso, está a favor, siempre y cuando él sea quien margine.

© 2023 The New York Times Company