El problema del fútbol con las medallas de plata

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En todas las fotografías, hay una constante. En algunas de las imágenes, los jugadores de España ven al piso, desconsolados, mientras reflexionan sobre su derrota frente a Francia en la final de la Liga de Naciones. En otras, dan entrevistas, con el rostro apesadumbrado y un poco desolados. En una, Luis Enrique, su entrenador, les ofrece un aplauso respetuoso a los vencedores de su equipo.

Sin embargo, en todas, los futbolistas españoles tienen delgados listones azul marino colgados del cuello. Cada uno de los jugadores había caminado a la plataforma elevada construida a toda velocidad sobre el campo después de la final del domingo en el estadio de San Siro en Milán. Cada uno había tomado la medalla que le habían ofrecido. Y cada uno la había colocado con cuidado alrededor de su cuello.

Por supuesto que eso no debería ser digno de una atención particular. En la mayoría de los deportes, el atleta o el equipo que termina segundo considera su medalla de plata como una fuente de orgullo. En algunas ocasiones, puede ser con los ojos cubiertos de lágrimas. A veces, es con los dientes apretados. A menudo, es con un aire de remordimiento persistente, una idea de lo que pudo ser. Y siempre se tarda un poco en aliviar la pena. Más que nada, ser segundo lugar —por poco— puede doler.

No obstante, solo en el fútbol las medallas de plata son tratadas como si quemaran. Los jugadores y los entrenadores a menudo dan la impresión de que preferirían no tocarlas. El verano pasado, la mayoría de los jugadores de Inglaterra insistieron en no usar la medalla que se habían ganado por haber terminado en segundo lugar de la Eurocopa.

Unas semanas antes, la mayoría de sus colegas del Manchester City y el Manchester United se habían rehusado de manera perceptible a ponerse las piezas que habían recibido tras perder tanto la final de la Liga de Campeones como final de la Europa League. José Mourinho se ha hecho al hábito de desechar cualquier recordatorio de todas las derrotas en alguna final importante.

Este es, grosso modo, un fenómeno que casi no se manifiesta fuera del fútbol. El finalista derrotado en un torneo importante del tenis no hace hincapié, enfrente del mundo que los observa, en regalarle el premio que ganó a un aficionado. Por lo regular, los atletas olímpicos no se rehúsan a pararse en el podio sin sus medallas de plata o bronce alrededor del cuello, ni tampoco las lanzan al público a su salida del estadio, la piscina o el velódromo.

De hecho, el desdén por las medallas de plata ni siquiera es un rasgo de todo el fútbol. En 2019, las futbolistas de los Países Bajos que acababan de perder la final de la Copa del Mundo femenil frente a Estados Unidos se dejaron puestas las medallas. Muchas salieron de su vestidor para hablar con los medios, con los ojos un poco llorosos y el botín agridulce de su verano maravilloso e inspirador que decoraba sus cuellos.

No obstante, el fútbol varonil parece haber recibido con los brazos abiertos la idea de que el segundo lugar solo viene después del primero y lo ha convertido en un dogma. Tal vez eso se deba al mensaje que envía: el acto mismo es, sin duda, un tanto performativo, una pequeña obra de teatro, una floritura para los aficionados para demostrar que solo la victoria total es suficiente.

O tal vez se deba al absolutismo que motiva a tantos de los personajes definitorios del juego de los hombres. Muchos de los entrenadores más exitosos en el deporte han puesto hincapié en decirles a sus jugadores que ni siquiera deberían disfrutar sus medallas de ganadores. Alex Ferguson, como Brian Clough y Bill Shankly antes que él, solían decirles a sus escuadras que debían olvidar la conquista de una liga o una copa casi de inmediato, que tan solo habían servido de trampolín para más éxito. Desde hace tiempo, el fútbol ha sido consumido por un deseo de dominio tan intenso que, cuando se le ve con la fría luz del día, es un poco perturbador.

Y por más que a Mourinho se le culpa con demasiada frecuencia y facilidad de todos los males del fútbol moderno, no debe ser demasiado difícil conectar algunos de sus repudios más públicos hacia cualquier cosa que no sea oro con la aceptación más generalizada de la práctica, con la creencia de que, una vez que dejó claro que la plata no era aceptable para él, era casi inevitable que otros lo siguieran. Después de todo, un entrenador que valore el segundo lugar de alguna manera parecería imberbe en comparación.

Bien pudo haber sido más fácil para España disfrutar un poco los recuerdos que le entregaron al equipo en Milán debido a las circunstancias en las que las habían logrado: en la final de la Liga de Naciones, un torneo apenas un escalón más alto que un torneo de exhibición. Todos los atletas son competitivos, pero es poco probable que Luis Enrique y su equipo estuvieran experimentando el mismo tipo de dolor que sufrieron este verano los jugadores de Inglaterra en Wembley.

No obstante, a pesar de todo, tal vez insinúe un cambio sutil en el panorama, lejos de la brutal creencia, que no suma nada, de que la que la victoria solo puede tener una forma y que por lo tanto todo lo demás desde luego es un fracaso, abyecto y vergonzoso. A veces, llegar en segundo lugar es un logro por sí solo. Uno pensaría que captar eso podría volver un poco más sano el deporte, un poco más alegre, en su conjunto.

La memoria juega contigo

Quizá Lionel Messi intentaba no herir los sentimientos de su amigo. Ha conocido a Sergio Agüero durante años, por eso, cuando Agüero preguntó por qué nunca había ganado un Balón de Oro, Messi escogió sus palabras con delicadeza. Por ejemplo, no le dijo: “No lo has ganado porque yo y Cristiano Ronaldo existimos”. En cambio, fue un poco más diplomático. Ganas el Balón de Oro si ganas la Liga de Campeones, le dijo Messi a Agüero, según este último. Su fracaso estaba ligado al de su equipo.

Según la lógica de Messi —y Messi sabe algo de ganar el Balón de Oro—, esto tan solo deja un ganador para este año. Cuatro miembros del equipo del Chelsea de la temporada pasada han sido nominados, pero tan solo uno de ellos también ganó la Eurocopa. Por extensión, este debería ser el año de Jorginho (el honor para las mujeres podría ir a cualquiera de las cinco nominadas de todo el equipo conquistador del Barcelona que ganó la Liga de Campeones, pero Alexia Putellas, su capitana, parece ser la elección del consenso).

Es interesante considerar cómo se verá eso en retrospectiva. Esta semana, se dio una situación en particular extraña en Twitter cuando unos aficionados debatieron los méritos del ganador del premio en 2003: el mediocampista de la Juventus Paved Nedvěd (exactamente cuál es el origen de esas puertas del infierno de la sinrazón, y qué te atrae a ellas, sigue siendo un misterio para mí, pero no tiene importancia). Se decretó que Nedvěd no se lo merecía, en particular en un año en el que Thierry Henry había marcado 32 goles en 56 partidos con el Arsenal.

Esa comparación es irrelevante, claro está —Nedvěd era un mediocampista, no un delantero, así que en realidad no estaba contratado para igualar los números de Henry—, y no toma en cuenta el contexto: Nedvěd impulsó a la Juventus a la final de la Liga de Campeones y a ganar la Serie A. Esa temporada, la genialidad de Henry no le entregó ningún trofeo al Arsenal.

En aquel entonces, a nadie le impactó que Henry no hubiera ganado; si acaso hubo un jugador con un mayor derecho que Nedvěd —considerado uno de los mejores jugadores de su generación—, ese fue Andriy Shevchenko, el delantero del AC Milán que marcó el tiro penal ganador de la Liga de Campeones.

Ahora esto parece inusual, claro está, porque es un testamento de la primacía cultural de la Liga Premier; de la grandeza más imperecedera de Henry, en comparación con la de Nedvěd; y, tal vez, de la naturaleza de nuestra manera de recordar. Evaluar las contribuciones individuales a los deportes de equipo puede ser difícil —donde no estén involucrados Messi ni Ronaldo, sin duda—, así que lo que perdura, a medida que pasa el tiempo y los recuerdos se desvanecen, son los números. Y, a pesar de todo, los números, como lo pueden atestiguar Agüero y Henry, no cuentan la historia completa.

Un camino largo, un viaje corto

Ahora, la imagen está comenzando a enfocarse. Tenemos a los dos primeros equipos calificados para la siguiente Copa del Mundo; felicitaciones predecibles pero sinceras a Alemania, que siempre califica fácil, y una respetuosa sorpresa ante el equipo de Dinamarca que ahora, pareciera, ser invencible. Mientras tanto, el resto del campo está empezando a tomar forma.

En Asia, es difícil imaginar que Arabia Saudita —con cuatro partidos y cuatro ganados— no vaya a clasificar. En Sudamérica, Brasil y Argentina casi pueden darse por hecho, pero la identidad de los dos países que se les van a sumar clasificando de forma directa es mucho más intrigante. En Norteamérica, apenas se ha abierto un atisbo de brecha entre México, Estados Unidos y Canadá y todos los demás.

En Europa, la inquietud en torno a si Francia, Bélgica e Inglaterra no clasificarán da la impresión de ser inventada —lo harán; dejen de preocuparse—, pero varios de los otros favoritos enfrentan un noviembre de estrés moderado: Portugal, España, Italia y los Países Bajos de ninguna manera tienen garantizados lugares automáticos.

Solo faltan África —donde la estructura de clasificación hace que todo el proceso sea, de manera insatisfactoria, arbitrario, pero sin duda alguna, dramático— y Oceanía, donde a falta de poco más de un año para que arranque el torneo, ni siquiera ha comenzado el proceso clasificatorio.

Ya se ha postergado dos veces a causa de los desafíos logísticos que ha presentado la pandemia de la COVID-19; el plan más reciente es celebrar un torneo clasificatorio en Catar la próxima primavera, pero todavía se debe establecer el formato que tendrá y si los clubes dejarán que sus jugadores compitan en este.

Nueva Zelanda, el peso pesado de la región, no había jugado un solo partido en casi dos años antes de un par de victorias en amistosos contra Bahréin y Curazao en esta fecha FIFA. Todavía no queda del todo claro cómo se supone que Danny Hay, el entrenador del país, va a forjar un equipo capaz no solo capaz de vencer al resto de Oceanía sino también de ganar una ronda eliminatoria en contra de un equipo de otra confederación, programada para junio del próximo año. Hay no ha perdido la esperanza. Según él, los amistosos de la fecha FIFA más reciente fueron el “inicio del camino a la Copa del Mundo” para su equipo. Dadas las circunstancias, es difícil creer que ese camino vaya a terminar en Catar.

© 2021 The New York Times Company

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