Por qué nada en nuestra vida sería igual sin los perros y su cariño infinito

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Perritos y bebés, los compañeros perfectos. (Getty)
Perritos y bebés, los compañeros perfectos. (Getty)

Todo en ellos es tan puro. No piden mucho a cambio. Comida, juegos, salidas a pasear. El canje es invaluable: lealtad absoluta, amistad interminable y horas eternas de risas y ternura. Los perritos, así en diminutivo, porque así expresamos cariño en México, son un patrimonio del mundo. No necesitamos un día mundial para reconocerlos, pero sirve como excusa para recordar todo lo que ellos traen a nuestra vida. Por eso hoy todas las redes sociales están llenas de fotos caninas. Y para nada es queja.

Pero ojo, que sus cualidades no solo se limitan al aspecto emocional. Cómo no elogiar esa destreza para entender palabras, señas y gestos. Es cierto que no hablan (y quién sabe lo mucho que tendrían para contar si pudieran hacerlo), pero aún así tienen una intuición perfecta. Saben escuchar y obedecer órdenes (aunque luego las desoigan y hagan uso de su naturaleza libertina), entienden cuando hicieron algo malo y agachan la mirada porque saben que ameritan un regaño. Olfatean comida a metros de distancia y distinguen a sus dueños a varios metros de distancia. Son inteligentísimos, más de lo que hemos aceptado.

Es curioso que aunque sólo puedan ver en blanco y negro, a nosotros nos transformen un día gris en uno colorido. ¿Quién no ha llegado a casa devastado después de un día caótico de escuela, trabajo, transporte público y demás para, luego, encontrarlos a ellos de inmediato apenas se abre la puerta? Solo escuchan un ruidito, la más leve señal de que hemos llegado, para salir corriendo y dar vueltas frenéticas de alegría. Y nosotros, todavía con el rigor de la vida encallado en nuestra espalda, oímos sus patitas correr y sabemos que alguien, en ese preciso momento, está feliz de que hayamos llegado y que, quizá, todo vale la pena con tal de ver esa carita de alegría.

Porque ellos son tan nobles y agradecidos que siempre tienen la mejor disposición para nosotros, aun cuando en algunas ocasiones no estemos a la altura de su amistad. Si tanto nos hemos acostumbrado a discutir por cualquier cosa, no están mal estos días en los que encontramos consenso en algo: a todos nos encantan los perritos. O casi a todos. En efecto, existen personas a las que no les gustan. Y qué se puede decir. Es respetable: no saben de lo que se pierden. Pero tampoco podemos ignorar a quienes más allá de no sentir cariño por ellos, están amargados con la vida y buscan un repudiable desquite. Los maltratan, los golpean, no les dan de comer o los encierran en azoteas para que "cuiden", como si su labor principal en el mundo fuera esa: preservar la seguridad de amos que ni siquiera los sacan a pasear.

Nadie puede negar la existencia de esos frustrados que, si se pusieran a pensar un poco, notarían que los perros tienen una labor mucho más importante en este mundo que ellos. Qué decir, por ejemplo, de Frida, la perrita rescatista con la que todo el país se encariño en medio de una tragedia hace cinco años. Su labor en días tan críticos, los posteriores al terremoto del 19 de septiembre, fue mucho más trascendente que cualquier cosa que un odiador de perritos haya hecho en su vida.

Todos hemos buscado en Internet cuántos años 'humanos' tiene nuestro perrito, como para tener noción de qué tan viejito se ha puesto y, acto seguido, rogarle a la vida que el tiempo no pase tan rápido, que todavía quedan muchos juegos, paseos y sonrisas que compartir. Por eso hoy, que las redes están llenas de 'lomitos', es un excelente pretexto para valorar y agradecer que existan. Porque cada uno de ellos es único y nadie miente cuando dice que el suyo es el mejor.

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