Enganchados a la París-Roubaix: cómo una generación está redescubriendo el ciclismo

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ROUBAIX, FRANCE - OCTOBER 03: Sonny Colbrelli of Italy and Team Bahrain Victorious covered in mud competes in the breakaway during the 118th Paris-Roubaix 2021 - Men's Eilte a 257,7km race from Compiègne to Roubaix / #ParisRoubaix / on October 03, 2021 in Roubaix, France. (Photo by Tim de Waele/Getty Images)
Photo by Tim de Waele/Getty Images

Corredores llenos de barro, con las caras irreconocibles, cruzando charcos de diez metros de largo. Motos atascadas en medio de la carretera. Pinchazos constantes, caídas acrobáticas, gestos de dolor y manos abiertas en sangre. El "infierno del norte" en su máximo esplendor después de diecinueve años sin lluvia en la París-Roubaix y un buen montón de españoles, al menos dos generaciones, pegados al televisor sin entender del todo bien qué demonios está pasando, cómo es todo eso posible en un ciclismo que para ellos había sido siempre un cálculo de segundos y minutos, diferencias en la general y etapas controladas por los distintos equipos.

El espectáculo de este domingo culmina un viraje completo de nuestra percepción de uno de los deportes más seguidos en nuestro país. Un deporte que pensábamos que ya nos lo había dado todo, pero que aún viene con sorpresa: las clásicas, los monumentos, la épica. Por supuesto, en otros países -Bélgica y Francia, sobre todo-, estas carreras ya eran casi tan importantes como un Tour de Francia... y mucho más que un Giro y una Vuelta, eternas competiciones de tres semanas con demasiadas etapas insulsas. En España aún estamos aprendiendo, pero lo que vemos nos gusta.

Apelar al aficionado medio es mucho apelar en términos de historia de ciclismo. Es posible enamorarse consecutivamente de las hazañas de Perico, Induráin, Rominger, Zülle, Beloki, Valverde, Contador o Tadej Pogacar sin conocer necesariamente todo lo que vino antes. Ahora bien, es que ni el aficionado pura sangre español, que sí puede tener unas nociones básicas de quién era Felice Gimondi, o Louison Bobet, o, desde luego, Jacques Anquetil, sabía hasta hace nada quiénes eran Rik Van Looy o Roger de Vlaeminck. Y, cuando les hablaban de Merckx o de Hinault, no pensaban en la Roubaix que ganó el bretón en 1981 o las siete San Remo que ganó el "Caníbal" entre finales de los sesenta y principios de los setenta.

Todo en el ciclismo español, y así se le presentó al aficionado, era una cuestión de clasificaciones generales y premios de la montaña. Era lo único que echaba la televisión, era lo único para lo que se preparaban los equipos -con excepciones casi legendarias como Miguel Poblet- y sus nombres sonaban como extravagancias lejanas hasta la aparición de Óscar Freire en 1999, en rigor, el hombre que empezó a cambiar todo esto y que nos hizo interesarnos un poco más por esas carreras de bárbaros llenas de nombres que luego apenas aparecían en nuestros Tours: Tom Boonen, Johan Museeuw, Paolo Bettini, Fabian Cancellara...

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Es ver una París-Roubaix como la de este domingo, ver a esos tres escapados llegar al velódromo agotados, sin capacidad ni para ponerse de pie para esprintar, desplomados en el suelo los tres nada más cruzar la meta, y pensar en todo lo que nos hemos perdido a lo largo de los años. Todo lo que se nos ha hurtado, por decirlo de alguna manera. ¿En qué momento decidimos que Sean Kelly no era más que un luchador de generales? ¿En qué momento quisimos admirar más a un Claudio Chiappucci que a un Francesco Moser o un Giuseppe Saronni?

La cultura ciclista española fue así durante mucho tiempo y me temo que en el cambio tienen que ver tres factores: el primero es una cuestión de visibilidad. Cada vez más gente tiene acceso a plataformas -principalmente Eurosport- donde se echan este tipo de carreras casi a diario. El segundo es una cuestión social: vivimos más rápido, necesitamos impactos más inmediatos. Queremos saber hoy quién gana hoy. No tenemos paciencia, nos aburrimos con facilidad. Si me pones veintiún etapas, necesito que las veintiuna sean épicas. Las clásicas nos dan esa satisfacción inmediata, son como un enorme pastel que devoras durante una mañana entera y te deja saciado... hasta la semana siguiente.

El tercer factor es, desgraciadamente, económico, y coincide con la desaparición de las vueltas locales. En los ochenta y noventa, cada semana teníamos una vuelta a alguna región: Galicia, Asturias, Valles Mineros, Cantabria, La Rioja, Burgos, Castilla y León, Comunidad Valenciana, Murcia, Andalucía, Ruta del Sol, Setmana Catalana, Volta a Cataluña, Bicicleta Vasca, Itzulia, Challenge de Mallorca... y ahí iban todos los equipos españoles a pasarse una semana luchando entre sí. La gran mayoría de esas vueltas ha desaparecido por una cuestión de dinero. Algunas de las que quedan se han reconvertido en carreras de un día...

Tengo la sensación -imposible de probar- de que, si ayer hubiera coincidido la París-Roubaix con la última etapa de alguna vuelta local, Teledeporte se habría volcado con esta última. Y, sí, algunos nos habríamos pasado a Eurosport para ver a Colbrelli, a Vermeersch o a Van der Poel... pero la gran mayoría habría optado por el "abierto" y se habría visto la crono o la etapa reina destinada a resolver la general de turno. Así fue durante demasiados años y, ya siento decirlo, pero no fuimos capaz de encontrar una cohabitación decente. Ausentes estas pequeñas vueltas del calendario, podemos ya disfrutar del otro ciclismo y redescubrir nuestra pasión día a día. 

Incorporar Arensberg, Poggio, Kwaremont, Huy o Sormano a nuestro vocabulario igual que en su momento incorporamos Aubisque, Gavia, Angliru o Mortirolo. Escarbar en los antiguos palmarés para comprobar cuántos dobletes Flandes-Roubaix se han hecho un mismo año o cuántos Lombardía ganó Fausto Coppi. El mismo deporte, pero de otra manera. Más salvaje, más indómito, más "humor amarillo", en ocasiones, pero a la vez hipnótico y atractivo como pocos. La competición en estado puro, sin cálculos ni reservas. El ciclismo, con mayúsculas.

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