Zlatan Ibrahimovic: el futbolista devorado por su propia leyenda

Zlatan durante un partido con LA Galaxy. Foto: Harry How/Getty Images.
Zlatan durante un partido con LA Galaxy. Foto: Harry How/Getty Images.

Zlatan Ibrahimovic se marcha de Los Ángeles Galaxy. A sus 38 años, el delantero sueco de ascendencia yugoslava cree que ya ha hecho todo lo que tenía que hacer en el fútbol de Estados Unidos y que es momento de poner punto final a sus andanzas en la MLS. No son demasiados los seguidores que tiene el campeonato norteamericano en el resto del mundo (de hecho, aunque va creciendo, está muy lejos todavía de ser el deporte más popular en su propio territorio), así que en principio esta noticia no tendría por qué llamar la atención de demasiada gente.

Sin embargo Zlatan, fiel a su estilo, se ha encargado de que todo el mundo se entere. Incluso los que ni siquiera son aficionados al fútbol. Porque lo ha comunicado a través de sus redes sociales, con un mensaje que dejará indiferente a muy poca gente:

Vine, vi, conquisté. Gracias LA Galaxy por hacerme sentir vivo de nuevo. A los hinchas del Galaxy, queríais a Zlatan, os di a Zlatan. De nada. La historia continúa. Ahora volved a ver el béisbol.

Que los aficionados californianos echarán de menos al que lleva siendo su capitán, estrella y referente durante el último año y medio es algo que nadie duda. Pero quizás la publicación, tanto en su forma como en su fondo, resulte un tanto exagerada. Sobre todo teniendo en cuenta que, aunque sí es verdad que su rendimiento personal ha sido notable (52 goles en 56 partidos), no ha llevado al equipo a grandes éxitos: este año se ha quedado en semifinales de conferencia (recordemos que la MLS sigue el mismo formato de otras ligas profesionales estadounidenses) y en 2018 ni siquiera entró en playoffs. Y tampoco hay que olvidar que en el Galaxy ya jugaron otros mitos del balompié como David Beckham y Steven Gerrard.

Porque Zlatan ha sido, y aún es, un futbolista extraordinario. Nadie se atreve a discutirlo, y en caso de duda ahí está su palmarés para demostrarlo, en el que se incluyen hasta trece campeonatos de Liga en países tan competitivos como Italia, España, Francia y Holanda. Dicen las estadísticas que en 573 partidos jugados lleva 371 goles, a los que hay que añadir los 62 en 116 partidos que ha marcado para la selección sueca. Son números, sin duda, al alcance de muy pocos. Aparte de su efectividad, siempre ha hecho gala de un repertorio técnico tan asombroso como espectacular, y varios de sus goles llegan a tener la categoría de obras de arte.

Y sin embargo, siendo todo lo grande que es, tampoco lo es tanto. No es un Messi, no es un Cristiano, no es un Maradona, no es un Cruyff, no es un Pelé, no es un Di Stefano. Pocos expertos en fútbol, tengan las filias o fobias que tengan, se atreverían a merterle en la lista de los cinco más grandes de la historia, y a muchos les costaría incluirle incluso entre los 10 o 15 más destacados. Dentro de la genialidad, está en el segundo escalón.

Por supuesto, esto no le resta mérito alguno ni le quita un ápice de su brillantez. Ibra puede presumir de estar entre los mejores de todos los tiempos. El problema es que se comporta como si fuera el número uno indiscutible. Como si él hubiera inventado este juego, antes de él la nada, y después de él solo su recuerdo.

Ibra ha llegado a un punto en el que se lo ha comido su propio personaje. Arrogante hasta el extremo, casi se habla más de él por lo que dice fuera del campo que por lo que hace en él. Y eso que, insistimos, en el terreno de juego es absolutamente espectacular.

Porque no es, ni mucho menos, la primera vez que se expresa en términos parecidos. Cada vez que abre la boca parece que el mundo entero debería estar agradecido de tener la oportunidad de compartir la existencia con él. En su propia biografía de Twitter ya deja claro que “los leones no se comparan con los humanos”. Así es como se despidió del Manchester United en 2018, tras apenas una temporada y media lastrada por las lesiones de rodilla:

Y así dijo adiós al París Saint-Germain en 2016, tras cuatro años en los que ganó otras tantas ligas... pero en los que en la Champions, el gran objetivo de un club infinitamente superior en lo económico a sus rivales nacionales, no pasó de cuartos de final:

Mi último partido mañana en el Parque de los Príncipes. Vine como un rey, me fui como una leyenda.

Tanta ostentación, que llega hasta el punto de la chulería, puede verse como una especie de estrategia comercial. Todo el mundo, incluso los no aficionados al fútbol, saben quién es Zlatan. Se trata de un nombre propio muy común en los Balcanes, sobre todo en Bosnia, pero él ha conseguido identificarlo indisolublemente con su persona. Hasta el punto de que se llegó a difundir que la Academia Sueca, la institución que regula el idioma en este país (y que entrega el Nobel de literatura), había incluido en el diccionario el verbo zlatanera (“zlatanear”) con el significado de “dominar con fuerza”. La palabra no consta en el listado, pero que la noticia resultara creíble da una idea de la magnitud que ha alcanzado su figura pública.

Porque eso, una figura pública antes que cualquier otra cosa, antes que futbolista, es en lo que se ha convertido hoy Zlatan. Quizás no sea más que un mecanismo de defensa arrastrado de sus orígenes como hijo de inmigrantes en Rosengård, el barrio más duro y peligroso de Malmö, aunque a su edad, ya mucho más cerca de su retirada que de su debut, puede que ese escudo no sea tan necesario. Quizás esa imagen que se ha creado sea puro marketing; no en vano, es una de las caras más populares de la marca Nike y a menudo protagoniza anuncios de otras compañías de todo tipo (su supuesta llegada a España que tanto dio que hablar hace unas semanas no era más que una promoción de una casa de apuestas). O puede que no haya nada detrás y que, simplemente, su carácter sea así de vanidoso.

En cualquier caso, a él le ha funcionado. Y no es algo ni medio fácil de conseguir. Zlatan, mal que bien, despierta admiración casi generalizada y sus muestras de prepotencia se suelen ver como un lujo que, siendo quien es, se puede permitir. Otros lo han intentado y no les sale. Cristiano Ronaldo, por ejemplo, se ha intentado construir un perfil parecido, pero tiene tantos admiradores de su genialidad como críticos dispuestos a ridiculizar hasta el extremo cualquier desliz. Posiblemente la diferencia sea que, mientras que el portugués se ha (o le han) erigido como antagonista de otra gran estrella como Messi, polarizando la opinión pública en dos bandos, el sueco ha sido lo suficientemente listo como para no buscarse enemigos (más allá de algún enfrentamiento puntual) y brillar por sí mismo, no en oposición a nadie.

De ahí que Ibra resulte fascinante para todos los públicos. Aunque siempre hay excepciones. A algunos hinchas les resulta excesivo, acaso cargante, y que no están de acuerdo con esta mitificación, tan propia del fútbol moderno, de un jugador individual en un deporte colectivo. Pero a estas alturas de película, a Ibra le da igual. Ha conseguido que todo el planeta hable de él y esté pendiente de cuál será el próximo destino de un delantero casi cuarentón que hasta hace unos días militaba en un equipo de segunda fila. Y eso, hay que reconocerlo, es algo que solo puede “zlatanear” Zlatan.

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