¿Y si los árboles nos dijesen dónde hay cadáveres enterrados?

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¿Y si los árboles nos dijesen dónde hay cadáveres enterrados?

El color de las hojas de los árboles podría decirnos dónde hay escondido un cadáver. Suena a un capítulo extraño de una serie policiaca, pero es la base de un estudio reciente – de momento, teórico, pero la parte experimental ya se ha puesto en marcha. La idea es generar una serie de pruebas que las fuerzas de seguridad puedan usar para localizar cadáveres.

Pero, ¿cómo es eso de que el color de las hojas de los árboles pueda decir dónde hay un cuerpo enterrado? La idea surge de “La Granja de Cuerpos” – el Centro de Antropología Forense de la Universidad de Tennessee –, un centro de investigación norteamericano especializado en ciencia forense.

A este centro llegan cuerpos donados a la ciencia. Y con ellos se realizan una serie de experimentos: qué insectos colonizan los cadáveres y cuánto tardan en hacerlo, qué efecto tiene el clima en la desaparición de un cuerpo… o el tiempo de descomposición y los cambios que genera en el entorno.

Y de este último tipo de estudios es de donde sale la idea. Al descomponerse, un cadáver libera una gran cantidad de componentes al sistema. Y hay dos que pueden tener un efecto claro en el entorno: las bacterias y los nutrientes, especialmente el nitrógeno.

Respecto a las bacterias, es sencillo de entender: cuando un ser humano se muere, las bacterias de su interior comienzan a reproducirse y multiplicarse sin límite. Hasta ese momento habían estado limitadas por el sistema inmune, pero al morir la persona, ya no hay límite. Y estas bacterias acaban liberándose del cadáver, lo que modifica la composición local de la microbiota.

La parte de los nutrientes tampoco es complicada. Con la muerte comienzan una serie de reacciones químicas que liberan los nutrientes que hasta ese momento formaban el organismo. Poco a poco se van liberando, sirviendo de abono para las plantas. O acabando con ellas, ya que demasiada concentración de algunos nutrientes resulta perjudicial.

Bien, pues ambas cosas parece que modifican la composición química de los tejidos de las hojas de los árboles, y les cambia el color. Y sólo lo parece porque, de momento, no hay datos experimentales que lo confirmen. Tiene sentido y debería funcionar así, pero los investigadores aún no tienen resultados que compartir. Los experimentos están en marcha, y esperan tener datos que ofrecer en algunos meses o un año a lo sumo. Por suerte – o por desgracia – este centro recibe cada año muchos donantes, que así es como llaman a los cadáveres que se les cede.

La idea sobre la que trabajan es que los cambios en las plantas harán que los colores que absorben y emiten las plantas cambien. Ligeramente, no de manera dramática, y en muchos casos de forma imperceptible para el ojo humano. Pero no para la tecnología.

Por una parte, se pueden analizar los colores de las hojas y observar variaciones. Si una especie, en un entorno, siempre tiene el mismo color – medido como longitud de onda – y un pequeño grupo de árboles de la misma especie, o incluso un solo árbol, muestra un color distinto que está asociado a crecer cerca de un cadáver en descomposición, ya habría una sospecha. Pero, además, la clorofila de las hojas emite fluorescencia, y esas emisiones también serían distintas entre árboles cercanos a un cadáver y los que no lo estén, y se pueden medir.

Así que se podrían determinar los cambios, programar un ordenador para que analice imágenes grabadas por un dron, y con eso facilitar las labores de búsqueda de cadáveres en casos de asesinatos, desapariciones o catástrofes naturales.

De momento se trata de una idea teórica, de una hipótesis que requiere confirmación. Pero parece bastante prometedora.

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