La verdad a medias sobre Boca, un equipo serio y optimista que va por la doble corona

Ariel Ruya
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Boca va por todo. No es una declaración política: es un mensaje deportivo fulminante. Y en esa travesía doméstica y copera, espía de reojo a River, el rival de toda la vida, que queda desparramado a metros de la orilla, aquí y allá. El 2 a 2 ante Argentinos en La Paternal lo llevó a la final de la Copa Diego Maradona, que se jugará el próximo domingo, en San Juan. Y además, este miércoles el equipo xeneize buscará la definición de la Copa Libertadores frente a Santos, en Brasil. El 0-0 en la Bombonera no le dejó un sabor amargo, porque le sobra gol, también fuera de casa. Boca es un equipo con todas las letras: serio, optimista.

No necesita tener la pelota, dominar el contexto; ni siquiera que sus figuras confirmen su jerarquía. Con un par de pelotazos, con libertad y espacios, se las arregla para maniatar a sus rivales y, también, ser peligroso, punzante. Parece distraído, dominado, hasta que aparece en su real dimensión: Boca es un equipo de ráfagas brutales. Lo es en buena parte de la Libertadores, lo certifica en este certamen.

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Argentinos le ganaba con una arremetida de Diego Sosa luego de un centro de Gabriel Hauche. Intenso, el equipo local era mejor, hasta que Boca encontró el 1-1 con una aparición de Mauro Zárate, que gritó el tanto con alma y vida. Y tiene su lógica: el último gol oficial del delantero había sido el 3 de noviembre de 2019, en un 5-1 sobre Arsenal.

Casi festejó Argentinos, casi celebró Boca. Luego de un tiro libre de Miguel Torrén, que chocó con el travesaño, el equipo xeneize dispuso inmediatamente de dos ocasiones de fácil resolución, desperdiciadas por un par de torpezas. Primero, Eduardo Salvio, con el arco vacío, y luego Ramón Ábila, con un penal (mano de Carlos Quintana) que casi terminó con el balón fuera del estadio.

Mientras el encuentro seguía con chispazos de interés, en las plateas hubo demasiada gente, como si se tratara de un partido con público: juveniles, dirigentes, allegados, curiosos y, sobre todo, hinchas de Argentinos. Tanto fue así que Fernando Espinoza, el árbitro, le pidió durante el primer tiempo al encargado del operativo de seguridad que despejara parte del estadio. Sin éxito, por cierto.

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Una mala salida de Franco Ibarra derivó en una definición de salón de Wanchope Ábila, capaz de mandar un penal a las nubes y, al rato, de dejar en el piso a Lucas Chaves. En el final, Vera selló el 2-2. Y se cortó la luz a los 43 minutos del segundo capítulo. Boca no se encogió, ni en las sombras. Se defendió con agallas en el último suspiro, con Carlos Izquierdoz por Ábila. No se pone colorado: hace lo que cree necesario.

Y Boca no brilla, pero se agiganta. Con un par de sutilezas de Edwin Cardona y el vigor de Zárate, muestra que tiene plantel suficiente como para aspirar a la doble gloria. Es una verdad a medias que tiene titulares y suplentes. Boca es un equipo. Con todo lo que eso significa.

El resumen del partido