El testimonio más honesto de un vendedor ambulante ahogado por la pandemia del Covid-19

M. J. Arias
·3  min de lectura

“Soy vendedor ambulante en la provincia de Zamora. Te respondo”. Es el mensaje publicado por un usuario que se hace llamar Maskirovka en Menéame y que ha generado un hilo de preguntas y respuestas en las que este trabajador pueblo a pueblo explica en qué consiste su trabajo y cómo le está afectando la crisis del coronavirus en su día a día y a final de mes.

Este vendedor reparte por Zamora y sobre todo lleva productos básicos. (Foto: Getty Images)
Este vendedor reparte por Zamora y sobre todo lleva productos básicos. (Foto: Getty Images)

Según cuenta a modo de presentación, tiene una formación distinta (en comentarios posteriores hablar de que trabajó como mecánico y comenzó estudios de derecho), pero por “vicisitudes de la vida” ahora se dedica a la venta ambulante recorriendo pueblos en Zamora. “Conduzco una vieja furgoneta blanca donde llevo un poco de todo, pero especialmente fruta y productos básicos. La pandemia me ha hecho plantearme la opción de dejarlo y marcharme mientras todavía esté a tiempo, pero voy a aguantar el tirón un poco más. Es un trabajo curioso en una tierra curiosa, que no es la mía. Preguntad lo que queráis”, cuenta y anima otros usuarios de este portal donde se comparten noticias y testimonios.

Y eso es lo que han hecho los internautas, preguntarle cosas sobre su trabajo (también su opinión sobre temas tan variados como youtubers tributando en Andorra). Cuenta Maskirovka que sobre todo recorre pueblos y que algunos días, los jueves, de vez en cuando se instala en un mercado. Sin embargo, no es de los vendedores que pone puestos. Lo suyo, argumenta, es hacerse entre “150 y 200 kilómetros al día”. Levantar un tenderete en un mercadillo no es lo que le interesa, explica.

De su trabajo yendo de una localidad a otra y con cientos de kilómetros en su furgoneta cuenta que “entretenido” sí que es, pero no muy “interesante”. En cuanto a los márgenes de beneficio que puede llegar a obtener, menciona que “son muy variables: desde cero, porque te interesa llevar eso donde no ganas nada (es una broma lo que se le saca a los yogures, por ejemplo, comprando donde yo compro) hasta el 300% o más (las nueces). Lo que se gana al mes es muy desigual”.

Dentro de eso, hace un cálculo y le sale que la media sería de unos “1800 limpios, si no hay malas rachas. El COVID es una mala racha. Muy mala”. Pero eso no le impide acudir a un lugar donde sabe que solo venderá “un kilo de peras y una botella de aceite” para no fallar a una clienta habitual aunque sabe que yendo pierde dinero en combustible.

Al final su trabajo es cara a cara con la gente y eso da para muchas historia de solidaridad y cercanía. Como la de esa venta con la que pierde dinero pero a la que responde; la de ese vecino que le quiere comprar todo o hacer de transportista de los medicamentos de personas mayores que algunas farmacias le dan “sin hacer muchas preguntas”.

Sobre eso, le pregunta a un usuario a modo de respuesta que si su “padre no ha hecho de taxi más de una vez y de diez. Porque yo sí. ¿Y no ha vendido bombillas con el servicio de cambiarla incluido porque la señora no se puede subir a una silla? Seguro que también”.

Historias de cercanía, de venta ambulante que en los pequeños pueblos aún se practica (buhoneros los llaman) y de tiempos difíciles para muchos sectores por culpa del coronavirus, también para quienes llevan productos básicos donde no hay supermercados y sí mucha gente mayor.

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