Twitter, Apple o Amazon sientan un peligroso e inevitable precedente contra los ultraconservadores de EE.UU.

Gonzalo Aguirregomezcorta
·6  min de lectura
Partidarios pro Donald Trump se manifiestan frente al Capitolio antes de la invasión (Getty Images).
Partidarios pro Donald Trump se manifiestan frente al Capitolio antes de la invasión (Getty Images).

En esta realidad de distintas realidades en la que está sumido Estados Unidos cohabitan con hostilidad dos posturas que se encuentran a años luz de distancia y que, desafortunadamente, están condenadas a diferir por medio de la fuerza y del desprecio. A flor de piel se perciben sensaciones como la debilidad o el victimismo, la lealtad o la traición, la fragilidad… pero sobre todo, estos días están dejando una frustración que nace de interpretaciones subjetivas de lo que es y no es censura, injusticia o violencia.

El episodio ocurrido en el Capitolio, unido a las amenazas extremistas que el F.B.I. ha reportado previstas para el día de la inauguración de Joe Biden como el nuevo presidente y la decisión de las grandes corporaciones tecnológicas de silenciar a Donald Trump y a los silos digitales ultraconservadores son la viva estampa de la mayor fragmentación que el país ha vivido en décadas.

La legislatura de Trump ha dado voz a una sociedad estadounidense defenestrada durante años, que tras la llegada del magnate a la Casa Blanca ha inhalado una bocanada de moral que ha servido para reafirmar sus valores. Gran parte - no todos - de esos votantes representan a una EE.UU. rural olvidada y sumida en la melancolía de tiempos pasados que ahora se siente más fuerte que nunca.

La voz de los ultraconservadores estadounidenses seguirá oyéndose a pesar de las medidas (Getty Images).
La voz de los ultraconservadores estadounidenses seguirá oyéndose a pesar de las medidas (Getty Images).

Los más radicales, crecidos ante la reciente normalización, por parte del Ejecutivo, de sus posturas - racismo, supremacismo, privilegio, asunción de que son los únicos que defienden a ultranza la Primera y la Segunda Enmienda de la Constitución de EE.UU. -, han convertido su soledad e incomprensión en una causa revolucionaria de bandera en mano. Soledad porque en su contra siempre han tenido a los grandes medios de comunicación - adalides, según ellos, de la falsedad informativa progre - y, como consecuencia, a gran parte de la masa que los consume. Marginados, porque sienten de manera genuina que la gran farsa aireada por Trump sobre el fraude electoral es completamente real y sólo comprendida entre ellos. Ahora, ese aislamiento es aún mayor tras las acciones de las ‘Big Techs’, los gigantes de Silicon Valley: la suspensión de la cuenta de Trump en Twitter, la prohibición de difusión de contenidos radicales o engañosos en Twitter y Facebook o el veto en la descarga de la aplicación Parler - red social que sirve como nicho ultraconservador - en Google, Amazon y Apple, entre otras medidas.

Esta parte de la sociedad estadounidense ondea el estandarte de la libertad mientras clama que la censura amordaza sus voces. Se acogen a la Primera Enmienda para defender su libertad de expresión y cada vez se sienten más arrinconados. ¿Acaso hay algo más peligroso que un extremista que considera ultrajada su verdad? Sí, un extremista que considera ultrajada su verdad en un país en el que se permiten las armas.

Seguidores de Donald Trump con rifles AR-15 (Getty Images).
Seguidores de Donald Trump con rifles AR-15 (Getty Images).

Que Twitter, Facebook, Apple, Amazon y Google tienen el derecho a dictar los parámetros de lo que debe o no aparecer en sus plataformas está fuera de toda duda, sobre todo porque como gigantes de la comunicación de masas que son, tienen la responsabilidad de eliminar perfiles o contenidos que inciten a la violencia, al terror, al racismo, etc. Confundir eso con un ataque institucional a la libertad de expresión, a lo que se refiere la Primera Enmienda, es erróneo. No es el Congreso de EE.UU. el que dicta qué se puede decir y qué no en las plataformas digitales, sino ellas mismas, que no dejan de ser empresas privadas. Sin embargo, hay algo inquietante en el hecho de que se conviertan en árbitros de la verdad, en que ejecutivos de estas grandes corporaciones, que se cuentan con los dedos de una mano, tengan el poder de decidir qué líneas discursivas deben tener sus usuarios o, a fin de cuentas, una gran parte de la población mundial.

Quizás la duda reside en cuándo deja de ser moralmente válida la injerencia de las compañías de Silicon Valley. La manera en la que Trump ha enaltecido a sus seguidores más extremistas, así como la proliferación de mensajes con información de dudosa o nula veracidad, ha requerido la intervención de Twitter, Facebook etc. Obviamente, la violencia y el terror no pueden tener cabida, tampoco las plataformas como Parler, al menos hasta que impidan la incitación al odio - si se persigue con el terrorismo islámico, por ejemplo, por qué no con el terrorismo doméstico estadounidense - .

La red social Parler albergó a radicales que se organizaron para tomar el Capitolio. (Getty Images).
La red social Parler albergó a radicales que se organizaron para tomar el Capitolio. (Getty Images).

Pero, ¿en qué punto esta fina línea entre lo objetivamente y subjetivamente condenable deja de existir? ¿Hasta dónde puede llegar una sociedad dependiente de estos gigantes tecnológicos cuyos ejecutivos deciden qué expresiones y comportamientos son apropiados o legales, y cuáles no? ¿Debería existir un mayor intervencionismo de los Gobiernos o eso rompería con la supuesta independencia de estas empresas para convertirse en plastilina que cada partido en el poder moldearía a su antojo?

Queda un mundo por descubrir y legislar en este albero digital por asfaltar donde la unanimidad parece imposible. Por ahora, la similitud con los grandes grupos de comunicación es total en cuanto a que cada medio, como cada gran plataforma tecnológica, cuenta con líneas editoriales dependientes de varios factores. Uno puede elegir qué periódico leer, pero si Google o Apple hacen vacío a plataformas como Parler e impiden sus descargas, las opciones de esos grupos radicales pro Trump, como los de otros, se ven muy reducidas.

Sus ideas, en cambio, no desaparecerán, todo lo contrario. Seguirán sintiéndose víctimas del establishment, del poder establecido y su ira incrementará en la sombra. Desde sus silos, seguirán pensando que existe una alianza entre las Facebook o Twitter y el Partido Demócrata para censurar las visiones de su realidad ultraconservadora y encontrarán la manera de que sus voces sean oídas.

Quién sabe si las recientes medidas de las ‘Big Techs’ delinearán un futuro en el que las plataformas que se descargan en Apple o Google, o el contenido e informaciones publicadas en las grandes redes sociales, dependerán de quién sea y qué tendencia tenga el ejecutivo de turno. Hoy están en unas manos pero mañana podrían estar en otras, y el precedente, por lógico que ahora parezca, está peligrosamente sentado.

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