Tokio 2021, entre el negocio y la esperanza

Ezequiel Fernández Moores
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Shinzo Abe, por entonces primer ministro, se disfrazaba de Super Mario. Cavaba una tubería de emergencia desde Japón al Maracaná y llegaba a la ceremonia de clausura de Río 2016 a tiempo para presentar los Juegos siguientes de Tokio 2020. Imposible olvidar aquel montaje. Pero en 2020, Abe, principal impulsor de los Juegos, enfermó y dejó el gobierno. El Maracaná, ya sin el hospital de campaña que había sido construido a su lado, recibirá este sábado la final de la Copa Libertadores sin público, en un Estado de Río de Janeiro que se acerca a las 30.000 muertes por Covid-19. Y Tokio se aferra a celebrar sus Juegos el 23 de julio como sea. Con o sin público, con o sin atletas vacunados, con su población enojada o no. Y sin Super Mario. Los Juegos, confía el alemán Thomas Bach, presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), como símbolo de que habremos superado la pandemia.

El deporte suele ayudar a la educación, la salud, el juego y, en tiempos de encierro, se convierte en bandera de la necesaria actividad física y la cultura de volver a estar juntos. A veces, las presiones del negocio exageran su rol. Lo convertimos en metáfora seductora pero engañosa sobre un mundo más democrático, más justo y más fraternal. Describimos al atleta olímpico que ganó una medalla dorada como modelo de superación. Y pretendemos que lo que sucede en un estadio podrá trasladarse casi automáticamente a otros escenarios. Hasta que la vida, como suele suceder, nos avisa que nosotros, y también el mundo, claro, solemos ser algo más complejo que un triunfo, un récord, un podio o una ovación.

Antes de sumarse a los lunáticos que atacaron el Capitolio, Klete Keller, notable nadador y medallista olímpico, contó a Olympic Channel lo difícil que se volvió todo para él cuando dejó la piscina y se encontró padre de tres hijos, separado, sin trabajo y durmiendo dentro del auto, en una playa de estacionamiento de supermercado. "Pensaba que todo podía ser casi automático, pero realmente se necesita mucho trabajo para descubrir cómo transferir las lecciones del deporte a la vida real". Keller contó también que en ese mundo real encontró "presiones mucho más intimidantes y difíciles de manejar". Que perder trabajo, seguro médico, le provocaron "una sensación de fracaso mucho más aguda" que un revés deportivo y que sus éxitos en la natación terminaron dándole "una expectativa inexacta del mundo".

Keller, medallista pero más anónimo, podía ser más vulnerable tras el retiro. Pero allí está su compañero de relevos Michael Phelps, él sí campeón de todo, acaso el nadador más fabuloso de todos los tiempos, que meses atrás contó de qué modo la pandemia agravó una depresión que sufre desde hace años y que describe como algo con lo que deberá lidiar toda la vida. Su esposa habló del tema esta semana. Contó cómo ayudan y contienen ella y los tres hijos. Venden mejor las historias de los podios, claro. Hace más de una década, cuando ya estaba en su apogeo con apenas 23 años, Phelps fue "descubierto" por un tabloide fumando una pipa de marihuana en una fiesta con amigos, algo que sí podían hacer más de la mitad de los jóvenes de Estados Unidos, pero no él, campeón modelo. Le retiraron patrocinios y lo obligaron a pedir disculpas públicas. Fue una oportunidad desperdiciada.

Lo mismo le sucedió a Tiger Woods cuando otro tabloide le contó un ejército de amantes, reales o supuestas. Sus noches ocultas en Las Vegas. Campeón idealizado, el crack que revolucionó al golf fue también lapidado y debió disculparse públicamente, como si hubiese sido un asesino serial. Vean "Tiger", documental flamante de HBO. Para bien y para mal, el deporte-espectáculo es un mundo alternativo. Tenistas en Australia se quejaron estos días por el confinamiento que agravó diferencias entre la élite y el pelotón en la previa del Abierto que comenzará la semana próxima en Melbourne. La exposición de la protesta irritó a buena parte de la ciudadanía, sometida a mayores controles y que jamás cobraría el premio de cien mil dólares asignado a los perdedores del Abierto en primera rueda. "Vernos tan pedantes", escribió el ex jugador australiano Paul McNamee.

Enganchado en el mensaje olímpico sobre un mundo mejor, el COI puede sonar insensible por su obstinación cuando las encuestas indican que cerca de un 80 por ciento de la población de Tokio rechaza los Juegos en plena pandemia y se pregunta por qué los atletas recibirían vacunas antes que otros trabajadores esenciales o personas de riesgo. El COI enfureció con la versión desprolija publicada por The Times sobre que Tokio ya había renunciado a los Juegos. Confía que en seis meses el cuadro será otro y los humores cambiarán. No sucede por ahora.

Igual, "nada detendrá a "los Juegos de Dentsu", dicen algunas protestas. Dentsu, gigante de la publicidad, es un poder paralelo en Japón. Tiene negocios cruzados en el gobierno, el COI y los Juegos de Tokio (cuyo presupuesto récord amenaza crecer a cerca de 25.000 millones de dólares, más del setenta por ciento de los cuales es dinero público). Si Tokio renunciara, Florida ya se ofreció como sede alternativa. Tokio lleva 793 muertes por Covid. El Estado de Florida 25.445. No importa. Disney, avisó ayer su Director Financiero, Jimmy Patronis, ya demostró su eficacia. Sería la burbuja perfecta.