Todo empezó con una ampolla y terminó con su pierna amputada; un caso de negligencia médica en México

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Foto: Elena Soto | Yahoo Noticias
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Por Elena Soto

“Apóyame. Cómprame una paleta, para que me pueda comprar mi prótesis”, dice Ricardo Victoria a las personas que pasan por la calle Francisco I. Madero, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

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Por las tardes, es común verlo vender paletas a un costado de la iglesia “La Profesa”, un templo barroco del siglo XVIII. 

Su presentación es impecable. La bermuda que usa muestra una pierna mecánica de la rodilla hasta el pie, este último cubierto por una calceta y un tenis.

Recuerda que cuando llegó a las calles del Zócalo, hace más de un año, empezó vendiendo botanas, cacahuates, pepitas y gomitas, pero, casi nadie compraba. Luego cambió a paletas “tutsi”, que le gustaban comer cuando era pequeño, y las empezó a vender.

“Son las que mejor reciben las personas. Me dicen que las ven y se acuerdan de su infancia”, dice.

“Me urge cambiar el socket de mi prótesis -la parte que conecta el muñón a la pierna artificial-. Ya me lastima y me queda grande. Necesito 25 mil pesos”.

Sentado en un banco plegable, Ricardo platica que siempre le gustó practicar deportes. Dice que su papá les inculcó ese gusto porque era luchador, uno conocido como Pastor III, y siempre lo acompañó a entrenar, hacer ejercicio por las mañanas y al ring. Le gustaba verlo entre las cuerdas, hacer las llaves, que las personas le gritaran por ser de los “rudos”.

A los 17 años, cuando estudiaba en la vocacional, empezó a entrenar con el equipo de fútbol americano Búhos Patriotas, luego continuó la actividad cuando estudió Físico-Matemáticas en el Instituto Politécnico Nacional; tenía la posición de ala cerrada. Siempre tuvo el anhelo de jugar en Águilas Blancas, el mejor equipo del IPN.

La negligencia médica que le cambió todo

Pese a que Ricardo estudió Físico-Matemáticas, siempre tuvo interés por preparar comida. Su afición empezó a los 16 años, cuando entró como mozo en el restaurante Santa Clara, que estaba en avenida de Las Fuentes, en el Pedregal. Luego pudo entrar a la cocina y ayudarle al chef. Después de años de aprendizaje, logra ser chef. Por eso también estudió Gastronomía en la Universidad Intercontinental. 

Fue en el área de la comida fue donde avanzó y desde los 23 años fue gerente de tiendas.

En 2017, Ricardo era representante de la marca Taco Inn y tenía que viajar por su trabajo a centros comerciales, a veces en otros estados. En febrero de ese año lo mandaron a trabajar a Querétaro. Todo el día estuvo de pie. En la tarde empezaron a dolerle los dedos del pie izquierdo.

Se dio cuenta que tenía una ampolla, pero se revisó hasta que llegó al hotel. Era común que le salieran, usaba zapatos cerrados plastificados.

Ya en Ciudad de México, en una clínica particular hicieron las curaciones, le midieron la presión y los niveles de azúcar, y todo estaba normal. El fin de semana lo pasó en casa, mientras se recuperaba de la herida.

Pero necesitaba las incapacidades retroactivas para justificar los días que no fue a su trabajo.

“La idea era que fuera a que me hicieran mi revisión y que me dieran mis incapacidades para justificar las faltas de sábado y domingo”, recuerda.

El lunes 6 de febrero despertó temprano y fue a la clínica familiar. No había servicio, era día feriado. Y decidió ir al Hospital General de Zona 2A, “Troncoso”. El reloj marcaba casi las 12 de la tarde.

Ahí lo revisaron y antes de pasarlo al área de Urgencias le dijeron que por ser día feriado había pocos médicos.

“Me dijeron ‘pásate a urgencias y ahorita que haya un doctor disponible te atendemos. Pero no había doctores, no había ni personal de limpieza”, recuerda.

Al entrar a la sala, lo primero que encuentra Ricardo son gasas tiradas llenas de sangre. Seguro de algún paciente que tuvo un accidente.

“Mi error fue que me fui en chanclas y con el pie con un par de gasas (…) Cuando entré a urgencias me llevé una mala impresión porque había gasas con sangre y sillas manchadas, estaban muy sucias las áreas donde tuve que esperar, pensé de inmediato que me podía contagiar de algo”, dice con expresión de asco en su rostro.  

Y esperó, no una ni dos horas. Fueron casi 19 horas las que pasaron hasta que recibió atención.

En varias ocasiones exigió a la enfermera que lo examinara de inmediato. La respuesta siempre fue: “No puedo, un doctor lo tiene que autorizar”.

Eso lo hizo rabiar de coraje y se empezó a sentir mal, pero esperó.

“Cómo es posible que estoy aquí desde las 12 y no me han podido atender”, recuerda que dijo varias veces y nadie lo tomó en cuenta, como si no existiera. Y su enojo fue mayor cuando pasaron a cama a otros pacientes que acababan de llegar”.

Pasaron nueve horas desde que llegó y empezó a sentir escalofríos, dolores de cabeza y en en el pie un intenso dolor.

Quitó las gasas para ver cómo seguía la herida y el dedo más pequeño empezó a oscurecerse, del mismo color de los cuatro dedos del pie que a su papá le amputaron diez años antes.

“Y lo primero que pensé fue que me iban a cortar mi dedo porque ya se había necrosado”, dijo.

 Fue a las 7 de la mañana del siguiente día cuando lo atendió un médico residente. Lo revisaron y cuando quitaron las gasas el olor fétido era inaguantable.

Le sacaron una radiografía y el médico le dio la noticia que ya esperaba. Lo tendrían que operar para amputarle dos dedos y parte del hueso del pie para que evitar que la infección se extendiera.

El 11 de febrero tuvo la cirugía. Al final de la operación, Ricardo se dio cuenta que el olor fétido seguía y exigió que lo revisaran de nuevo.

Un médico angiólogo lo examinó y confirmó que había infección y que debían cortar otra parte de la pierna.

“Me dijo que para evitar que la infección corriera por la pierna la mejor opción era amputar arriba de la rodilla. Quería vivir. No quería que se siguiera extendiendo la infección. ‘Puedes usar prótesis y vas a poder caminar’”, narró.

Ya en la operación, Ricardo oía cómo cortaban el hueso de su pierna con la sierra.

“Estuve consciente las cinco horas que duró la operación, para decidir, en caso de que algo grave pasara”.

Tras la intervención y cuando terminaron los efectos de la anestesia aún sentía toda la pierna con su cuerpo.

Recuerda que los calambres eran insoportables en el resto de la articulación.

A empezar otra vida

Sin una parte de su pierna izquierda, su vida cambió 180 grados. Casi un año tardó en cerrar su cicatriz y mientras usó una silla de ruedas para moverse.

Primero empezó a bañarse, a sentarse y a moverse con ayuda de su esposa y luego ya lo pudo hacer solo.

“El cambio fue drástico, no me quise deprimir, sabía que con la prótesis podía volver a caminar, podía volver a trabajar. Si me deprimo mi esposa y mi hija de 9 años no comen”

Foto: Cortesía Ricardo Victoria
Foto: Cortesía Ricardo Victoria

Ahora, todos los días se toma las pastillas de metformina y se mide los niveles de azúcar en la sangre, por la diabetes que se disparó hace tres años en su hospitalización.

No demandó al IMSS por negligencia médica; pensó que el trámite duraría años y le urgía pensionarse por invalidez y comprar una prótesis.

Ansioso por activarse decidió utilizar sus habilidades haciendo comidas y empezó a vender tacos de canasta; al principio fuera de su casa, con su esposa y luego en la explanada de la delegación Iztapalapa.

“Ella me llevaba en la silla de ruedas, y en la silla de ruedas yo llevaba una mesa un paraguas, mi salsa, la canasta y todo lo necesario para montar el puesto”.

El 2 de abril de 2018 ya estaba apto para usar prótesis. Comenzó a cotizar precios y unas llegaban a costar hasta un millón de pesos. Consiguió una en casi 40 mil.

“Las prótesis que yo coticé al principio, cuando me dijeron que me amputarían la pierna, estaban arriba de un millón, 600 mil 350 mil, 200 mil. Son prótesis muy caras, por eso ves a mucha gente amputada en la calle, ¿quién puede pagar una prótesis con esos precios?”.

Poco a poco se ha adaptado a su nueva forma de vivir. Se despierta temprano, despierta a su hija y participa haciendo el desayuno, luego la lleva a la escuela. Regresa a casa y en la tarde se va a trabajar.

Después de que perdiera parte de su pierna izquierda siguió su gusto por el deporte; estuvo entrenando en el equipo Guerreros Aztecas, un equipo de fútbol con personas amputadas que practica en el Velódromo de la Ciudad de México.  

Recuerda que hace un año visitó al entrenador del equipo, Ernesto Lino, quien le dijo: “metete a la cancha y así empieza a entrenar”.

Foto: Cortesía Ricardo Victoria
Foto: Cortesía Ricardo Victoria

“Muy bueno, nos ponía a correr y decía ‘no vayan a salir con el pretexto de que no tienen una pierna y si no pueden correr, háganlo con sus bastones y sus muletas’. Le dábamos 10 vueltas a una cancha de futbol rápido, hacíamos sentadillas, a zigzaguear, como si fuéramos unas personas de futbol normal”.

Lino, le regaló las muletas canadienses que desde hace tiempo buscaba para caminar mejor ya que se colocan en el antebrazo.

Al estar en ese equipo, Ricardo pudo conocer personas que fueron amputadas, como él, y que usan sus prótesis para jugar.

“Con él fuimos a escuelas a dar exhibiciones, porque los niños esperaban que saliéramos y nos pedían autógrafos”, recuerda emocionado.

“Estaba yendo a jugar con amigos que son amputados, pero ya no tengo tiempo de ir”, dijo.

También tiene la intención de estudiar, en un Centro de Capacitación para el Trabajo Industrial (CECATI), la especialidad de Prótesis y Órtesis, para fabricar su propia extremidad mecánica.

“Como persona amputada, hacer mis diseños y experimentar conmigo mismo, pero también hacer otras prótesis para personas de bajos recursos. Darle a más amputados la oportunidad de que la compren barata y moverse no sea un obstáculo”, dice esperanzado.

También sueña con poder comprarse la prótesis alemana, de nombre Powerknee, que vio en internet y que le pueda permitir doblarse, dar paso por paso o incluso subir alguna cuesta. Pero por ahora para es inalcanzable.


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