Tevez es la referencia de un Boca prometedor, pero al que todavía le quedan exámenes por rendir

Diego Latorre
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Russo le dio a Carlos Tevez el poder del juego de Boca y Tevez se encontró a sí mismo hasta convertirse en el centro de la evolución del equipo.
Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri

Boca ha cambiado el chip. Es cierto que para recibir el diploma de "candidato a todo" le faltan aprobar algunas materias. La vara de nuestro fútbol es baja -también la del sudamericano, a excepción de muy pocos equipos brasileños y argentinos-, y no puede hacerse un análisis serio y exhaustivo sin tener en cuenta un punto: el conjunto de Miguel Ángel Russo todavía no ha enfrentado a rivales de jerarquía.

Aun así, es muy notorio el estado de bienestar general que envuelve al equipo y que consigue, entre otras cosas, que nadie desentone y casi cualquiera que juegue lo haga bien. Lo llamativo es que para alcanzar este cambio no necesitó hacer grandes inversiones ni incorporar ninguna figura.

Russo es un entrenador que puede parecer simple, pero tiene una virtud muy importante: colabora con los jugadores. Ya sea por su manera de afrontar los temas cotidianos, su retórica o por tener una edad que le ha hecho vivir muchas cosas, es cercano al futbolista, lo comprende. Su carácter ha ayudado a la transformación, y a nadie le ha sentado mejor que a Carlos Tevez.

Desde el momento de asumir, Russo le dio a Tevez el poder del juego y Tevez se encontró a sí mismo hasta convertirse en el centro de la evolución del equipo. Un futbolista que tocó la gloria precisa de nuevos sueños y desafíos para motivarse, pero también necesita respaldo verdadero y un trato sin manoseos. Hoy puede verse que sus problemas no se debían a cuestiones físicas ni cronológicas, sino a una actitud psicológica. Russo logró que hiciera un clic mental, y la capacidad y jerarquía de Tevez ha sido la principal influencia para modificar el ánimo general y torcer el rumbo.

Las dinámicas positivas no dependen de un único elemento. Hubo también algunos factores externos que se conjugaron para fortalecer el espíritu: haber ganado el título de la Superliga pasada en la última fecha, que River haya perdido la final de la Copa Libertadores, la llegada de Riquelme... Pero el fútbol es de los jugadores, sobre todo de aquellos con una trayectoria que nadie les ha regalado. Uno recuerda tantos partidos que marcaron historia con Tevez y Cardona mirándolos desde afuera estando aptos para jugar, observa lo que está ocurriendo ahora y piensa que a la gente de Boca le puede costar asimilar que su equipo perdió tiempo y títulos cuando la solución estaba adentro.

El resto de las piezas fueron acomodándose a partir del crecimiento de Tevez. En un principio fueron Pol Fernández, Campuzano y Villa. El primero le dio otro matiz a la mitad de la cancha, una salida más pulcra y mejor organización en el ataque. El volante central, que también estaba en el plantel, aportó su buena lectura defensiva y su claridad en el primer pase. Al delantero colombiano, Russo le dio tranquilidad y continuidad, perdonándole algunos déficits en la definición pero entendiendo que es un jugador que se autoabastece y puede generar sus propias acciones. Aunque es justamente la ausencia de Villa y el regreso de Cardona lo que está gestando un Boca diferente.

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Cardona no es lo mismo que Obando, Maroni o Villa, y eso impacta en el equipo. Es un jugador difícil de identificar. Se ubica por la izquierda pero se cierra, juega entre zonas, tiene pegada e imaginación, engaña, y sabe meter esos pases fuertes entre líneas que facilitan el armado del ataque. Pero sobre todo, su presencia ayuda a generar un circuito de juego que descomprime a Tevez, quien así puede recibir la pelota con otra comodidad en las cercanías del área.

En etapas anteriores hemos visto a Carlitos bajar -por rebeldía, ansiedad o por no encontrar el partido- a buscar la pelota en zonas que no son las que más se adecuan a sus condiciones. Incluso se llegó a dudar si no debía jugar de doble cinco. Quedó demostrado que la lectura no era esa, sino que le faltaban compañeros o un funcionamiento que le permitiera recibir en los últimos 25-30 metros de la cancha, que es donde su astucia, habilidad y desequilibrio causan estragos.

Curiosamente, la entrada de Cardona significó la salida de Pol Fernández por un motivo muy claro. El funcionamiento de un equipo es un sistema de compensaciones en el que se busca evitar los desajustes al momento de cambiar de fase entre ataque y defensa, o viceversa. Si por delante se mueven Salvio, Tevez, Wanchope y Cardona, surge Capaldo, un volante de ida y vuelta que abarca mucho terreno y hace justamente eso: compensar. Es el encargado de ayudar a Campuzano y entre los dos colaboran para que el equipo haya ganado en solvencia defensiva.

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Resta por saber dos cosas para saber si este Boca prometedor se convierte finalmente en realidad. Por un lado, me provoca mucha curiosidad ver si el técnico apostará por esta formación en encuentros con más riesgo. Por ejemplo, contra Internacional de Porto Alegre, un equipo que lo interpelará en todos los aspectos. Por el otro, comprobar si Russo logra quitar de la mochila de Boca el exceso de equipaje psicológico con el que ha cargado en los partidos cruciales de los últimos tiempos y que tanto daño le hizo.