Suscriptores por doquier: surfistas profesionales toman un nuevo camino al estrellato

Michael Adno
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Justin Quintal descansa en Buxton, Carolina del Norte, el 25 de octubre de 2020. (Dustin Miller/The New York Times)
Justin Quintal descansa en Buxton, Carolina del Norte, el 25 de octubre de 2020. (Dustin Miller/The New York Times)
Justin Quintal surfea junto al fotógrafo Connor Cornell en cabo Hatteras, Carolina del Norte, el 26 de octubre de 2020. (Dustin Miller/The New York Times)
Justin Quintal surfea junto al fotógrafo Connor Cornell en cabo Hatteras, Carolina del Norte, el 26 de octubre de 2020. (Dustin Miller/The New York Times)

Sterling Spencer, un surfista de Florida, se topó con una alta dosis de escepticismo cuando abandonó el circuito profesional de ese deporte hace 12 años y construyó una carrera centrada en los cortometrajes en vez de dedicarse a las competencias.

“Todos pensaron que yo era un chiflado”, relató Spencer, de 34 años, quien comenzó un blog donde no solo documentaba sus experiencias y las de otros dentro de la cultura del surf, sino que también hacía bromas sobre ese deporte y sus protagonistas.

Spencer abandonó la ruta tradicional hacia el éxito que se ha establecido para ese deporte y que consiste en competir en la costa norte de Oahu o en la costa dorada de Australia, mientras se disputa un lugar privilegiado en las portadas de las revistas de surf. “Esa era la fórmula”, explicó Spencer.

Así que la primera vez que llegó a una competencia, con su propia cámara de video, fue criticado por algunas personas. Spencer recuerda que, entre susurros, se dio ánimos de que pronto todos entenderían hacia dónde se dirigía el deporte: “Todo el mundo va a filmar todo. No se preocupen”.

La visión de Spencer terminó siendo una realidad. Después de décadas, en las que las publicaciones tradicionales de surf se acabaron y el brillo de las competencias se apagó, la vieja ruta para la promoción del deporte y sus participantes desapareció casi por completo.

Los surfistas la reconstruyeron, al cultivar sus propias audiencias a través del mundo digital, con las que modificaron la manera en que los profesionales conciben sus carreras.

El valor de las historias contadas por los surfistas pronto eclipsó las tablas de clasificación mundial y una personalidad, cuidadosamente elaborada, llegó a tener más vigencia que los resultados de una competencia.

La predicción que Spencer hizo del futuro rindió frutos en 2011, cuando lanzó su primera película, “Surf Madness”. Para ese entonces, la mayoría de las personas en el surf profesional estaban interesadas en producir cortometrajes, con o sin apoyo —financiero o creativo— de patrocinadores.

“Eso me abrió una inmensa puerta”, explicó Spencer, quien navegaba las aguas del golfo de México lejos de una industria centralizada en California o Hawái. “Alguien del golfo como yo podía tener una carrera”.

El año anterior, Dane Reynolds, de 35 años, un afamado surfista de California, había lanzado una serie de cortometrajes, naturalistas y nada sentimentales, en un blog bajo el nombre de Marine Layer Productions. De cierta forma, marcaron el comienzo de una nueva era en el cine de surf.

Sus producciones se veían y sonaban diferentes a las películas de surf del pasado, en las que se escuchaba música punk sobre las imágenes de olas perfectas en lugares lejanos. La banda sonora de las producciones de Reynolds era ecléctica, y él no estaba interesado en presentar al surf como algo pomposo. No permitió que sus videos se compartieran en otro lugar que no fuera su sitio web, lo que le ayudó a cultivar su propia audiencia, y pronto no solo pudo contratar a camarógrafos y editores, sino que también dirigía y editaba sus cortometrajes.

En 2016, Reynolds estableció un nuevo estilo para el cine de surf, tan artístico como autobiográfico, cuando estrenó sus memorias en el formato de una película llamada “Chapter 11”, que comenzó como una crítica a su antiguo patrocinador.

A lo largo de 37 minutos, describió escenas de los altos y bajos de su carrera como surfista profesional, examinando temas como el amor propio, la depresión y lo insípida que resultó ser la fama.

Esto contrastó con las presentaciones tradicionales del deporte: portadas de revistas relucientes y secuencias editadas de momentos destacados narrados con trivialidades imprecisas. Pero esa era la historia de Reynolds y así quiso contarla.

Scott Hulet, director creativo y antiguo editor de The Surfer’s Journal, cree que la accesibilidad proporcionada por la tecnología digital ha permitido que se descubran nuevos talentos, así como también ha sepultado a muchos otros. “Cuando llegó lo digital, la curva de aprendizaje se acortó. La tecnología superó grandes obstáculos con un simple autofoco. Ahora todo era automatizado”.

Sam McIntosh, editor de Stab, una irreverente revista en línea que sigue siendo vital gracias a sus películas e ingeniosos formatos de concursos, hizo eco del sentimiento. “Debido a este cambio hay más perdedores que ganadores, pero las personas que lo han hecho bien se hicieron su propio camino”, añadió, e hizo referencia a Jamie O’Brien como un caso de estudio.

O’Brien, de 37 años, ha convertido el advenimiento de los nuevos medios en una carrera viable como pocas.

Con videos semanales que registran su vida en la costa norte de Oahu y otros lugares, O’Brien ha acumulado 655.000 suscriptores en Youtube, 10.000 más que la World Surf League.

“Él no tendría una carrera si estuviese esperando recibir la aprobación de Taylor Steele, de la revista Surfer, o la nuestra”, relató McIntosh.

Alana Blanchard, de 30 años, siguió un camino similar después de abandonar la gira de la World Surf League en 2015. Sus 1,8 millones de seguidores en Instagram superan el número de seguidores de su antiguo patrocinador, Rip Curl, por 800.000.

O’Brien y Blanchard no se limitaron a superar los obstáculos. Ellos nivelaron toda la estructura.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company