La curiosa condición que mezcla la información que percibimos a través de los sentidos: ¿A qué sabe tu nombre?

Mariángela Velásquez
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(Cortesía Stefan Keller)
(Cortesía Stefan Keller)

Me llamo Mariángela y nunca me gustó mi nombre. El principal motivo es que esa palabra me sabe a helado de vainilla. Y a mí no me apetecía ser fría, ni pálida ni dulce. Hubiera preferido llamarme Eva, que es un nombre cálido, colorido y aromático como la canela. O quizás Irina, que es roja y picante.

Pasaron muchos años para comprender que esa particular manera de percibir las palabras se llama sinestesia, una condición perceptual que mezcla la información que percibimos a través de los sentidos.

A mí se me ocurre que para explicar qué es la sinestesia debo "desmenuzar" un par de palabras para saborearlas mejor. Así lo procesa mi cerebro. Pero como muchos de los que me leen no relacionan las palabras con el sentido del gusto, solo explicaré su etimología.

La sinestesia proviene de los vocablos griegos aisthesis, (percepción o sensación) y syn (unidos). Eso significa que la palabra sinestesia expresa la existencia de una mezcla o unificación de las percepciones, exactamente lo contrario a la anestesia, que es la eliminación de la percepción.

No se trata de una patología, sino de una experiencia subjetiva. El psicólogo español Matej Hochel la considera "una condición innata, no perturbadora y altamente estable que se dan en individuos por demás normales. Lo que llama la atención de laicos y profesionales es que los sinéstetas informan ver 'cosas' que las personas 'normales' no pueden percibir".

Y eso no sólo me pasa a mí. Aproximadamente el 4 por ciento de la población mundial puede ver música, oler colores, colorear palabras, sentir sonidos. Es como un enredo sensorial que se puede manifestar en unas 152 formas diferentes, es decir, combinaciones que mezclan estímulos y sentidos: como relacionar la temperatura con olores.

Los científicos aún no conocen los mecanismos cerebrales de la sinestesia pero la principal hipótesis sugiere que existe un componente genético que permite a algunas personas la comunicación cruzada entre áreas vecinas de su cerebro que gobiernan funciones específicas.

Ni poesía ni fantasmas

David Eagleman, neurocientífico de la Universidad de Stanford, explicó que una de las formas de sinestesia más comunes es la grafema-color, en la que se mezclan los números, las letras, los días o los meses con colores. Por ejemplo, para una persona con sinestesia grafema-color el número ocho pudiera evocar la experiencia del azul. Pero no se trata de una alucinación. Si un profesor escribe en una pizarra con un marcador negro el número ocho, esa persona verá un ocho negro. Pero en su interior el ocho genera una experiencia azulada y para ella el ocho y el azul son lo mismo, están conectados.

Eagleman enfatiza que la sinestesia no debe ser confundida con una simple asociación de palabras, sino que es una experiencia física real. Esas experiencias han sido descritas desde hace siglos y se pensaba que las personas sinestésicas eran metafóricas o artísticas. Pero investigaciones recientes han demostrado que la sinestesia es un fenómeno sensorial y ha podido ser comprobado gracias al desarrollo de tecnologías como las imágenes de resonancia magnética.

Por ejemplo hay personas que cuando saborean alimentos perciben figuras geométricas, o cuando escuchan un mes del año lo ubican espacialmente, por ejemplo, a la izquierda de su cabeza.

El investigador estadounidense asegura que la sinestesia no es una patología porque no trae desventajas ni problemas físicos. Por el contrario, amplia la experiencia de los que la poseen y ayuda a los procesos de memorización. Él está convencido de que todos los mnemonistas, como llaman a los que poseen memorias extraordinarias, también tienen sinestesia.

Eagleman dice que lo que hacen estos individuos de memorias prodigiosas es crear conexiones inusitadas que los ayudan a recordar. Por ejemplo, para algunos los dígitos de φ (Phi) tienen colores, género, textura, formas y personalidades. Cuando aprenden el Phi, no recuerdan solo una sucesión de miles de números sino que aprenden algo más parecido a una historia, un paisaje de sensaciones.

El neuropsicólogo ruso Alexander Luria, en su obra Pequeño libro de una gran memoria: La mente de un mnemonista, ya había relacionado en 1973 la sinestesia con la gran capacidad de memorización, al relatar la historia de un paciente que no era capaz de olvidar. Ese paciente convertía todas sus percepciones visuales y auditivas en imágenes mentales, mezcladas con sonidos y sabores.

La mayoría de los sinestésicos perciben dos combinaciones sensoriales, pero una persona puede tener conexiones frecuentes con tres, cuatro y hasta los cinco sentidos.

Los científicos han clasificado a las personas con sinestesia en dos grupos. Los que poseen sinestesia proyectiva, en la que el sinestésico escucha, ve, siente, huele o toca la segunda sensación generada por el estímulo inicial. Por ejemplo, cuando una persona huele una manzana y también escucha el acorde de una guitarra. Para ese individuo el olor de las manzana es tan real como el sonido que está escuchando.

El segundo grupo reúne a los que tienen sinestesia asociativa. Esas personas sienten la conexión entre el estímulo y la sensación que no corresponde con ese estímulo. Se puede referir a una persona que no está oliendo manzanas, pero que cada vez que piensa en el olor de las manzanas lo relaciona con el sonido de una guitarra.

Otra característica es que el sinestésico no decide cuándo activa o no una percepción. Por ejemplo, si una mujer percibe los números como colores, siempre que vea o escuche un número lo relacionará exactamente con el mismo color o verá ese color proyectado en un lugar específico del espacio.

Otras rarezas

Una rara forma es la sinestesia tacto-espejo, que consiste en que una persona tiene percepciones táctiles al observar a los demás. Pudiera ocurrirle a alguien que le tiene miedo a las agujas y que siente el pinchazo cuando ve a otra persona recibir una inyección. En el caso de un sinestésico no sólo le desagradará la imagen de la aguja penetrando el cuerpo de otros, sino que registrará una actividad exagerada en sus sistemas neuronales correspondientes al tacto cuando en realidad no está siendo tocado.

Otro tipo poco común de sinestesia es la misofonía, que anteriormente era considerada una fobia, en la que se siente un profundo rechazo por sonidos cotidianos como las voces de niños hablando o el sonido de la respiración de otras personas.

Yo no tengo la fortuna de tener una memoria fantástica, pero sin duda, las disparatadas asociaciones cerebrales me ayudan en mi vida diaria.

A mí me cuesta un montón recordar reglas gramaticales. Pero, cuando escribo, las palabras van formando una cadena rítmica que me permite determinar si una oración está bien construida o no. No se trata de la correspondencia de las letras con su pronunciación. En mi cabeza cada oración corresponde a una especie de mantra en el que los sonidos deben seguir un orden y una entonación.

Lo que sí puedo dar fe es que se trata de una experiencia profundamente subjetiva. La artista gráfica y sinestésica Bernadette Sheridan creó una web en la que comparte la secuencia de colores de su alfabeto para mostrar cómo percibe las palabras. Al colocar mi nombre en su "visualizador" sinéstesico luce así.

Captura de pantalla de synesthesia.me/ de Bernadette Sheridan
Captura de pantalla de synesthesia.me/ de Bernadette Sheridan

Me causó mucha gracia y no dudo que Bernadette mire esa secuencia de colores al escuchar mi nombre.

A mi Mariángela aún me sabe a helado de vainilla. Lo bueno es que ahora sí me gusta.

Sinestesia léxico-gustativa asocia las palabras al gusto. (Getty Images)
Sinestesia léxico-gustativa asocia las palabras al gusto. (Getty Images)

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