Sí. Soy una bruja. ¿Y qué?


 

No somos las hijas de las brujas que no pudiste quemar, somos el espíritu de las brujas que quemaste. Y lo recordamos todo. 

A las brujas no las quemaron por malvadas, sino por rebeldes.

No las quemaron por usar la brujería, sino por querer saber lo que estaba vetado a las mujeres.

No la quemaron por demonios, sino por transmitir esa sabiduría para aliviar partos, sanar heridas o consolar a los dolientes.

A las brujas las hicieron arder en la hoguera por adquirir conocimientos reservados a los hombres y por querer enseñárselos a otras mujeres.

Morgana era tan sabia como Merlín, pero en la leyenda a él lo llamaban mago y lo honraban. Era hombre. Ella era una hechicera malvada a la que dar caza hasta la muerte. Era mujer.


Claro, Morgana era una bruja.
Claro, Morgana era una bruja.


Morgana tenía tanto derecho al trono como su hermanastro, el venerado Rey Arturo y sus caballeros de la tabla redonda. Redonda para que todos fueran iguales, no hubiera uno superior al otro. Todos los hombres, claro.


Pero la leyenda la dibujó como una malvada usurpadora.

 

Pues si tiene que ser así, que así sea. Soy una bruja. Y orgullosa de serlo.

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