Severiano Ballesteros: a 40 años del primer Masters del hijo de pastores que revolucionó el golf

Gastón Saiz
·23  min de lectura

El Masters de Augusta rebosa de hitos y nombres ilustres a lo largo de su historia. Entre ellos aparece Severiano Ballesteros, una leyenda del golf mundial y del deporte español que ganó este major en 1980 y 1983. Desde este jueves volverán a abrirse las puertas de Augusta National para la 84ª realización; una fecha diferente que reemplaza al habitual mes de abril debido a los efectos de la pandemia.

A 40 años de su primer triunfo en el campo de magnolias y azaleas, Seve perdura en el recuerdo. Un golfista quijotesco que murió hace nueve años por una enfermedad que lo atacó de manera implacable, tan intensamente como fue su propia vida. Un inspirador para los jugadores europeos que dejó una huella indeleble en este deporte. Y que también entró de lleno en el corazón de los argentinos por sus visitas en el país, cuando arrastró a su paso a una procesión de seguidores, cautivados por su talento en la cancha.

Seve había nacido en Pedreña, un pequeño pueblo situado en el norte de España, frente a Santander, en la orilla sur de la bahía. Se crió en un paisaje verde y de agreste belleza que baña el Mar Cantábrico. Sus padres, Baldomero Ballesteros Presmanes y Carmen Sota Ocejo, se inspiraron en su abuelo paterno para darle el nombre de Severiano.

La humildad caracterizó su infancia: sus padres trabajaban la tierra, pastoreaban vacas y pescaban. Pero más allá de las limitadas condiciones en que vivía, sus progenitores siempre le hicieron sentir que no le faltaría nada, entre el amor, el respeto y la alegría de vivir, además de la cultura del trabajo que le fue inculcada. Su papá era el optimista: desde el primer momento creyó que sería capaz de triunfar como golfista, por más que no tuviera ni idea cómo lo lograría. Pero su madre era más realista; si se quiere, más pesimista.

La niñez de Severiano transcurrió durante la época franquista. Las costumbres del pueblo eran por entonces muy estrictas, impregnadas por el poder de curas y militares. Curtido por ese miedo de haber convivido con gente recia y autoritaria, con el tiempo terminó comprando las dos casas en las que de chico había entrado a robar fruta. Y en paralelo con sus travesuras, desde muy pequeño, a Seve le gustaba jugar al golf. Amaba este deporte. Claro que tenía sus responsabilidades: antes de ir a la escuela, por ejemplo, su obligación cada mañana era sacar del establo el excremento de las vacas. Y cuando volvía, ayudaba a su padre a ordeñar. También colaboraba para meter la hierba del campo en el establo, sembrar, recoger la cosecha y cargarla en el carrito para llevarla a casa, con la idea de almacenarla para el invierno en lo que antes llamaban "pajar".

En el cine del pueblo vio por primera vez "El Llanero Solitario" y se fascinó con el personaje. De alguna manera, terminó siendo un valiente vaquero cabalgando los fairways. A los siete años tuvo en sus manos el primer objeto asociado con el golf: una cabeza de palo vieja, así que empezó a buscar por todos lados ramas largas que le pudieran servir de vara para el palo. ¿Cómo se las arreglaba? cuando conseguía una la encajaba en la pipa de la cabeza y después la metía en un balde con agua para que la madera se hinchara y el palo quedase más ajustado. Y sus primeros golpes los ejecutó con pequeñas piedras.

Aprendió del golf imitando a su hermano Manolo, quien le regaló su primer hierro 3, que le aportó una enormidad de ventajas: gracias a la práctica con ese palo desarrolló la habilidad de improvisar y de imaginarse los golpes más característicos que determinaron su carrera como jugador profesional. Lo usó para entrenarse y para aprender diferentes tiros: desde el búnker, con la bola mal colocada o escondida entre espesos arbustos. Aferrado a esa escuela de aprendizaje y desde los 8 años, su juego firmaría una alianza definitiva con su imaginación.

Empezó a trabajar de caddie en el club local, el Real Club de Golf de Pedreña, aunque no se le permitía jugar en el campo por la prohibición que regía para los chicos que llevaban los palos. Sin embargo, a él no le importaba: al anochecer y cuando amanecía, e incluso en muchas noches de luna llena, se colaba en el campo para jugar, ahora ya provisto de bolas y no con piedras. Apasionado siempre por el juego, nunca estudiaba ni aprobaba materias, hasta que a los 12 años lo echaron del colegio. Con el tiempo, sus padres se rindieron: tomaron nota de que no valía la pena obligarlo a ir y concluyeron que el "chaval" solo quería jugar el golf, por lo que aprendió con clases particulares nocturnas.

En ese deseo por dedicarse a este deporte, su padre le dijo una máxima que jamás olvidaría: "Recuerda, hijo, que para ser el primero en algo hay que demostrarlo". Su locura por el golf le surgió desde el primer instante: seguía a sus hermanos por el campo y cargaba los palos de los jugadores para verlos jugar. Llegó a hacerse un hoyo en el prado de atrás de su casa, con una lata de tomate como agujero y una vara de arbusto con un pañuelo simulando una bandera. Entre los 9 y los 15 años se pasó horas y horas practicando, también en la playa de Somo, en Cantabria. Y si después se destacó en el juego corto, fue porque en esa época ensayó approaches y putts hasta el cansancio.

En aquel tiempo, el Seve-caddie padecía el trato casi dictatorial de los socios y las injusticias de sus actitudes llenas de egoísmo. Era gente seca de carácter, con mucho dinero y que jugaba muy mal al golf, por eso es que él y el resto de sus compañeros aprovechaban para robarles las bolas con un método "silencioso": cuando caían al rough, las pisaban y las enterraban. Dejaban marcado el lugar y más tarde volvían para recuperarlas; las limpiaban y se la vendían al encargado del vestuario. Era la venganza de los caddies, tratados cotidianamente como "tontos".

Caminar por el campo de golf por la noche era para él una experiencia sensorial, porque se le perdían las referencias de las distancias. El paisaje se le volvía un espacio gris, apenas alterado por la masa oscura de los árboles y le resultaba muy difícil seguir el vuelo de la bola. No era para menos: con su hierro 3 ya pronto había alcanzado distancias de 150 metros. Sin embargo, él ya sabía a dónde iría por el tacto del golpe en las manos y por el sonido de la bola al caer. Practicando de noche aprendió a sentir el césped bajo sus pies, a medir intuitivamente las distancias y a ajustar la intensidad de los golpes que deseaba realizar. Destrezas de un humilde autodidacta.

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Su salto al profesionalismo se dio el 22 de marzo de 1974, pero se convirtió en golfista rentado sin la más mínima experiencia en torneos competitivos, ya que apenas había formado parte de los campeonatos anuales de caddies. Así las cosas, su carrera profesional empezó a los 16 años sin más equipaje que su talento y voluntad de triunfar. Debutó en el Campeonato de España de Profesionales, que se jugó en Barcelona, en el campo de Sant Cugat.

El Campeonato Sub 25 de España, que se desarrolló en Pedreña, fue su primer triunfo como profesional. Y aunque le trajo felicidad, no saltó de alegría: el cheque de 80.000 pesetas solo le quitaba un peso de encima. Aquel presupuesto acotado del que disponía se alivió gracias al respaldo económico que le procuró el doctor César Campuzano, quien facilitó un primer viaje a Seve y a su hermano Manolo rumbo a Sudáfrica, con el aporte de 500.000 pesetas. Sus padres también pusieron el hombro al principio y hasta llegaron a vender una vaca por 20.000 pesetas para atender parte de los gastos.

Más allá de las ayudas, su nivel de demanda era extremo: "Siempre he sido muy duro conmigo mismo y exigente con la gente que está a mi lado. Fue así como llegué a imponerme una disciplina espartana y a castigarme no cenando, por ejemplo, cuando no jugaba bien o no estaba satisfecho con mi juego", comentó en su libro autobiográfico, y amplió sobre este concepto: "Sin rigor ni disciplina no hay campeón. Yo creo ciegamente en esta máxima de Gary Player, porque si hay talento pero no tienes disciplina, constancia y espíritu de sacrificio, no consigues el éxito en ningún orden de la vida. No hay otro secreto para ser campeón".

Jugar en las Islas Británicas siempre fue para él algo especial. La primera vez que lo hizo fue en 1975, en Sandwich, en el Royal St. Georges. Durante el aprendizaje al que se sometió, se dio cuenta de que los links exigían al jugador usar la imaginación para ejecutar muchos de los golpes, lo que coincidía bastante con su estilo de juego. Gracias a que comprendió esto a tiempo es que ganó tres veces el Open Británico y el Campeonato de la PGA de 1983. Todo empezaba a fluir: en el cierre de 1976 había pasado de ser el perfecto desconocido que había ganado el ranking continental del año anterior a encabezar la Orden de Mérito de Europa, ser subcampeón del Open Británico -detrás de Johnny Miller- y ganador, con Manuel Piñero, de la Copa del Mundo por equipos. Apenas tenía 19 años, justo antes de hacer el servicio militar en la base aérea de Getafe.

Y su primer gran impacto mundial llegó en 1979, cuando entró en los libros del golf. En los ensayos previos de aquel Open Británico que se jugó en el Royal Lytham & St. Annes contó con los consejos de Roberto de Vicenzo, un amigo de quien admiraba sus enormes manos, y de Vicente Fernández, otro mentor argentino y afable compañero de ruta. El Maestro -campeón en 1967- conocía muy bien los links o recorridos como Lytham; durante varios días lo guió y le enseñó a jugarlos, sobre todo utilizando su potencia con el driver: "Cuando estés en el tee pegale fuerte, porque cuanto más largo le pegues a la bola, menos problemas tendrás en el rough y siempre te quedarás a una buena distancia del green", le insistía De Vicenzo. Seve le hizo caso: en casi todos los pares 4 y 5 intentó enviar la bola lo más lejos posible, para luego arreglarse según donde cayese.

Sucedió que Seve logró una formidable segunda vuelta de 65 golpes que lo envalentonó. Y terminó adjudicándose ese Open -su primer major- de una manera para nada convencional, ya que sacó unos golpes de recuperación milagrosos cuando parecía no tener tiro. De Vicenzo había fallado el corte y el domingo, antes de la cuarta vuelta, se encontraron en los vestuarios. "-¡Hombre, Roberto! -exclamó Ballesteros al verlo-¡Pensé que te habías vuelto a Argentina! ¿Qué haces aquí? "No, che, no me volví -le respondió con una sonrisa-. Me quedé para verte ganar".

El hoyo 16 tuvo una historia en sí misma que trajo un eco fenomenal, recordada hasta hoy. Fue ese tipo de hazañas que lo transformaron en un jugador distinto. En condiciones normales, Ballesteros habría salido desde ese tee con un hierro, pero como estaba jugando bien y se sentía muy seguro, sin ningún tipo de miedo, eligió otra estrategia. Siguiendo el consejo de De Vicenzo, empuñó el driver y le dio con todo, tanto que mandó la bola al estacionamiento que habían habilitado allí sobre la derecha. Desde el parking parecía que se le escapaba el torneo, pero la bola quedó a unos 90 metros de la bandera, con lo que el birdie que sacó prácticamente le aseguró el Open. Finalmente, con 22 años, tres meses y tres días, fue el campeón más joven del Open Británico del siglo XX. Como escolta, a 3 golpes, había quedado nada menos que Jack Nicklaus, junto con Ben Crenshaw.

Tras la victoria, enseguida percibió cómo el mundo cambiaba a su alrededor debido a su incipiente fama: la invasión de su intimidad, el tiempo que le reclamaban los medios y el público en general y la exigencia de ganar más Majors. Porque incluso al año siguiente (1980), para alimentar su grandeza, se llevó su primer Masters de Augusta. Lejos estuvo de ser una casualidad: en su debut en el campo de magnolias y azaleas, en 1977, había experimentado un flechazo a primera vista. Ya en un primer momento se sintió muy cómodo en Augusta National, y en las entrevistas comentaba lo bien que le iba aquel campo para su tipo de juego. Al observar al sudafricano Player triunfar en el Masters en 1978, Seve aprendió que jamás había que bajar la guardia y siempre convenía jugar con la máxima concentración, porque nunca se sabe lo que puede pasar en el leaderboard.

Durante los primeros 63 hoyos, Seve jugó como un campeón. En los últimos 9 y con 10 golpes de ventaja se relajó un poco, pero nada que le impidiera triunfar de punta a punta y por cuatro de diferencia sobre Gibby Gilbert y el australiano Jack Newton. Una victoria que lo convirtió, junto con Player, en el segundo no americano que se adjudicaba el Masters desde 1934. Entonces ya había aprendido las técnicas de la sofrología, que le permitieron combatir el estrés y armonizar la mente a través de ciertos ejercicios. Se preparó psicológicamente para afrontar los momentos más críticos de la alta competición y se sobrepuso en un torneo de máxima exigencia.

Ya no recurrió a esas técnicas cuando volvió a ganar en Augusta en 1983, cita en la que recibió la chaqueta de Craig Stadler. Una vez más se impuso por cuatro golpes, en esta ocasión ante Crenshaw y Tom Kite. Esta última fue una victoria en la que, además de vestir de azul, su color mágico, tuvo como caddie a Nick de Paul, con quien se rompió la costumbre obligatoria de utilizar caddies negros en el exclusivo Augusta National.

De Paul es el mismo caddie que le cargó los palos en el Open Británico 84, el que Seve consideró el momento más brillante de su carrera. En la cuna del golf, el Old Course de Saint Andrews, el cántabro se sentía tan confiado en el atardecer del sábado que había finalizado la conferencia de prensa diciéndoles a los periodistas: "Mañana los veré a todos ustedes en esta misma sala". Había enlazado vueltas de 69, 68 y 70 y solo faltaba el remate.

Para asegurarse el triunfo ante el acecho de Tom Watson y Bernhard Langer necesitaba hacer birdie en el hoyo 18. "¡Demonios, vamos, vamos!", lo animó su caddie en el tee de salida. Seve pegó una madera 3 bastante buena, y el siguiente tiro fue otro buen sandwedge que le situó la bola a casi cinco metros del hoyo y en subida. El putt tenía una caída muy clara hacia la izquierda, pero al tocar la pelota con el putter, Ballesteros tuvo la sensación de que había exagerado en el cálculo. Sin embargo, acertó: la pelota dobló al máximo y concretó el hito máximo de su vida deportiva, su golpe más maravilloso. Tanto fue así que su festejo tras haber embocado se convirtió en el isologotipo de sus futuras empresas.

Su mejor vuelta en el Open, y acaso la mejor de toda su carrera, no la logró en 1984, sino en 1988. Fue aquella fantástica última tarjeta de 65 que le sirvió para ganar de nuevo en Royal Lytham, como la primera vez en 1979. Un torneo memorable por su show de birdies y por la emoción hasta último momento con Nick Price. Este Open era el quinto torneo del Grand Slam y al cabo sería el último. La semana del Open de 1988 resultó espectacular también en lo privado, porque fue la primera vez, desde que eran novios, que lo acompañó Carmen.

"¿Qué es lo que debe tener un jugador para ser un gran campeón?", solía preguntarle Ballesteros a De Vicenzo, cuando todavía no había ganado majors. "Mirá, Seve, para ser campeón hay que tener lo siguiente: lo primero, saber comer cualquier tipo de comida; lo segundo, saber acostarse en cualquier cama, y lo tercero, saber querer a las mujeres, pero no tanto como para que te distraigan de tu juego", le respondió con campechana picardía. Hablando de compañías, la fama le trajo a Seve muchos paparazzi que hurgaron sobre su vida privada, sobre todo a partir de su vínculo con Carmen Botín, perteneciente a una de las familias más poderosas del país. Y fruto de esa relación llegaron los hijos: Javier, el mayor, nació en agosto de 1990; Miguel, dos años más tarde, y Carmen, en 1994. Se divorciaría en 2004.

Está claro que tres Open Británicos y dos Masters significan un lugar reservado entre los grandes del golf, pero la gran espina del cántabro fue no haberse consagrado en el US Open, una suerte de negación para él. Incluso por errores propios, porque en la cita de 1980 se confundió en el horario de salida por diferencia de una hora y quedó descalificado. Así, en su época dorada entre 1979 y 1988 existió un vacío importante.

Más allá de su apabullante éxito en su carrera, Seve siempre quedó resentido con la entidad donde se formó y así lo dejó reflejado en su libro: "Para la camarilla más recalcitrante del Club de Pedreña siempre seré el caddie que, además, tuvo el descaro de levantar una bonita casa frente al club. Para esa gente era inadmisible que un chaval, un caddie, que no tenía ni para ir al cine y que había empezado de cero, triunfara en los cinco continentes. Después, a algunos se les hizo insoportable que ganara títulos, medallas y fama, y el hecho de que me casara con la hija de Emilio Botín, el banquero más poderoso de España, fue el colmo para ellos".

La carrera golfística de Ballesteros le deparó momentos personales conmovedores, como cuando una señora le pidió que visitara a su hijo de doce años, afectado por una leucemia aparentemente terminal. La mayor ilusión del chico era conocer a su ídolo deportivo. Como terapia, y sin ser un narrador por naturaleza, Seve atinó a contarle con lujo de detalles uno de sus triunfos en el Masters. Martín siguió su relato sonriente, con los ojos bien abiertos. Tanto efecto surtió la charla que los encuentros se repitieron periódicamente, siempre con la temática de sus vivencias deportivas. Finalmente, Martín se recuperó de su enfermedad: empezó a jugar al golf y varios años después concluyó sus estudios de Derecho. Una sanación bañada de gloria.

Ballesteros fue bautizado por los medios norteamericanos como "El Arnold Palmer europeo" por su capacidad de popularizar el golf. Con ese carisma, siempre estuvo en su salsa cuando le tocó enfrentar terrenos embarrados, lluvia, frío y viento. Además, abrió fronteras y colaboró decisivamente para que el equipo europeo pudiera potenciarse y triunfar en la Copa Ryder, casi siempre dominada hasta entonces por el equipo de Estados Unidos. Y más allá de sentirse siempre más cómodo en el Tour Europeo por tratarse de su entorno natural, tuvo serios conflictos con el director ejecutivo del circuito de su época, Kenneth Schofield, quien abogaba por quitar las "garantías" para los jugadores por participar en ciertos certámenes. Debido a esos chispazos con el dinero como eje, Seve tuvo que pagar una multa económica de 5000 libras y con la exclusión del equipo de la Ryder de 1981. "¡El circuito es casi como una mafia y Kenneth Schofield, un dictador!", llegó a explotar Ballesteros. Pero perdió ante el dirigente, que tenía el control de cierta prensa, como la influyente cadena Sky TV.

El triunfo en el Open Británico de 1988 marcó el punto más alto de su carrera deportiva. Aquel año, de los 24 torneos que jugó, se adjudicó siete en siete países diferentes -igual que en 1978-, y en ocho finalizó entre los diez primeros, lo que le permitió encabezar las clasificaciones europea y mundial. Pero en los dos años siguientes la caída fue brusca, porque sólo levantó trofeos tres veces en 1989 y una en 1990. En ese subibaja, en 1991 lideró por sexta vez la Orden de Mérito, a pesar de haber ganado sólo dos certámenes oficiales en Europa. Ese año, poco después de una victoria en Japón, perdió el desempate del Abierto de España ante Eduardo Romero, luego de desperdiciar una ventaja de tres golpes en la última vuelta. Un desenlace que le dio mucha bronca y que lo motivó para ganar el PGA que se disputó en Wentworth.

El Jockey Club de San Isidro tuvo el privilegio de recibirlo a fines de febrero de 1992, a propósito de la Copa Quinto Centenario del Descubrimiento de América. Fue un match de fourball que se desarrolló durante un fin de semana entre Argentina y España: Severiano jugó con Miguel Ángel Martín y juntos derrotaron al Gato Romero y al Chino Fernández. Más allá del desafío golfístico, quedó patente el magnetismo que tuvo el genio delirante con los 4500 espectadores que se acercaron a verlos a la cancha Colorada.

En 1993 no ganó un solo torneo del circuito europeo por primera vez en 17 años. Y recién al año siguiente, luego de un largo y descorazonador período de 26 meses en el que había jugado 50 certámenes, con 17 cortes fallados, pudo imponerse en el Open de Baleares. En esos primeros años de la década del 90, su carrera empezó a palidecer por varios factores: los problemas con los dirigentes del Tour Europeo, su nueva situación familiar en su rol de padre, los dolores en la espalda y, cómo no, la amenaza de una nueva generación de golfistas.

Sus problemas en la espalda habían comenzado en la adolescencia. Aparte del golf, su deporte predilecto era el boxeo. Admiraba a Muhammad Alí y disfrutaba viendo boxear a Ken Norton, Joe Frazier, George Foreman y Lennox Lewis. A los 14 años le tiró un golpe a un amigo en un guanteo, con la mala fortuna de que éste le pisó el pie cuando Seve se echaba hacia atrás. ¿El resultado? Cayó de espaldas y se dio un golpe muy fuerte en la zona lumbar que lo dejó cojeando durante dos semanas. Nunca se recuperaría del todo de aquel accidente.

En noviembre de 1997, Ballesteros volvió a Argentina para jugar en el Olivos Golf Club el Torneo de Maestros. No faltaban figuras: estaban el alemán Bernhard Langer, los norteamericanos Payne Stewart y Paul Azinger y los consagrados de nuestro país, incluidos Angel Cabrera y José Cóceres. De buen humor, se sacó fotos con varios aficionados que no querían dejar la cancha sin antes inmortalizar un momento al lado del notable cántabro. "Hombre, aquí hay que decir que Maradona es mejor que Pelé; en Brasil habrá que afirmar otra cosa", bromeó con un brasileño que lo seguía mientras practicaba.

Hincha del Racing de Santander, Pedreña luce con orgullo la "Avenida Severiano Ballesteros", una muestra de respeto y cariño de los vecinos para ese campeón que resumió vocación por el juego, jerarquía y carácter en la cancha. Más que los negocios, su marketing consistió en ganar torneos y mostrarse tal cual era ante el público y la prensa. Un hombre genuino. Se imaginó como un artista, un jugador que procuró comportarse como un actor ante los fans. "Hay que reírse, fruncir el ceño, demostrar alegría y tristeza. Hay que exteriorizar las emociones, porque de ese modo el público te siente próximo, uno más, con sus temores y sus dudas, pero también con ese carácter que te lleva a hacer lo que quizás muchos de ellos no harían", comentaba.

Su swing era manos y cerebro. Todo natural, sin geometrías. Las manos cumplían las órdenes que su mente dictaba. Esto le permitía crear golpes, y por eso es que el arte y la genialidad resaltaban como sus grandes virtudes. Así conseguía conectar tan bien con los espectadores, que hicieron de él un jugador carismático allá adonde fuera. "Con imaginación e ideas, obtienes conocimientos. Si usas tus conocimientos, puedes crear arte. Y si llegas a demostrar ser un artista, cabe la posibilidad de ser un genio", escribió en su autobiografía. El punto es que, al comenzar a jugar desde tan pequeño, se guiaba por sensaciones para realizar el swing. Esa vibración interior provenía del ritmo que le aplicaba a todos los palos, empezando por el driver.

Simpatizó con el ex Rey de España Juan Carlos y su Familia Real. En Sun City, Sudáfrica, estrechó manos con la personalidad que más admiró en su vida, Nelson Mandela. Tuvo momentos de protocolo con los ex presidentes de Estados Unidos Jimmy Carter, Ronald Reagan y George Bush Sr. Cruzó palabras con la Familia Real británica, con la Reina Elizabeth a la cabeza. Y se codeó con personajes populares como Muhammad Alí, Sean Connery, Christopher Lee, James Hunt, Edwin Moses, George Best, Kevin Keegan, Sebastian Coe, Linford Christie, Nigel Mansell, Evander Holyfield, Bobby Charlton, Johan Cruyff, Eddy Merckx, Bernard Hinault, Illie Nastase, Nadia Comaneci y Michael Schumacher.

A veces huraño, siempre de carácter fuerte y sensible, a veces hasta la superstición, casi nunca consultó una caída con el caddie para no sembrarse más dudas en el green. Su retiro se produjo en el Open Británico de 2007 en Carnoustie, Escocia. Eligió ese lugar por el cariño que siempre recibió en las Islas, pero también sentía que debía dedicarse más a sus hijos, familia, amigos y empresas. Ya antes de alejarse del golf competitivo empezó a organizar el Seve Ballesteros Trophy, torneo bianual por equipos entre Europa continental y Gran Bretaña e Irlanda, que empezó a jugarse en abril del 2000, en Sunningdale, Berkshire.

Apenas un año después, el 6 de octubre de 2008, un aura lúgubre empezaba a envolver su existencia: perdió el conocimiento en el aeropuerto de Madrid. El diagnóstico tras el desmayo en Barajas no dejó lugar a dudas: se trataba de un tumor cerebral maligno. El golfista sufrió cuatro operaciones para extirparle el tumor, la primera de doce horas. Sin embargo, la cirugía no fue suficiente y Ballesteros tuvo que someterse a quimioterapia y radioterapia. "Es del tamaño de dos pelotas de golf", juraba, para describir el tumor que finalmente le arrancaría la vida a los 54 años, el 7 de mayo de 2011.

Números de un campeón:

Tiene 90 victorias como profesional en total: 50 en el Tour Europeo, 9 en el PGA Tour, 6 en el Japan Tour, 2 en el Tour de Australasia, 1 en el Safari Circuit y ostenta otros 27 títulos internacionales.Fue Nº 1 del mundo durante 61 semanas, entre 1986 y 1989.