La artimaña poco elegante de Sergio Ramos para pasar a la historia

Luis Tejo
Sergio Ramos, tras un partido de la selección española, saluda a jugadores holandeses.
Sergio Ramos saluda a algunos rivales tras el último partido de España contra Países Bajos. Foto: Dean Mouhtaropoulos/Getty Images.

En la noche de ayer la selección española disputó un partido amistoso contra la de los Países Bajos. Es uno de tantos encuentros que ya en condiciones normales causan polémica por lo intrascendentes y por ocupar un hueco precioso en el saturadísimo calendario futbolero, y que además en este año de coronavirus suponen un riesgo evitable al forzar a los futbolistas a viajar miles de kilómetros. Nada especialmente destacable se puede rascar del 1-1 con el que se cerró el marcador en Ámsterdam.

Entre las pocas cosas dignas de mención está que Sergio Ramos consolidó su plusmarca como el jugador que más veces ha jugado con la camiseta de la Roja (ayer más bien la Blanca). Contándolo, van ya 176. Aumenta así su ventaja con respecto a Iker Casillas, el perseguidor más inmediato, que se quedó en 167 antes de dejar de acudir a las convocatorias allá por 2016.

Ramos es el español con más presencias internacionales y, además, se ha convertido el líder en Europa, empatado con el italiano Gianluigi Buffon. A nivel mundial, solo le superan un puñado de jugadores de países árabes (el primero es el egipcio Ahmed Hassan, que fijó la marca en 184) y el mexicano Claudio Suárez, que se quedó en 177. Si nada se tuerce, el primer puesto planetario para el sevillano está al caer.

Llamó la atención la manera que tuvo Ramos de conseguir esta centésima septuagésima sexta internacionalidad: saliendo desde el banquillo en el minuto 85 en sustitución de Íñigo Martínez. En los apenas 300 segundos que permaneció sobre el césped no le dio tiempo a hacer nada, ni bueno ni malo. Suficiente para que en las estadísticas conste como un encuentro más que le ayudará a romper el récord.

Ya hoy se está hablando de la proeza que supone haber alcanzado a Buffon. El día que lo supere (que, salvo sorpresa mayúscula, será este mismo sábado), se volverá a mencionar. Y a poco que junte seis o siete partidos más y llegue al primer puesto del mundo, otra vez tendremos la noticia y será motivo de orgullo. El central probablemente confía en que nadie se acordará de que la hazaña estará cimentada en actuaciones como esta.

No cabía ninguna duda, porque el gesto fue muy evidente, pero por si acaso el seleccionador Luis Enrique lo reconoció de manera explícita en la rueda de prensa posterior. El único motivo del el cambio había sido “darle la oportunidad de seguir sumando internacionalidades”. De hecho, no es la primera vez que ocurre algo así.

Hay un precedente muy cercano, tanto como el pasado octubre. De nuevo en partido amistoso, España jugaba contra Portugal en la capital del país vecino. De igual manera, Ramos fue suplente y Luis Enrique esperó hasta el minuto 80 para hacerle salir, en esta ocasión en el lugar de Èric García. Tampoco tuvo ocasión de aportar. Pero contó para la lista.

La pregunta que cabe hacerse es hasta qué punto tal actitud no es una forma de falsear los registros con tal de conseguir a toda costa un título honorífico. Nadie tiene duda de que, con sus aciertos y sus errores, Sergio Ramos es un defensa de primer nivel, que lleva instalado en la élite del fútbol más de quince años, y lo que le queda. ¿Necesita realmente recurrir a artimañas tan poco elegantes para seguir engordando sus números? ¿No tiene ya suficiente (y muy merecido) reconocimiento global como para caer en una estrategia que será perfectamente legal, pero que en el fondo, si llega a batir el récord, para lo que servirá es para que los críticos habituales tengan munición para desprestigiarlo?

Salvando las distancias, recuerda a aquella época, veinte años atrás, donde las cifras que se querían inflar eran las de aquel también magnífico delantero que fue Raúl González. De él en su momento se quiso vender que era el más grande atacante de la historia de la selección (obviando nombres míticos como Zarra, Santillana, Quini y tantos otros) amparándose en que, durante un tiempo, hasta que le superó Villa, era el máximo goleador histórico. Los aduladores callaban, pero los enemigos no tardaban en recordar, que muchos de ellos fueron en partidos contra rivales muy menores: solo de enfrentamientos San Marino, Liechtenstein, Irlanda del Norte y Chipre salía casi una cuarta parte de sus 44 totales. Al menos en su caso está el atenuante de que la mayoría los marcaba en partidos oficiales de clasificación para Mundiales o Eurocopas.

Por si fuera poco, se puede interpretar estas presencias en “minutos de la basura” como un riesgo superfluo. Porque Ramos sigue siendo el capitán y una pieza clave en la Roja que intenta recuperar sus galones como la gran potencia que fue hace una década, con él mismo liderando la defensa. Esos cinco o diez minutos sueltos en amistosos se convierten, para un futbolista de 34 años, insustituible en su club y con una carga de partidos notable, en una posibilidad significativa de lesión. Es más, el motivo de mantenerle de inicio entre los suplentes era precisamente evitar ese peligro.

Ignoramos si es él mismo, por puro afán de protagonismo, quien promueve estas acciones, o si simplemente sigue órdenes que le imponen quienes se podrían beneficiar del efecto publicitario de sus cifras. En todo caso, la figura del jefe sobre el césped de la selección española ya es suficientemente importante de por sí. No es preciso recurrir a trucos de prestidigitador para intentar engrandecerla más. Entre otras cosas, porque puede salir el tiro por la culata y quedar más bien como una mancha.

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