Secretos de un aeropuerto contados por uno de sus trabajadores

Brandon Presser desconocía muchas cosas de la vida y sobre el comportamiento humano. Cada vez que iba a viajar, preparaba sus maletas, se dirigía al aeropuerto y tomaba su avión.

Sin embargo, un día se convirtió en empleado del Aeropuerto Internacional de Los Ángeles (LAX) y ahí se enteró de muchas cosas que nosotros desconocemos. Con ellas, ha escrito un testimonio que ha publicado en la web Bloomberg Businessweek.

Aeropuerto de Los Angeles. Getty
Aeropuerto de Los Angeles. Getty

Como parte del equipo de Administración de Seguridad en el Transporte (TSA en inglés) y con constante vínculo con sus colegas de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP), Presser comprendió que los aeropuertos son mundos al revés donde resulta perfectamente aceptable usar pijamas en público o beberse un Martini a las 8:15 a.m.

Lo primero que Presser constató es que el entrenamiento de seguridad no es broma. En un aeropuerto en el que en 2018 casi 42 millones de personas fueron observadas por los equipos de seguridad (solo en el J. F. Kennedy de Nueva York fueron 8,6 millones de viajeros), se supondrá que la capacitación de sus empleados debe ser muy alta.

Con alrededor de 120,000 pasajeros moviéndose y más de 100,000 maletas registradas al día, el LAX dispone de 2.700 agentes de inspección que verifican tanto las instalaciones, como los equipajes de los viajeros. Muchos de aquellos deben pasar dos meses de adiestramiento en tecnología de rayos X y en el dominio de las revisiones.

En uno de esos días, Presser se enteró de que había que evacuar a un pasajero que había fallecido mientras esperaba su vuelo. Pero no fue así. En realidad se trataba de un anciano que había muerto días atrás, por lo que la familia, para no pagar el alto costo de la repatriación de un cadáver, le compró un billete de ida e intentó colarlo en el avión con destino a México.

Así, amarrado a una silla de ruedas, el cadáver fue conducido a la oficina de la policía del aeropuerto y entregado a un médico forense para que estudiara las condiciones de su fallecimiento.

Sin embargo, cosa curiosa, un pasajero no vivo sí llegó a volar desde ese aeropuerto en diciembre de 2014. Pero no era una persona. Se trataba de Athena, un robot humanoide que viajó de Los Ángeles a Frankfurt, Alemania, en compañía de dos escoltas humanas y un pasaporte alemán apropiado. Athena fue colocada en clase económica premium y sus funciones fueron desactivadas antes de emprender el vuelo.

El robot 'Athena', llega al aeropuerto de Los Angeles en 2014. REUTERS/Jonathan Alcorn
El robot 'Athena', llega al aeropuerto de Los Angeles en 2014. REUTERS/Jonathan Alcorn


Qué ocurre con los objetos que pasan por un aeropuerto

Athena llegó a su destino, pero muchos otros objetos son decomisados en el aeropuerto. ¿A dónde los envían?, nos preguntaremos. Pomos de champú que sobrepasan el límite establecido, bebidas, potes de mermeladas, geles y aerosoles… su almacenamiento le cuesta dinero al contribuyente.

“Cuesta dinero almacenar y luego tirar todos los artículos decomisados” —le dice uno de sus colegas de la TSA—. “No podemos dar por sentado que en realidad hay agua en cada botella de plástico, por lo que debemos eliminar cada una como si pudiera ser letal”. Pero también están los metales y los objetos punzantes, los cuchillos, las navajas.

Al cerrar el año, el costo de esta operación ha sido de 9 millones de dólares.

Además, a diario se registran y codifican mil artículos adicionales que han sido encontrados a hasta una milla de las terminales aéreas: relojes, cintos, chaquetas, laptops, tabletas, entre otros.

Estos productos se llevan al almacén de objetos perdidos: los perecederos se incineran y todo lo demás se clasifica según su valor. Después de 90 días, los artículos no reclamados se venden en una subasta cuyas ganancias van a parar a los fondos de la ciudad de Los Ángeles.

Pero también se ha dado el caso de que aparezca perdida una tabla de surf, unos tambores, un oso de carnaval gigante, una máquina de apnea del sueño, un monitor cardíaco y hasta una motosierra.

Los alimentos que los viajeros tratan de ‘colar’

Y eso sin contar la cantidad de alimentos de importación limitada u objetos exóticos que las autoridades descubren en las maletas de quienes están llegando de todas partes del mundo: jamón de Italia, foie gras francés, plantas que sus portadores esperan sembrar en Estados Unidos, caviar beluga ruso, pero también escamas de pangolín, vesículas de oso, cuernos de venado (casi todo esto con fines afrodisíacos), genitales de alce y hasta el pene de tigre, este por un valor de venta de  100,000 dólares.

La lista es larga. Agreguémosle aletas de tiburón, nidos de golondrinas, pedazos de vid, patas de elefante, murciélagos secos, calaveras de mono, y hasta una mano humana momificada.

Gastos millonarios de los pasajeros

Por último, trabajar en un aeropuerto ayuda a entender finalmente cómo es que la gente gasta tanto cuando espera por su vuelo, sobre todo si los precios de lo que aquí se vende es tan elevado. ¿Se puede pagar seis dólares por una botella de agua?

A nadie le asombra que las ventas de estos productos en el interior del aeropuerto de Los Angeles, LAX, lleguen a cifras millonarias. En los últimos doce meses, las ventas minoristas y las libres de impuestos ingresaron 205 millones y 234 millones de dólares, respectivamente, aunque los alimentos y bebidas son los que más ganan, con 375 millones de dólares en total.

Por ello la mayoría de las franquicias aseguran que sus puestos en LAX son las ubicaciones más rentables de su marca.

Baste con saber que aquí Panda Express vende más de 120,000 libras de pollo con naranja al año, y que California Pizza Kitchen agota su producción de 244,000 pasteles.

Un lugar para las estrellas

Y como suele ocurrir en casi todos lo aspectos de la vida, en los aeropuertos no todo el mundo recibe el mismo trato ni utiliza los mismos servicios.

El LAX dispone una terminal separada situada en el otro extremo de las pistas de aterrizaje. The Private Suite, que es como se llama, es un club solo para socios que pagan 4,500 dólares al año, más un mínimo de 2.700 dólares por vuelo.

Aquí las estrellas y millonarios pueden disfrutar de servicios de minibar, además de masajes, manicuras, cortes de cabello y transporte directo al avión en automóvil. Y, sin embargo, de media, estos pasajeros VIPs tan solo pasan una hora en su suite personal.

Y es que en estos casos lo que más se valora es el ahorro de tiempo: la seguridad aquí es un asunto de puerta de coche a puerta de avión, muy parecido a volar en privado. Y dado que toda la operación es anterior a la TSA, los pasajeros pueden obtener el servicio de entrega de Nobu o una sesión individual con su sastre personal. “Cosas que nunca supe hasta que trabajé como mayordomo en el Hotel Plaza”, reconoce Presser .

Alrededor del 50% de los miembros de este selecto club son altos ejecutivos de empresas; los otros son famosos escapando de los paparazzi. Dos ejemplos: la madre de Meghan Markle usó las instalaciones en el camino a la boda real, y Jamie Foxx también es fanática.

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