Sebastián Sosa: el arquero que era feliz relatando partidos en el baño y que ahora sufre la caída del pelo por estrés y es la figura de Independiente

Ariel Ruya
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Quería ser periodista deportivo. Tiene el diploma colgado en una casa de Montevideo. Le gustaba relatar: se encerraba en el baño, por la armonía del sonido, y cantaba los goles de Peñarol, el gigante. De chico, se enamoró de las voces de la radio, pero cuando salía de su casa, iba directo al arco. A los cuatro años ya supo que bajo los tres palos iba a estar el destino de su vida. Con el tiempo, se convirtió en un especialista en penales, volaba de un lado al otro. Acaba de atajar el último: en un lunes a la tarde futbolero de Avellaneda. Pero siempre tuvo un problema serio: nunca se quedaba quieto.

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Era un niño revoltoso, necesitaba descargar energías. Se convirtió en un hombre divertido, optimista, intenso. Hiperquinético, a tal punto que casi no puede estar tranquilo ni un minuto. Ni siquiera en el arco: no se queda parado en el mismo lugar, camina de acá para allá. En el ómnibus, en movimiento, no suele permanecer sentado, anda por el pasillo.

"Le tengo miedo al fracaso", contó alguna vez Sebastián Sosa, el arquero de Independiente, figura en un puñado de partidos entre el torneo local y la Copa Sudamericana. Ni la religión (es ferviente católico) ni el verano (adora el mar) le bajan la adrenalina, la ansiedad.

El empate de Independiente

Alguna vez hizo el cálculo: en 34 años, lleva debajo del arco más tiempo que en su propia casa. Campeón en Peñarol (estuvo 12 años en el Carbonero), Boca y Vélez, con su trayectoria envuelta en prestigio, no baja nunca la velocidad de su cabeza, que siempre da una vuelta de rosca más. "Lo único que cambiaría de mi vida es la ansiedad, quiero todo ya", advertía. Un caso típico de psicología: de tenerlo todo (en los ojos ajenos), a disfrutar y sufrir los días y las noches, como si fueran los últimos. "El estrés me generó todo lo malo, como la caída del pelo. Hago maniobras y malabares, pero por nervios y estrés hasta se me cayeron las cejas", relataba, siempre con una sonrisa. El uruguayo toma mates amargos y se ríe. Siempre devuelve una pared. Pero la ansiedad parece (des)controlarlo todo.

"Soy un tipo que se involucra mucho y hasta me ha tocado llorar en los equipos que estuve", expresó, tiempo atrás. En julio, mientras dejaba en el pasado su último recorte en el fútbol mexicano, se infectó el virus. El cabello se le caía, las cejas desaparecían. Debía tomar una decisión. Con su cuerpo y con su imagen, siempre prolijo y a tono con la moda.

Cómo se jugará la próxima fecha

"Tuve el covid en julio y a finales de agosto se me empezó a caer el pelo demasiado. Una caída muy abrupta. Era quedarme con los mechones en la mano. Y de todo el cuerpo, no solo de la cabeza. Las cejas, las pestañas, todo. Después, averiguando, supe que era una secuela del covid. Me quedaban algunos pocos pelos parados nomás, los de la crestita ya no estaban. Entonces decidí raparme. Siempre dije que me quería hacer un tatuaje y como me gusta el tema de los leones, le dije a mi señora que me iba a hacer uno atrás. 'Y bueno, dale, si querés y te bancás el dolor...', me dijo ella. Así es la historia de este look pelado y el tatuaje que me hice", le decía a TyC Sports, días atrás. El impacto del león en la parte trasera de la cabeza representa su nueva personalidad. O la de siempre.

Se siente más aliviado. Volar, vuela como siempre. Y le aporta a Independiente una renovada cuota de seguridad. Ahora, se tiñe las cejas, hasta que vuelvan a crecerle. "No tengo ni un tatuaje en el cuerpo y ahora se dio esta particularidad de estar pelado. Me decían que era hora de cambiarme el peinado. En el momento que crezca el pelo se tapará el león. Y cuando lo quiera lucir de vuelta, lo rapo y lo luzco de nuevo", sostiene. Sueña con ser hombre de selección: entiende que ser parte de Independiente lo acerca un poco más.

"Me pregunté en qué parte estaba fallando o en que puedo mejorar para llegar a tener la oportunidad. Es un sueño y una ilusión que mantengo viva y seguiré luchando hasta que se pueda dar. Quise venir a Independiente porque si me va bien me acerca a la selección uruguaya, estoy convencido de que se me abrió una nueva oportunidad", declaró Sosa en una entrevista con Carlos Goyén a través de Instagram.

En septiembre de 2014 sufrió los embates de la barrabrava. En ese caso, de Vélez. "No estuvo bueno. Estaba mi familia cerca de esa conversación. Incluso, la gente de seguridad me preguntó si no tenía problemas. Les dije que no. No tenía problemas, ya que nunca me había pasado algo así. Salvo un hola y chau cuando me los he cruzado. No quiero decir más nada, fue una conversación con la barra.", señalaba, perturbado.

La salida de Boca y el arribo a Vélez durante 2012 fue toda una aventura. Se había acabado el préstamo en el club xeneize, en donde sólo atajaba en la Copa Argentina. Como quería ser titular, se entusiasmó con pasar a Vélez. Cuando estuvo por firmar, casi se frustra la operación porque Ricardo Gareca no quería saber nada con "traicionar" a Julio Falcioni, el entrenador de Boca y un hermano de la vida. Sentía que rompía un código, un pacto de caballeros, de los de antes. Los dirigentes de Vélez, al final, lo convencieron, pero el Tigre se mantenía en su eje: como se sentía incómodo por el traspaso, no lo ponía; Germán Montoya era el arquero titular.

"Yo no cago a mis amigos", decía Gareca, en la intimidad. Sosa entró en cólera, el fastidio fue aumentando, hasta que al fin se puso los guantes y construyó una enorme carrera: tres años, tres títulos. Ahora, sólo queda ganarle a la ansiedad: ese título, algún día, lo va a celebrar.