Santos y sus mitos: de Pelé a Bolsonaro

LA NACION
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Hace más de medio siglo el mítico Santos de Pelé era el mejor equipo del fútbol mundial. Una mezcla del mejor Barcelona y los Harlem Globetrotters. Un show de futebol-arte que, según la leyenda, hasta paraba guerras en sus giras por África. En 1963 le ganó la final de la Libertadores a Boca y la Copa Intercontinental a Milan. Pero la ciudad de Santos era un hervidero. Ese mismo año sufrió más de cuarenta huelgas, dos generales. Paraban desde los enfermeros hasta los árbitros de fútbol. El puerto de Santos, el más grande de América Latina, centro histórico de lucha obrera, era un polvorín. El golpe militar de 1964 arrestó a los líderes. Los encarceló y torturó en el buque Raúl Soares, una mazmorra flotante que permaneció atracada siete meses en el puerto y a la que también fue confinado José Gomes, alcalde electo. Pero Santos, con apenas cuatrocientos mil habitantes, solo aparecía como la ciudad del mejor fútbol. Del equipo de todos. Elites y obreros fieles al club de Vila Belmiro, escenario donde Boca juega hoy su boleto a la final de la Libertadores.

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Santos volvió a celebrar elecciones directas en 1968, cuatro años después del golpe. Pelé y sus compañeros seguían ganando. Campeonato Nacional y Paulista. Y quinto título internacional, esta vez contra el Inter de Italia. La ciudad votó en esa elección de 1968 a Esmeraldo Tarquinio como primer alcalde negro. La dictadura no lo dejó asumir. Todas las ciudades podían elegir sus alcaldes. No Santos, "la Barcelona de Brasil", como se la llamaba por su resistencia política. Eran tiempos de amenazas del CCCS (Comando de Caza a los Comunistas de Santos). Recién en 1984 la ciudad pudo volver a elegir a su propio alcalde. Ganó Oswaldo Justo, que había sido vice de Tarquinio en 1968. Pasó medio siglo y mucho ha cambiado. En las elecciones presidenciales de 2018, Santos votó masivamente a Jair Bolsonaro. El presidente que, apenas dos semanas atrás, se presentó en un partido benéfico en Vila Belmiro vistiendo la camiseta número 10 de Pelé.

Hay que ver el video de su gol. Bolsonaro recibe solo. A un metro del arco. El arquero espera que el presidente anote para iniciar su aplauso. Bolsonaro marca de primera con la pierna izquierda, pero pierde el equilibrio y se derrumba. Panza y nariz al piso. Sus compañeros corren presurosos. Lo reincorporan y celebran con él copiando un gesto de campaña. El goleador pide cambio. "Este objetivo del presidente Jair Bolsonaro debe trasladarse a la historia de Vila Belmiro", elogia José Datena, narrador de Brasil TV. La cadena amiga trasmite en directo el partido benéfico, una tradición anual que organiza el ex jugador Narciso bajo el nombre de "Navidad sin hambre". Terminado el partido, Bolsonaro dice que "Brasil está quebrado" por la pandemia y justifica la quita de subsidios para 68 millones de personas. "Estamos hablando de gente hambrienta, de desesperación", protesta Guilherme Boulos, político opositor. Sucedió a fin de año, con Brasil ya cerca de las doscientas mil muertes por Covid-19. Un 28 de diciembre. Día de los Inocentes.

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Algunos se indignaron porque Bolsonaro, como siempre, despreció el barbijo en su show en Vila Belmiro y se tomó selfies con jugadores, pese a que Santos había sufrido contagio masivo en noviembre pasado. Once jugadores y el DT Cuca, de 57 años, que permaneció hospitalizado una semana. Difícil encontrar en el fútbol actual de Brasil alguien como Sócrates, el líder de la Democracia Corintiana que en 1988, ya en el ocaso, llegó a jugar en Santos (era hincha del club). El fútbol de Brasil hoy acepta gustoso que el presidente se suba a sus triunfos. Vuelta olímpica en la última Copa América. Luego Flamengo. Ahora Santos. El propio Pelé le mandó una camiseta autografiada el 20 de noviembre pasado, Día de la Conciencia Negra en Brasil. Cinco días después murió Diego Maradona y un cálido homenaje al 10 en los muros de Vila Belmiro abrió debates. Un forista frenó a los críticos y pidió "respeto eterno por el pibe, que jamás le regalaría una camiseta autografiada a Bolsonaro".

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El presidente de Brasil, sabemos, vive atravesado por la polémica. Ya avisó que si hay fraude en las elecciones de 2022 "tendremos un problema peor que en Estados Unidos". Orlando Rollo, que asumió en setiembre pasado como presidente de un Santos en dura crisis económica e inesperado semifinalista de la Libertadores, justificó que Vila Belmiro abriera sus puertas al show de Bolsonaro. Rollo es policía civil, con curso SWAT en Estados Unidos, según se jactó de exhibir tiempo atrás. Rollo contó que Bolsonaro le aseguró la intención de "encontrar un instrumento legal" para que el club pueda ser dueño definitivo del terreno donde funciona el Centro de Entrenamiento Rey Pelé. A Bolsonaro, hincha de Palmeiras, le agrada Santos. Suele pasar fin de año y feriados largos en Guarujá, playa cercana, en el litoral paulista. El 1 de enero abrió 2021 zambulléndose desde un barco con la camiseta 10 de Santos y nadando hasta la orilla para saludar a la multitud. Aglomeración sin barbijos. Y la gente gritándole su apodo de "Mito, Mito". Hace más de medio siglo mito era Pelé. Mito hoy le dicen a Bolsonaro.