Cómo se salvó la Eurocopa 2020

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Si dependiera de Aleksander Ceferin, nunca más se organizaría otro campeonato europeo de fútbol como el que comenzará esta semana. Y esa decisión no tiene nada que ver con el coronavirus.

Ceferin, el presidente del órgano rector del fútbol europeo, enumeró rápidamente los dolores de cabeza que surgieron a raíz de la organización del campeonato de este verano. Realizar partidos en 11 países (al principio 13), significó tener que encontrar 11 ciudades y 11 estadios capaces de albergarlos. Se tradujo en crear equipos para gestionar cada sitio y organizar docenas de hoteles para alojar a todos lo que irían. Pero también significó lidiar con jurisdicciones legales, barreras lingüísticas, leyes fiscales y alta política, así como con diplomacias del fútbol, valores de las divisas y reglas de visado.

Y eso fue antes de que el coronavirus lo hiciera todo exponencialmente más difícil.

“No lo volvería a hacer”, dijo Ceferin en una entrevista telefónica a finales del mes pasado.

Por primera vez en sus 61 años de historia, el Campeonato Europeo de la UEFA, que comienza el viernes 11 de junio con un partido entre Italia y Turquía en Roma, se jugará a nivel continental. Contará con grandes jugadores, escaso público y ciudades anfitrionas tan distantes entre sí como Sevilla, España, cerca del extremo suroeste de la península ibérica y Bakú, la capital de Azerbaiyán, resguardada en el mar Caspio. Esta última está más cerca de Teherán y Bagdad que de cualquiera de las otras 10 localidades del torneo.

El torneo se desarrollará utilizando un cronograma que tuvo que ser lo suficientemente estricto como para garantizar que varios países jueguen la mayor parte de sus encuentros como local, pero también suficientemente flexible como para que pueda modificarse según lo exijan los brotes del coronavirus y las restricciones de viaje. Eso implicó aceptar lo que significaba en la práctica la salida del Reino Unido de la Unión Europea, a veces incluso antes de que el mismo Reino Unido estuviera seguro, y encontrar soluciones luego de que dos ciudades fueron despojadas de sus partidos en abril.

Y sin duda significó que pase lo que pase durante el próximo mes —sin importar cuántos goles se marquen, cuántos partidos emocionantes se jueguen— solo habrá una sensación predominante para los organizadores cuando suene el silbato final el 11 de julio: alivio.

“Es muy complicado”, fue el eufemismo de clase mundial que utilizó Ceferin. “Y ahora es aun más complicado”.

Ceferin se apresuró a aclarar que nada de eso fue idea suya. La idea de un Campeonato Europeo continental fue de Michel Platini, el predecesor de Ceferin en la presidencia de la UEFA. Platini había propuesto la idea de una celebración por toda Europa en 2012, luego de que Turquía, único país postor del evento, se negara a descartar la posibilidad de buscar también ser la sede para los Juegos Olímpicos que se celebrarían en el mismo verano de 2020.

La UEFA consideró que ningún país podía organizar los Juegos Olímpicos y el Campeonato Europeo —un torneo de fútbol solo superado por la Copa del Mundo en cuanto a audiencia y prominencia— en estrecha sucesión. Platini decidió que repartir la Euro en varios lugares propagaría la alegría del evento, pero también serviría como una valiosa protección en caso de que Turquía tuviera que elegir entre la Euro y los Juegos Olímpicos.

Sin embargo, para 2015, Platini ya no estaba. Fue una de las autoridades del fútbol que dejó su cargo debido a un escándalo por corrupción. No obstante, su concepto siguió vivo. Cuando Ceferin fue ascendido a la presidencia de la UEFA en 2016, decidió seguir adelante con el concepto multinacional, que para ese momento ya había anunciado varias ciudades anfitrionas.

Aunque hubo algunos contratiempos —Bruselas se vio obligada a retirarse en 2017 cuando no pudo garantizar la compleción de un estadio prometido—, los organizadores creían que habían logrado lo que alguna vez consideraron una misión imposible. Para marzo de 2020, casi todo lo que necesitaba estar listo estaba listo y el entusiasmo por el torneo comenzaba a crecer. Algunos patrocinadores activaron sus promociones y los coleccionables, tarjetas y álbumes de pegatinas de la Eurocopa 2020 ya estaban disponibles en las tiendas.

Entonces, llegó la pandemia y paralizó al mundo.

“Todos estuvimos algo perdidos por un tiempo”, dijo Martin Kallen, director de la UEFA responsable del torneo, sobre la sensación que hubo cuando quedó claro que el torneo no se jugaría como estaba planeado. “‘¿Cómo vamos a hacer esto? ¿Cómo vamos a seguir adelante?’. No solo en el fútbol, eso estuvo presente en todos los aspectos de la sociedad. No sabíamos qué pasaría la semana siguiente”.

Después de evaluar sus opciones durante un par de semanas —entre las que se incluyó plantear y luego descartar la posibilidad de organizar todo el torneo en Rusia o Inglaterra— y tras pláticas que involucraron una vertiginosa variedad de socios, desde políticos hasta dueños de estadios, patrocinadores y cadenas de transmisión, el arduo trabajo para salvar el mosaico multinacional comenzó nuevamente.

Las primeras llamadas fueron fáciles. Reprogramar el torneo para las mismas fechas un año después resolvió las inquietudes del cronograma y dado que ya se había distribuido la mercancía con la marca Euro 2020, el nombre del torneo también se mantendría.

De hecho, para el otoño de 2020, ya se había decidido ceñirse lo más posible al plan original, con una garantía fundamental: incluso en medio de la pandemia, cada ciudad anfitriona tenía que tomar medidas para permitir que los aficionados asistieran a los partidos.

Pero conforme el virus hacía estragos y varios países enfrentaban dificultades con sus programas de vacunación, la exigencia de los aficionados en los estadios amenazó la capacidad anfitriona de hasta cuatro ciudades.

Al final, solo dos ciudades abandonaron el plan. Dublín, donde los políticos siempre habían dicho que sería imposible jugar con aficionados en los estadios, fue la primera en retirarse. También fue el abandono más fácil de sobrellevar; Irlanda no había clasificado al torneo y la UEFA consideró poco probable que muchos fanáticos asistieran a los juegos en Irlanda debido a las restricciones de viaje. Pero el caso de Bilbao, en España, fue diferente.

Bilbao, la ciudad más grande del País Vasco, donde los sentimientos separatistas siguen siendo fuertes, siempre fue una elección extraña por parte de la UEFA. La selección española no ha jugado en la región desde 1967 y al parecer solo había sido seleccionada porque la máxima autoridad del fútbol español, que ya no está en el cargo, había promovido su candidatura. Sin embargo, con el tiempo, gran parte del público aficionado al fútbol de la ciudad se había acostumbrado a la idea de ser sede para otros equipos y las autoridades locales agradecieron la oportunidad de convertirse por un rato en el centro de atención internacional.

Cuando los juegos fueron eliminados luego de que la UEFA determinara que las condiciones requeridas para que los aficionados asistieran no iban a poder cumplirse, las enfurecidas autoridades locales criticaron públicamente la decisión y prometieron buscar y obtener indemnización. Ceferin expresó su solidaridad y sugirió la posibilidad de que ambas ciudades pudieran albergar futuros eventos. Sin embargo, en cuestión de semanas, Ceferin y los organizadores tuvieron que lidiar con un nuevo problema.

En la mañana de la final de la Liga de Campeones en mayo, miembros de la directiva de la UEFA tuvieron una reunión de emergencia en su hotel en Portugal tras enterarse de que las nuevas reglas en Escocia podrían obligar a todo un equipo a entrar en cuarentena si un solo jugador daba positivo.

Pronto se tomó la decisión de eliminar las concentraciones en ese país de las selecciones de República Checa y Croacia (Escocia ya había anunciado que entrenaría en Inglaterra). No obstante, dos días después, Escocia reveló que uno de sus jugadores había dado positivo por COVID-19. El jugador y seis compañeros de equipo no pudieron asistir a un amistoso contra los Países Bajos, pero su ausencia destacó otro cambio instaurado este año debido a la pandemia: a los equipos se les ha permitido viajar con 26 jugadores en lugar de los 23 habituales.

Es posible que los retos aún no hayan terminado. Hay preocupación por un partido de cuartos de final programado en Múnich el 2 de julio, ya que uno de los participantes viajará desde Inglaterra, que está sujeto a nuevas y más estrictas leyes para viajes (el juego aún podría cambiar de fecha).

“Siempre hay que tener un plan B, C o D”, dijo Kallen, quien señaló que la UEFA ya tiene experiencia en adaptarse a circunstancias imprevistas tras haber modificado la Liga de Campeones con poca antelación dos años seguidos.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company