Restos de 66 campamentos militares romanos muestran lo duro que les resultó conquistar la península ibérica

Miguel Artime
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Estatua del César Augusto. (Crédito imagen: wikipedia).
Estatua del César Augusto. (Crédito imagen: wikipedia).

Cuando el fútbol era un deporte menos técnico y más de “contundencia defensiva”, los grandes equipos de la liga española sufrían al venir a jugar al norte. Les esperaban equipos rocosos, que no buscaban tanto la posesión o el regate como las estrellas del Real Madrid o del Barcelona. Para ganarles había que sufrir lo suyo, esquivando al mal tiempo, al carácter irascible de la afición y al ramillete de patadas con los que se “obsequiaba” a las figuras visitantes. Saber que tocaba jugar en Gijón o en Bilbao, dejaba sin dormir a los Hugo Sánchez o Maradona de la época, por mucha espinillera reforzada que se calzasen.

Afortunadamente esos tiempos han cambiado para mejor, pero me vais a permitir el arranque nostálgico de cuando Quini y los suyos disputaban la liga hasta la penúltima jornada, puesto que me sirve magníficamente para ilustrar lo que os voy a contar, algo que también tiene que ver con el carácter de las gentes del norte, si bien en esta ocasión hablaremos de historia y no de deporte.

Cualquier amante de los cómics conoce a Astérix y Obelix, dos irreductibles galos cuyas andanzas hacían sudar tinta a la potencia continental de la época, la República Romana. Tan es así, que muy a menudo el mismísimo Julio César aparece ridiculizado en las viñetas. Lamentablemente no hubo nada parecido a aquella aldea gala ficticia, ni por supuesto ninguna arma secreta (como la pócima de Panoramix) con la que combatir a un enemigo fuertemente estructurado y tácticamente superior. La historia real cuenta que la llamada guerra de las Galias concluyó en apenas 9 años.

Pero la conquista de todas las riberas del Mare Nostrum por los romanos no fue un paseo precisamente, se podría decir que ellos también tuvieron su “Vietnam” y que este se encontró al sur de los Pirineos. Y es que la conquista de la península ibérica les llevó 200 años a los romanos, y se les hizo tan cuesta arriba rematarla en el norte (peleando contra aquellos bárbaros y su dichosa guerra de guerrillas) que el propio emperador Augusto tuvo que abandonar Roma y calzarse las “espinilleras” para venir a jugar a estos campos encharcados y gélidos que se esconden tras la cordillera cantábrica.

Emplazamiento de los campamentos romanos recientemente descubiertos. (Crédito imagen romanarmy.eu).
Emplazamiento de los campamentos romanos recientemente descubiertos. (Crédito imagen romanarmy.eu).

La tecnología nos ha hecho ahora comprobar que Roma destinó muchos más recursos militares a la conquista de lo que imaginábamos. Con la ayuda de novedosas herramientas de teledetección como fotografías tomadas por satélites y por drones, así como por el uso de dispositivos de detección por láser LiDAR, científicos de varias instituciones y universidades españolas (más una británica) han logrado identificar hasta 66 emplazamientos de diversos tamaños utilizados por los romanos en su campaña contra los escurridizos montañeses.

Los emplazamientos se han encontrado en las actuales provincias de León, Palencia, Burgos y Cantabria, gracias a las sutiles huellas que estos campamentos (habitualmente de forma rectangular) han dejado en el paisaje en forma de acequias, muros de tierra y piedra, etc.

Obviamente, la teledetección puede ser de gran ayuda, pero para confirmar que aquellos restos erosionados por el tiempo corresponden realmente a un antiguo campamento de las legiones de Roma, hace falta también trabajo de campo. Las ubicaciones de esos 66 emplazamientos (algunos de los cuales eran temporales) denotan que los romanos cruzaban entre las tierras bajas y altas empleando crestas en las montañas, para así evitar los pases naturales más fuertemente custodiados por los diversos pueblos indígenas, llamados por los romanos Vaccaei, Turmogi, Cantabri, Astures y Callaeci.

El elevado número de yacimientos indica que los transalpinos necesitaron un enorme esfuerzo logístico para conquistar las tierras al norte de la meseta. Algunos de esos emplazamientos se correspondían a campos de entrenamiento, otros eran refugios en los que guarecer a las tropas en lo peor del invierno.

Pero por mucho valor que le echaran, ya sabemos que finalmente el emperador César Augusto y sus tropas consiguieron doblegar los últimos focos de resistencia norteña y tras más de dos siglos, se anexionaron la totalidad de Hispania (a finales del siglo I a.C.) pudiendo así disponer de los recursos naturales de la zona, entre los que destacaban el estaño y el oro.

Grabado en el que se muestra a unos soldados romanos castigando a un compañero en las cercanías de un campamento. (Imagen cc vista en Wikimedia Commons).
Grabado en el que se muestra a unos soldados romanos castigando a un compañero en las cercanías de un campamento. (Imagen cc vista en Wikimedia Commons).

No se vosotros, pero a la vista de los hallazgos: ¿no estaría ubicada la verdadera aldea de Astérix en algún punto cercano al río Deva?

El trabajo, dirigido por Andrés Menéndez Blanco (Instituto Arqueológico de Mérida) acaba de publicarse en Geosciences.

Me enteré leyendo EurekAlert!

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