El milagro que Roger Federer necesita para huir de su destino

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Switzerland's Roger Federer reacts during his ATP 250 Geneva Open tennis match against Spain's Pablo Andujar on May 18, 2021 in Geneva. (Photo by Fabrice COFFRINI / AFP) (Photo by FABRICE COFFRINI/AFP via Getty Images)
Photo by FABRICE COFFRINI/AFP via Getty Images

Los grandes genios son los que consiguen cambiar las narrativas. Los que logran lo excepcional, aquello que todos los demás descartábamos. Por ejemplo, lo que hizo Roger Federer en 2017, con 35 años y tras seis meses de ausencia por lesión: ganar el Open de Australia 2017 a Nadal remontando en el quinto set, ganar Wimbledon sin perder ni una manga y conseguir el número uno del mundo a principios de la siguiente temporada. Completamente inimaginable dentro de unos patrones racionales. Una hazaña que quedará siempre para el recuerdo del aficionado al tenis.

El problema para Federer es que no estamos en 2017. Igual que su regreso, entonces, fue casi milagroso, también hay que reconocer que entraba dentro del abanico de milagros que hemos visto en otras súper estrellas. Podía pasar. Sabíamos cuál había sido su lesión, sabíamos cuánto tiempo llevaba preparándose, los comentarios eran optimistas desde su entorno... había un espacio del pensamiento aunque fuera mínimo que albergaba la posibilidad de una vuelta por todo lo alto. Ahora, no. Ahora no hay elementos suficientes para hilar una mínima narrativa de éxito y superación. Por lo que hemos sabido de él en el último año y medio, Federer es en la práctica un ex jugador de tenis profesional. No ya un hombre intentando ponerse en forma, como el pobre Del Potro detrás de cada lesión o el corajudo Murray, arrastrando su cadera por todo el circuito: un ex profesional. Punto.

De entrada, nunca supimos cómo se lesionó. Algo del menisco, se dijo, pero, ¿el qué? El silencio siguió durante la pandemia, luego el anuncio de una recaída -¿cómo?- y el final de la temporada. Los mensajes pesimistas de sus preparadores se confirmaron con la ausencia del suizo del Open de Australia y desde entonces su anunciado regreso a las pistas (y estamos cerca ya de junio) se limita a dos partidos en Doha y uno en Ginebra. La propia elección de los torneos ya es significativa: emplazamientos menores, ATP 250 pensados para poder pasar rondas sin demasiados apuros y al lado de sus lugares habituales de residencia: Dubai y Basilea.

El hecho de que ni siquiera seleccionando al extremo su calendario, eligiendo torneos de tercera y evitando largos viajes, Federer haya sido capaz de pasar de segunda ronda en todo el año 2021 tras un 2020 en blanco salvo por el Open de Australia de enero es más que preocupante. No hay precedentes de un regreso victorioso en un estado tan alarmante. En su entorno, insisten en que no está aún al cien por cien. Él mismo duda de sus capacidades. Nadie sabe qué le pasa, pero salta a la pista y no es capaz ni de sostener una ventaja en el tercer set ante Pablo Andújar, número 64 del mundo.

Los optimistas repiten insistentemente aquello de "bueno, pero aún queda la hierba, aún queda Wimbledon" y puede que tengan razón. Pero Wimbledon no es un patio de recreo, no es un spa de acondicionamiento. A Wimbledon hay que llegar al cien por cien o Wimbledon te devora vivo. Uno no puede llegar allí con cinco o seis partidos jugados y confiar en que, mágicamente, solo porque te llamas Roger Federer, vas a empezar a jugar un tenis maravilloso. No es concebible, no entra dentro de los escenarios a los que los aficionados de toda la vida hemos asistido a lo largo de años y años de ver tenis. ¿Sorpresas? Miles. ¿Qué un tipo de casi 40 años, con tres partidos en las piernas, consiga transformarse en campeón de un grand slam? Puro pensamiento mágico.

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Ahora bien, volvamos a lo del principio. El pensamiento mágico se reserva para los genios. Federer podría obrar su milagro porque es un elegido. Lo complicado es imaginar cómo. De entrada, ganando algún partido en Roland Garros. Ni siquiera le vamos a pedir llegar a la segunda semana, visto lo visto, pero, con un buen ránking aún y la consiguiente condición de cabeza de serie, puede que tenga un par de rivales batibles en las primeras rondas y disfrute del privilegio de caer el fin de semana ante uno de los "grandes" de la arcilla, cualquiera de sus aún jóvenes sucesores. Eso sería un inicio. 

A partir de ahí, volver a la hierba sagrada de Halle y coger ritmo, acostumbrarse al bote veloz, casi inexistente, a doblar las rodillas, a contar de nuevo los pasos y adelantarse a la bola. Coger sensaciones poco a poco que le recuerden quién es, quién ha sido. Aparte de las cuestiones puramente deportivas, hay que suponer que Federer lleva un año y medio en un pozo mental. Él mismo decía hace poco: "Soy consciente de que debería ser el 800º del mundo" y cuando alguien se expresa así, más allá de señalar lo injusto de la actual clasificación por puntos de la ATP, es probable que se sienta el 800º del mundo. Algo tiene que cambiar y tiene que cambiar en Halle: el servicio, la velocidad y la flexibilidad, hasta ahora inexistente. 

Y, por último, Wimbledon. No digo una marcha triunfal hacia su noveno título sino una imagen competitiva, como la de Jimmy Connors en el US Open durante sus últimas temporadas -aunque Connors seguía compitiendo todo el año, más o menos lesionado, con mayor o menor éxito-. Una imagen que nos congracie con el jugador al que hemos amado durante más de veinte años. Lo contrario -una derrota en primera ronda en París, acompañada por pobres resultados en Halle y/o Sttutgart y una nueva derrota en Wimbledon ante el Georg Blast de turno- sería terrible. Pero lógico. En esa lucha contra la lógica se establecerá la verdadera estatura del actual Federer. Observaremos muy atentos.

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