River-Flamengo: una final imposible y un equipo que quedó desnudo

Ariel Ruya
lanacion.com

LIMA.- Esta es la crónica imposible. Se trata de describir una historia imaginaria, pero real. Ocurrió, mientras los ojos se abren y cierran: nadie puede creerlo. El guion estaba escrito, rubricado. Faltaban dos minutos. Apenas 120 segundos. La copa ya se imprimía: iba a llevar la firma de autor de un equipo colosal durante cinco años y medio. Copero, ganador.

¿Cuánto separa la gloria del ocaso, del dolor más desgarrador? Dos minutos reales. River gana 1-0, aguanta, con el pibe Alvarez, con Paulo Díaz por el lesionado Casco. Aguanta con oficio, con entrega. Flamengo corre hacia adelante con los ojos vendados, pero va. Pratto pierde una pelota cerca del área rival, el héroe de Madrid convertido en un actor secundario que extravía el libreto justo en la función de gala. No sabe la letra.

El contraataque, liderado por un Diego inoxidable, genial en el ocaso de su carrera, acaba con el gol de Gabigol, que no había tenido estirpe en toda la tarde. Marca el 1-1. Un par de minutos después, aprovecha el mareo de una defensa que había sido una fortaleza, se descuida Pinola -justo el zaguero que había tenido un partido de novela- y acaba la faena. Flamengo suma 26 partidos sin derrotas, consigue la Copa Libertadores después de 38 años y desnuda a River como no lo hizo nunca jamás nadie. Lo convierte en humano. El mejor River de la historia se apaga, pierde su luz. Competitivo siempre hasta el final, capaz de las mejores hazañas, se derrumba en un instante. Un chasquido. Es la derrota más dolorosa del ciclo de Marcelo Gallardo.

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Es expulsado Palacios, descontrolado, luego de una batalla conmovedora. También, Gabigol, el héroe imposible, el que no podía pasar a Pinola, por gestos desubicados a los hinchas. Festeja Flamengo, el mejor equipo de la competencia, que había sido enjaulado por River durante 88 minutos. River se despide de pie, espera la premiación con hidalguía, aunque no entiende qué está pasando. La gloria eterna era suya, solo tenía que atraparla, blindar el cofre de la felicidad. Se durmió. Cerró los ojos un puñado de minutos y, cuando se despertó, ya era demasiado tarde.

Gallardo vivió el espectáculo con seguridad. Confianza, liderazgo, compromiso. Con las manos en el bolsillo, con un papelito que saca antes de una pelota parada de Flamengo, controla todo. Y todo parece estar bajo control, más allá de que durante el primer tramo el dominio del balón es del equipo brasileño, con ráfagas de Bruno Henrique, aunque sin hacer cosquillas. De pronto, una jugada colectiva, el sello distintivo de River, abre el juego. Se ensucia un poco, es cierto, pero el centro atrás de Nacho Fernández y la definición suave, esquinada, de Borré, es para ponerlo en un cuadro.

Descontracturado, desatado por las bandas, River es un velocista, aguerrido, conmovedor. Todos corren, todos marcan (casi, casi) todos juegan. River es un equipo que descubre a un desabrido Gabigol y a un De Arrascaeta acorralado sobre la raya. River vuela, al ritmo de Enzo Pérez, colosal en la noche de copa final. Lo sostiene Pinola, impasable atrás, Palacios, un motor ideal en ese juego ideal del artesano y el artista y, arriba, a Borré no le importa nada ni nadie. Va, va, va, contra viento y marea, suerte de optimista del gol moderno.

Un tiro de Palacios, desde lejos, pasa cerca. River tiene el control psicológico, Flamengo, la pelota, la ansiedad y, sobre todo, la confusión. Gallardo, mientras, sigue con su libreto: le exige mayor compromiso a Suárez y un mejor criterio a Casco. Decide el ingreso del pibe Alvarez para jugar como clásico número 8, arriesga a Pratto, de deslucido presente, se inclina por Paulo Díaz por la lesión del número 3. Apuesta fuerte. Casi siempre le sale bien. Casi siempre levanta la copa. Y sin embargo.

Los hinchas lo despiden con aplausos. El dolor, ahora mismo, es un motor ruidoso, desgarrador. River debe parar la pelota, espiar todo lo conseguido en estos tiempos y volver a sentirse enorme. No ahora. No es el momento.

Ni las eliminaciones contra Boca, ni las 15 finales. Ni Madrid. Ni las copas de todos los colores. Ahora el recuerdo es por aquella eliminación con Lanús, pero ni siquiera. La cabeza explota, no hay consuelo ni con los recuerdos bonitos ni con las comparaciones odiosas. Bruno Henrique se desata, Diego lo guía, Gabigol es un fantasma que se presenta, aparece, con la desfachatez que acostumbra ser en el Brasileirao.

El tiempo transcurre, la ansiedad va en aumento. Flamengo ataca, River se defiende, muy cerca de Armani, que controla un remate de Ribeiro. Una va a tener, una le va a quedar. Hasta que Pratto pierde una pelota en ataque. Héroe y villano: el fútbol es una ciencia maravillosa. De la mejor noche de su vida en Madrid a esta broma macabra. Gabigol define en la otra frontera, una vez. Dos veces. Se baja el telón, cuando el espectáculo volaba al alargue, como en el Bernabéu.

La época dorada de River, con el sello distintivo de Gallardo, cae en la trampa del descuido fatal. Es una en un millón. Le ocurre ahora, en este instante. La crónica imposible.

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