River y Boca prometen emoción en un final a contramano de la lógica

Diego Latorre
lanacion.com

La emoción de una recta final apretada y un duelo directo entre River y Boca por el título le ponen pimienta al extraño comienzo del 2020. El hecho de que la definición de la Superliga tenga lugar durante un período en el cual los planteles no se han terminado de diseñar, varios entrenadores estrenan sus puestos y muchos jugadores mantienen la expectativa de saber si cambian de club, es una irregularidad más entre las que ya son moneda corriente entre nosotros.

En los últimos años, el fútbol como juego nunca ha sido el plato principal sino un accesorio para la industria, que se ha ocupado de darles prioridad a otros asuntos. Solo interesa el "hay que ganar", desentendiéndose de los tiempos indispensables requeridos para armar un equipo. Si queremos hablar seriamente de fútbol en algún momento habrá que regularizar esta situación. Mientras tanto queda adaptarse a la realidad y entusiasmarse con una disputa que promete siete fechas de alto voltaje.

A nadie se le escapa que River llega a esta etapa con una teórica ventaja. Tiene un entrenador que se ha ganado su papel de líder dentro y fuera del plantel. Ya existe entre Gallardo y sus jugadores, a quienes conoce al milímetro, una relación de afecto, y cuando se logra establecer ese tipo de conexiones, y los éxitos contribuyen a mantenerla, la comunicación fluye tan fácil que se pueden transmitir incluso los deseos. Hoy, el de River es ganar el campeonato local. Sin obsesiones, porque los triunfos internacionales le otorgan un respaldo muy amplio, pero con la firme decisión de rellenar un vacío pendiente, el equipo va a enfocarse en esa meta, y esto es un plus a tener muy en cuenta.

La estabilidad del plantel es otro argumento a su favor. Gallardo aceptó que se fuese un jugador medular como Palacios, pero se quedó Nacho Fernández, mantuvo a los cuatro delanteros y siguen vigente el valor de los laterales y la contribución de los defensores en la gestación del juego. Es decir, los rasgos, el estilo del equipo no se han modificado, más allá de si en algún momento incorpora o no un tercer central. En un fútbol tan cambiante como el argentino esto es un capital de valor incalculable.

Boca, por el contrario, vive un proceso casi opuesto. Tampoco ha tenido grandes cambios en su plantel, que sigue siendo suficiente, pero en el club hay una nueva dirigencia, con Riquelme en un papel preponderante, y un nuevo entrenador consciente de que debe alinearse al flamante proyecto político de la institución.

El desafío es mayúsculo para Russo. Porque necesita definir una manera de jugar y encontrar los intérpretes adecuados para que esta se ejecute con menos de un mes de trabajo. Peor aún, solo tendrá por delante siete partidos para realizar los ajustes imprescindibles en este tipo de procesos.

En apariencia, veremos un Boca con un perfil más creativo y asociativo que en la etapa precedente. Russo no es un técnico manifiestamente ofensivo sino que está más bien ligado al equilibrio, pero creo que las influencias de Riquelme no van a ser menores. No lo digo como un defecto o con una mirada negativa, porque siento afinidad con la idea de fútbol y la sensibilidad de Román para con el juego. Creo entonces que llevó un entrenador con quien puede estar en contacto permanente. Después, por supuesto, tendrá que ser Russo el encargado de transmitir a los jugadores las convicciones necesarias para aplicar y sostener dichas ideas.

También me parece positivo que en este mercado Boca no haya incorporado tantos hombres como en los últimos tiempos. A los jugadores hay que evaluarlos en el contexto en el que se desenvuelven. Es determinante ver con quiénes juegan, qué les pide el técnico, cómo se mueve su equipo. En ese sentido, el año pasado Alexis Mac Allister y Bebelo Reynoso resultaron los grandes perjudicados de un planteo que renunció a la creatividad. Fueron peones obligados a cumplir obligaciones a contramano de sus características naturales. Ahora podrán explotar de otra manera porque van a moverse en un funcionamiento distinto. No son refuerzos porque ya estaban en el plantel, pero les va a cambiar el panorama y pueden tomarse como tales.

No quiero olvidarme del resto de equipos que se ubican en lo alto de la tabla y también sueñan con el título, aunque sus casos son diferentes.

Argentinos Juniors, Lanús o Vélez, a través de distintos caminos, están donde están por méritos propios, superando incluso las expectativas. Pero el fútbol también son momentos y es contagio. La interrupción del torneo los tomó en plena racha positiva y por motivos difíciles de explicar la reconexión no siempre está en la misma sintonía. De hecho, los tres resbalaron el viernes y habrá que ver qué línea continúan hasta el final.

El último detalle es para el regreso de un símbolo como Javier Mascherano a nuestro fútbol y en un club, Estudiantes, que siempre le ha dado importancia a los líderes y los símbolos. Su presencia jerarquiza la Superliga. Ojalá se pueda seguir convenciendo a otras figuras de esta categoría a volver y regalarnos la posibilidad de verlos en el final de sus carreras.

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