El discurso pesimista de Nadal no puede descartarle para Australia

Guillermo Ortiz
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MELBOURNE, AUSTRALIA - FEBRUARY 09: Rafael Nadal of Spain reacts in his Men's Singles first round match against Laslo Djere of Serbia during day two of the 2021 Australian Open at Melbourne Park on February 09, 2021 in Melbourne, Australia. (Photo by Andy Cheung/Getty Images)
Photo by Andy Cheung/Getty Images

La historia de Nadal con las lesiones es un poco la de “Pedro y el lobo”, nunca sabes muy bien a qué atenerte. Desde que en 2003 se hiciera daño en el codo y se perdiera el que iba a ser su primer Roland Garros, el cuerpo de Rafa lleva jugándole malas pasadas cada tres por cuatro. En ocasiones, esas molestias, esos dolores en los entrenamientos, desembocan en algo más gordo. En otras, quedan en nada. ¿Cómo podemos saber exactamente en qué caso estamos este año en Australia? De ninguna manera. Lo más probable es que ni siquiera él mismo lo sepa. Solo queda tirar de golpes seguros, movimientos cómodos y confiar en que a base de masajes y antiinflamatorios los dolores de espalda desaparezcan.

Hace bien, en cualquier caso, Nadal, en transmitir un discurso pesimista. Pocas cosas provocan más antipatía que el escuchar a un deportista quejarse de un dolor después de haber perdido un partido. Si Nadal tiene molestias, suficientes como para apartarle de la ATP Cup la semana pasada, bueno es que lo diga. Si pierde, sabremos a qué atenernos. Además, es posible que haya un componente psicológico que le perjudique en este torneo concreto. Probablemente, su derrota más dolorosa como profesional se produjo en 2014 ante Stanislas Wawrinka en la final del Open de Australia, cuando todo el mundo daba por hecho que se convertiría en el primer jugador desde Rod Laver en ganar al menos dos veces todos los torneos del Grand Slam.

Severamente limitado en sus movimientos, Nadal aguantó hasta el final por dignidad y porque uno no se retira en la final de un grande salvo que sea en ambulancia. No pudo hacerlo en 2010 ni en 2018 cuando tuvo que abandonar sus partidos ante Andy Murray y Marin Cilic respectivamente en cuartos de final, incapaz de competir al nivel requerido. A sus 34 años, cabe la duda de cuánto quiere arriesgar Nadal en Melbourne. Los problemas de espalda son habituales en todos los tenistas y especialmente a partir de determinada edad. Djokovic lleva tres años sufriéndolos y Roger Federer soporta un dolor crónico en la zona desde 2011. Es lógico pensar que si la cosa se complica mínimamente, Nadal hará las maletas y se irá a casa... pero también es lógico pensar que, si se queda, si, como él dice, consigue aguantar un par de rondas más y esa espalda va cogiendo tono, volverá a ser uno de los máximos favoritos para ganar el torneo.

¿Por qué? Bueno, en primer lugar porque la recompensa es enorme. Rafa está ante la primera oportunidad de convertirse en el jugador de la historia que más torneos de Grand Slam ha ganado. Aparte, el reto de igualar a Rod Laver sigue abierto, por supuesto. Una victoria en Australia, para más inri el torneo favorito de Djokovic y el lugar donde Roger Federer ha ganado seis veces, no solo le colocaría el primero en una lista numérica sino que le daría a esa hazaña un contexto especial: no es lo mismo superar a todos en pista dura y con molestias físicas, a unos meses de cumplir los 35, que hacerlo en la “comodidad” de Roland Garros, donde ya ha ganado 13 veces.

En segundo lugar, nadie compite como Nadal. No hablo del mundo del tenis, hablo del mundo del deporte. Sé que es complicado decir esto con el documental sobre Michael Jordan tan cerca en el tiempo, pero incluso Jordan se tomó un tiempo para adquirir esa mentalidad asesina sobre la cancha (un saludo a los Detroit Pistons). Nadal siempre la ha tenido. A Nadal llevamos dieciocho años viéndole remontar partidos imposibles y sobreponerse a toda clase de dolores. Con el paso de las temporadas, Rafa ha sabido reinventarse y convertirse en un jugador tácticamente perfecto. Si en sus primeros años, la exuberancia física parecía ensombrecer ese factor estratégico en el que siempre ha destacado, ahora la evidencia es irrefutable: Nadal no es un chiquito que corre mucho y pasa bolas. Nunca lo ha sido, menos lo es ahora. Nadal es un tipo que cuando salta a la cancha sabe exactamente dónde tiene que poner cada bola para causar la mayor incomodidad al rival. Es un maestro a la hora de sacar la peor versión de su oponente y sin necesidad ya de un despliegue físico extraordinario.

Por supuesto, siempre cabe la posibilidad de que los dolores emporen y que Nadal no quiera jugarse la primavera europea de tierra batida por una lesión más grave. Ahora bien, si las molestias se mantienen en un grado asumible, Nadal es el hombre indicado para asumirlas. Él parece convencido de que el tiempo le ayudará y lo cierto es que el tiempo le ha deparado un cuadro bastante asumible para ir progresando hasta encontrarse mejor. Después de llevarse por delante a Laslo Djere, en segunda ronda se enfrentará al estadounidense Michael Mmoh, que viene de jugar una maratón para empezar el torneo. En tercera ronda, su rival probablemente sería Cameron Norrie, y solo en octavos encontraría seria competencia en el prometedor vasco-australiano Alex de Miñaur. Para eso queda casi una semana.

¿Estará Nadal preparado dentro de una semana para sacar sin dolor? ¿Estará su cabeza lista para el mayor reto, quizá, de su carrera o al menos el que culmine una sucesión de retos impensables? No lo podemos descartar. Lo fácil es pensar “bueno, es Australia, Rafa solo ha ganado una vez en dieciséis años, está lesionado, no tiene nada que hacer...” pero yo me resisto a decirlo con un competidor así de por medio. Si se tratara de cualquier otro, le eliminaría de la lista de candidatos, pero mientras Rafa siga en pie, hay partido. Aunque luego lo pierda como perdió ante Nishikori completamente exhausto aquella medalla de bronce en Río 2016. No se va a rendir, eso está claro. O el dolor le vence o él vence al dolor. Los términos medios, para otros deportistas más humanos.

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