La lección que deben aprender de Rafa Nadal los políticos españoles

Luis Tejo
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Pablo Casado, líder del PP, quitando nieve delante de un centro de salud. Foto: Twitter @FernandoHValls
Pablo Casado, líder del PP, quitando nieve delante de un centro de salud. Foto: Twitter @FernandoHValls

Si nos fiamos de la Real Academia Española y su diccionario, más o menos aceptado universalmente como referencia para el idioma castellano, la definición de “demagogia” es “degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder”. El concepto de “populismo” está menos claro; la Fundéu estima que su uso actual suele referirse a “una forma de hacer política caracterizada por el intento de atraerse emocional y vehementemente el favor popular ofreciendo soluciones simples y poco fundadas a problemas reales y complejos”.

Son términos que se han convertido en armas arrojadizas entre partidarios de distintas tendencias, de los que se abusa tanto que se ha ido perdiendo buena parte de su significado. No obstante, todavía hay momentos en los que, de forma inequívoca, cuadra utilizarlos. Uno de ellos lo ha protagonizado recientemente el presidente del Partido Popular, Pablo Casado, con ocasión de la borrasca Filomena que ha cubierto de nieve buena parte de España, castigando especialmente a la ciudad de Madrid.

El señor Casado se presentó en la puerta de un centro de salud capitalino, armado con una pala, y se puso a apartar nieve para despejar el acceso. Un gesto loable, porque ante una situación tan delicada, sumando las inclemencias naturales con la pandemia de coronavirus que seguimos sufriendo, cualquier ayuda es bienvenida. De hecho, las fotos y vídeos donde aparecía colaborando circulan ampliamente por la red, con intención de dejarle en buen lugar.

Precisamente la presencia de cámaras grabando lo sucedido es lo que levanta suspicacias. ¿Hacía falta relatarlo? Si se difunde, si se busca atención, ¿hablamos de auténtica solidaridad o simplemente de relaciones públicas y de un intento tosco de mejorar la imagen?

Como de costumbre, cada cual juzgará de una manera u otra no en función de los hechos objetivos, sino de sus filias y fobias particulares. Pero la actitud de Casado esta vez no parece propia de alguien que tenga el bien general como su primer objetivo. Sobre todo si se contrasta con la de otros referentes sociales.

El ejemplo más evidente, más sangrante en la comparación, es el de Rafa Nadal. El tenista mallorquín sufrió, como todos sus vecinos, las inundaciones que se produjeron en la parte este de la isla debido a las lluvias torrenciales de octubre de 2018. Al margen de las pérdidas humanas, hubo abundantes daños materiales, como consecuencia del agua que lo arrasó todo a su paso y del lodo que quedó después.

Aparte de ofrecer las instalaciones de su academia para acoger temporalmente a los afectados y de aportar dinero para la reconstrucción, Nadal no dudó en hacerse con una escoba y colaborar en las tareas de limpieza. Lo sabemos porque durante un tiempo se difundieron también fotos suyas en las que se le veía echando una mano. Tuvieron tanto recorrido que medios de comunicación de todo el mundo las replicaron en sus páginas.

Aunque en su momento también se le acusó de ser pura pose, la diferencia entre Nadal y Casado es evidente. El deportista no quiso protagonismo, no buscó darse publicidad, no llamó a la prensa para que diera fe de su acto y lo contara públicamente. Al contrario, fueron los reporteros que estaban allí cubriendo la tragedia (concretamente Jordi Cotrina) quienes, atraídos por la relevancia de la figura de Rafa, acudieron ellos mismos a ver lo que estaba haciendo el tenista.

Además, desde el punto de vista puramente estético la actitud del dirigente popular tampoco quedaba nada creíble. Nadal se calzó las botas, no le importó llenarse de lodo y dedicó tiempo a hablar con sus vecinos e interesarse por lo que les hiciera falta. Casado, mientras tanto, permaneció prácticamente impoluto tras sus tres o cuatro paladas en las que, denuncia algún testigo, hizo poco más que cambiar un par de montones de nieve de sitio.

Rafa estaba allí echando una mano porque de verdad le importaba lo que ocurría. Porque sentía que su aporte podía resultar útil. No porque quisiera (o más bien, necesitara) promocionarse e intentar mejorar su reputación. Y a Casado no le ha salido bien, le están lloviendo críticas, porque aunque a veces parezca lo contrario, la opinión pública no es tan manipulable: distingue perfectamente el altruismo sincero del oportunismo que no busca más que arañar algún voto.

En defensa del mandatario conservador hay que reconocer que esta estrategia tan burda de posar haciendo como que se ayuda viene repitiéndose desde tiempos inmemoriales en la política española. Hay casos míticos y un tanto cómicos, como el de Agustín Hernández también en 2018. Dirigente también del PP en Galicia y antiguo alcalde de Santiago de Compostela, se hizo grabar a orillas del río Sar para denunciar la contaminación de su cauce recogiendo basura que arrastraba la corriente... y volviéndola a lanzar al agua.

Sin salir de Galicia y del PP, también es celebérrima la foto de Alberto Núñez Feijóo cuando aún no era presidente de la Xunta, sino candidato de la oposición. En uno de tantos incendios forestales que sacuden el noroeste peninsular, se le ocurrió aparecer a echar una mano.. en camisa, pantalón de vestir y mocasines. Hace ya 14 años de aquel espectáculo, pero lo ridículo de la imagen aún le persigue.

Eso sí, las imágenes grandilocuentes y ridículas no son patrimonio exclusivo de la derecha. De los muchos ejemplos que hay elegiremos uno particularmente significativo. A Pedro Sánchez, presidente del gobierno hoy electo, allá por agosto de 2019 solo en funciones, no se le ocurrió nada mejor que presentarse en la base militar de Gando, en Gran Canaria, para figurar al frente de los efectivos que se habían encargado de apagar los fuegos que habían azotado la isla ese mes. O más bien que seguían azotando, porque cuando se tomó la imagen el incendio aún no estaba completamente extinguido. Eso no impidió al dirigente socialista retratarse a modo de líder supremo.

En lenguaje coloquial a este tipo de actitudes se las conoce como “postureo”: hacer algo no por sentido del deber, ni por convencimiento real, sino porque imaginamos que va a lucir bien. Lo que resulta difícil de comprender es que a estas alturas no se hayan dado cuenta de que, de cara al público general y obviando a los fanáticos habituales, el resultado que se consigue es justo el contrario. No estaría de más que tomaran ejemplo de Rafa Nadal y se implicaran en los problemas de la gente con sinceridad, naturalidad y huyendo de imposturas que a duras penas engañan ya a nadie.

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