La réplica del fútbol

Agencia EFE

Madrid, 10 ene (EFE).- Cuarenta y cuatro réplicas. Por si a la Tierra no le hubiera bastado con sacudir esa tarde a Haití con un terremoto de 7 grados, el suelo volvió a temblar otras 44 veces en los días que siguieron a aquel 12 de enero de 2010. Una jornada devastadora de la que ahora se cumple una década.

El sismo causó 300.000 muertos y 1,5 millones de damnificados de los que, a día de hoy, 34.000 siguen viviendo en 22 campamentos temporales. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), probablemente permanecerán allí para siempre.

Más de 200 parques y descampados de Puerto Príncipe fueron ocupados por decenas de miles de personas que improvisaron su vida bajo plásticos y sábanas. Cocinar, dormir, asearse: la rutina diaria tuvo que adaptarse a unas condiciones precarias. Los niños también. Pero su réplica fue el fútbol.

La explanada Champ de Mars, en el corazón de la capital y frente al destruido Palacio Presidencial, dio cobijo a 20.000 seres humanos en uno de los mayores campamentos de desplazados. Otro fue el que se instaló en el estadio Sylvio Cator, sede de la selección nacional y que fue bautizado con el nombre del mejor deportista haitiano de la historia. Futbolista y atleta, Cator ganó una medalla de plata en salto de longitud en los Juegos Olímpicos de 1928.

En las porterías del estadio, los niños refugiados improvisaron partidos desde el primer día. En Champ de Mars, en cambio, no había hierba ni porterías.

Tres meses después del terremoto, seis niños del campamento pasaron una tarde, otra más, jugando a lo único que podían jugar. Al deporte más universal y más elemental, del que algunos han hecho un arte: dar patadas a un balón.

El campo fue un pedazo de cemento, encharcado por una lluvia reciente. El balón, una pelota de goma azul. La equipación, solo un pantalón corto. Sin calzado, con las sandalias de goma como postes de una portería imaginaria. Pero con público. Niños y adultos, vecinos del campamento, rendidos al atractivo irresistible de un esférico que rueda.

La banda es una sucesión de tiendas con la bandera china. Carpas donadas a Haití por el país asiático. Cada tienda con su número y con la puerta flanqueada por los enseres más rudimentarios: una palangana, una silla de madera, un cubo. Basura por todas partes, pero entre la basura el oasis de unos niños jugando al fútbol.

La zona de Champ de Mars está diez años después rehabilitada casi en su totalidad. El estadio Sylvio Cator, apenas a un kilómetro, se remodeló y amplió un año después del terremoto con financiación de la FIFA, que, como otros organismos, se implicó de forma activa en la ayuda a Haití.

Aunque el terremoto frenó toda actividad competitiva en el país, en las calles y los campamentos nunca se dejó de jugar al fútbol. Lo mismo que en otros campamentos surgidos luego en otras latitudes: Jordania, Lesbos, Kenia. En todos ellos, como en Champ de Mars, el deporte fue uno de los supervivientes.

Natalia Arriaga

(c) Agencia EFE

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