El obstáculo que frena la ratificación del nuevo Tratado de Libre Comercio entre EEUU, México y Canadá

El nuevo Tratado Libre Comercio México-Estados Unidos-Canadá negociado en 2018 tras fuertes presiones de Donald Trump está empantanado desde entonces y su ratificación se encuentra atorada en la tremenda pugna político-partidaria que existe actualmente en Washington y cuya expresión más notoria es el proceso de destitución presidencial (impeachment) que los demócratas han emprendido contra Trump.

Y aunque el nuevo Tratado de Libre Comercio de América del Norte (conocido como T-MEC o USCMA por sus siglas en español e inglés, respectivamente) fue firmado desde hace más de un año por los mandatarios de México, Estados Unidos y Canadá, solo en el primero de los países se ha cumplido el proceso de ratificación legislativa.

El presidente Donald Trump, el primer ministro de Canadá Justin Trudeau, a la derecha, y el presidente de México, Enrique Peña Neto, a la izquierda, participan en la ceremonia de firma de la T-MEC, el viernes 30 de noviembre de 2018 en Buenos Aires, Argentina. (AP Foto / Pablo Martinez Monsivais)
El presidente Donald Trump, el primer ministro de Canadá Justin Trudeau, a la derecha, y el presidente de México, Enrique Peña Neto, a la izquierda, participan en la ceremonia de firma de la T-MEC, el viernes 30 de noviembre de 2018 en Buenos Aires, Argentina. (AP Foto / Pablo Martinez Monsivais)

En Canadá se deberá esperar a que arranque la nueva legislatura a principios de diciembre para darle trámite, lo que en principio parecería que no tendrá obstáculos sustantivos, al menos por lo que hasta ahora se ha planteado al respecto, aunque se afirma que el proceso de ratificación canadiense del tratado que substituirá al NAFTA se ha demorado por el interés de Canadá de esperar a que primero lo avale el Congreso de Estados Unidos.

Y allí es dónde se encuentra el obstáculo principal.

Ciertamente, el NAFTA es un instrumento que se ha quedado un tanto rezagado (fue negociado a principios de la década de 1990 y entró en vigor en 1994) y no consideró varios elementos clave que entonces y hoy han sido fuente de controversia. Por ejemplo, provisiones para proteger el empleo de los estadounidenses y elevar el salario de los trabajadores mexicanos para ofrecerles opciones dignas y contener la inmensa diferencia en el costo laboral que incentiva a las empresas a trasladar operaciones de Estados Unidos a México.

Con todo, también se ha señalado que el impulso para modificarlo fue la idea de Trump de que el NAFTA era un pésimo tratado, que era causante de la transferencia de buena parte de la industria manufacturera estadounidense a México, y que él podría (en sintonía con sus promesas de campaña y su narcisismo) lograr un acuerdo mejor. Sus presiones proteccionistas, aranceles y demás ciertamente fueron severas y al final Trump forzó la renegociación.

Y es de señalar que, desde que el NAFTA se planteó hace más de 25 años, en México se criticó que ese tratado era una rendición en muchos aspectos a EEUU y a las grandes corporaciones trasnacionales, por ejemplo al liberalizar rudamente el sector agrícola mexicano y con ello dejar en un desamparo aún mayor a los campesinos de México, al abrir ampliamente el comercio a importaciones que dañaron la industria nacional y al no incluir provisiones que protegieran a los trabajadores y al medio ambiente.

Varios poderosos sindicatos estadounidenses se oponen al T-MEC como fue negociado por EEUU, México y Canadá y exigen cambios en materia laboral, medioambiental y del nercado de medicamentos. (Reuters)
Varios poderosos sindicatos estadounidenses se oponen al T-MEC como fue negociado por EEUU, México y Canadá y exigen cambios en materia laboral, medioambiental y del nercado de medicamentos. (Reuters)

Una parte sustancial de la migración de mexicanos a EEUU en la década de 1990 y 2000 se debió a que no hubo en su país de origen nuevas opciones de vida digna y, en cambio, para campesinos y obreros pobres solo quedó la opción de emigrar, pues incluso el auge de la industria maquiladora solo ofreció salarios bajos y plazas insuficientes o en condiciones precarias.

Sea como sea, México ya ratificó el T-MEC y Canadá presumiblemente lo hará. Pero no hay claridad sobre la parte estadounidense, pues no solo el asunto ha caído en medio de la agitación del “impeachment” sino que, también, al acercarse cada vez más las elecciones presidenciales de 2020, existen fuerzas que no ven con malos ojos negarle al presidente una de sus promesas políticas mayores (si bien, en la práctica, mucho del NAFTA persiste en el T-MEC) e incluso hay los que considerarían que, si Trump no lograra su reelección, se abriría la posibilidad para modificar varios elementos del T-MEC.

Pero en realidad son algunos ajustes clave, sobre todo los exigidos por varios influyentes sindicatos, los que han frenado la ratificación del T-MEC.

La mayoría demócrata en la Cámara de Representantes –que tiene importantes ligas con los sindicatos– ha debido atender los reclamos de ellos tanto por razones sociales e ideológicas como, especialmente, porque requieren de su apoyo en el crucial proceso electoral de 2020.

Eso es especialmente punzante porque, en 2016, Trump ganó la presidencia, en buena medida, al lograr hacerse del voto de demócratas agraviados por los efectos socialmente destructivos de la globalización: trabajadores y sindicalistas que perdieron su empleo o vieron mermado su patrimonio cuando las fábricas en las que laboraban se mudaron a otros países, entre ellos a México, fueron una fuerza electoral de peso que favoreció a Trump, por poco pero suficientemente, en los estados decisivos de Michigan, Pennsylvania y Wisconsin.

De cara a 2020, los demócratas aspiran a recuperar esos votos y a incrementarlos como una vía para frenar la reelección de Trump. En ello, los términos del T-MEC tienen un valor significativo para los sindicatos y sus bases.

En ese sentido, los demócratas (cuya mayoría en la Cámara es indispensable para que se avance en la ratificación del T-MEC) han exigido incluir mayores protecciones para los trabajadores estadounidenses y para el medio ambiente y romper monopolios en la industria farmacéutica que mantienen elevados los precios de los medicamentos en EEUU.

Los demócratas y la administración de Trump han discutido el asunto durante meses y aunque existirían ya ciertos acuerdos, tanto el presidente como la líder demócrata, Nancy Pelosi, se culpan entre sí por el rezago.

La líder demócrata en la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, negocia con sindicatos, por un lado, y con el gobierno de Trump, por otro, ajustes al T-MEC. (Reuters)
La líder demócrata en la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, negocia con sindicatos, por un lado, y con el gobierno de Trump, por otro, ajustes al T-MEC. (Reuters)

Y lo cierto es que ninguna de las partes desea concederle a la otra elementos para clamar victoria política en el tema del T-MEC. Además, en el supuesto de que los ajustes a ese tratado requirieran una nueva negociación y ratificación por parte de México y de Canadá, eso supone que la aprobación final del T-MEC podría aún demorar tiempo, incluso aunque Pelosi y Trump lograsen un acuerdo pronto.

En contrapartida, la posibilidad de que todo se quede atorado en medio del “impeachment” y las campañas electorales de 2020 es importante.

Es por ello que Trump y los republicanos han insistido en que los demócratas den su aval ya, y los demócratas se han tomado su tiempo, por razones de fondo y también por pragmatismo.

Con todo, analistas han señalado que los impactos del nuevo T-MEC serían moderados: aunque creará empleos en EEUU, no lograría cumplir la noción de Trump de devolver masivamente empleos desde México y, al menos en su forma actual, mejoraría solo de modo reducido las condiciones salariales de los trabajadores mexicanos.

Si el acuerdo logrará de modo efectivo mejorar el medio ambiente en los tres países signatarios y las condiciones generales de vida de sus habitantes, sobre todo de los más pobres, es aún una interrogante mayor.

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