Neymar y Mbappé protagonizan el mayor fracaso del año en Europa

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Neymar sale del campo abatido mientras su compañero Mbappé intenta consolarle y le pone la mano en el pecho.
Mbappé (izquierda) y Neymar se lamentan tras el último partido del PSG. Foto: Fred Tanneau/AFP via Getty Images.

Más de un analista se queja, con razón, del abuso de la palabra "fracaso" en el mundo del deporte. Tendemos a olvidarnos de que en la competición profesional son muchos los equipos que luchan por exactamente el mismo objetivo y solo puede triunfar uno. Y de que hay incontables factores que pueden llegar a influir en que ese éxito llegue o se escape de las manos por algún detalle menor y casi imposible de controlar.

Existen, sin embargo, casos concretos en los que el uso de un término tan duro está plenamente justificado. Sin ningún lugar a dudas, la temporada 2020/2021 que acaba de terminar para el París Saint-Germain se ajusta perfectamente a la definición. Por agresivo que suene, no hay otra manera de calificar el curso para el equipo de la capital de Francia, en vista de los resultados conseguidos.

Porque el PSG, la entidad que se compró hace ya una década la familia real de Catar, uno de esos clubes-estado financiados por petrodólares en cantidades ilimitadas, solo ha metido este año en sus vitrinas la Copa de Francia. Que no está mal: es un trofeo perfectamente válido y hace ilusión llevárselo. Pero, al igual que ocurre con las copas nacionales de prácticamente todo el continente, hablar de ella sin recordar que su prestigio y su importancia se han devaluado sería hacerse trampas al solitario. Para equipos más modestos ganarla sí es un éxito tremendo y basta para salvarles la temporada; a otros más grandes les sabe a poco.  

El objetivo real del PSG, como siempre últimamente, era la Champions League, en la que, una vez más, se han quedado a las puertas de la gloria. En esta ocasión han llegado a semifinales, donde les ha derrotado con contundencia el Manchester City, el otro gran referente en cuanto a su mismo modelo de gestión. Porque dentro de Francia se daba por hecho que iban a arrasar en la Liga. No tienen rival: son insultantemente superiores tanto en presupuesto como en calidad individual de los jugadores que forman la plantilla, como daban a entender los siete títulos conseguidos en los últimos ocho años, algunos de ellos con diferencias de puntos escandalosas.

Y sin embargo, se las ha apañado para acabar en el segundo puesto. La colección de superestrellas que lidera Neymar, y que secundan Kylian Mbappé, Verratti, Keylor Navas, Icardi, Di María, Rafinha, Ander Herrera y tantos otros, ha quedado en el campeonato nacional por detrás de un Lille en el que no hay figuras destacadas más allá del veteranísimo central portugués José Fonte y del no menos experimentado delantero turco Burak Yilmaz, y que no se ha gastado en fichajes más que los 30 millones pagados al Gante por el canadiense Jonathan David.

Mbappé, con los brazos en jarras, pone cara de resignación tras un partido del PSG.
Mbappé muestra con su cara de resignación tras el último partido liguero la decepción que ha sido esta temporada para el PSG. Foto: Xavier Laine/Getty Images.

Es, sin discusión, un palo tremendo para un equipo construido a puro golpe de talonario con la única misión de ganar. No hay que olvidar que en la nómina parisina está precisamente Neymar, tercero en discordia en la lucha por el trono al mejor futbolista del mundo (quizás de momento no pueda presumir de eso... pero sí de haber sido el más caro). Y que Mbappé, a sus apenas 22 años, está llamado a competir con Erling Haaland por ese mismo honor durante la próxima década.

¿Qué ha fallado en el PSG? Quizás muchas cosas y ninguna a la vez. Un primer gran error puede ser, paradójicamente, que los soberanos cataríes gastan mucho dinero en el club, pero no necesariamente lo hacen bien. La plantilla está llena de jugadores extraordinarios, de esos que fácilmente entrarían en los cinco mejores del planeta en su puesto, en todas las líneas... salvo en la defensa. Kimpembe, Marquinhos, Florenzi, Bakker, Dagba, Kurzawa, Kehrer, Bakker, Diallo... no son mediocres, ni mucho menos, pero nadie colocaría a ninguno de ellos en los escalones más altos de la clasificación mundial de zagueros. 

Prueba de ello son los hasta ocho partidos perdidos a lo largo de la temporada, una cifra difícil de asumir para una plantilla que quiera triunfar, con el agravante de que hasta cinco de ellos fueron en casa. Y sin embargo, en los mercados de fichajes no se incorporó ni un solo hombre de retaguardia, más allá de la cesión del romanista Florenzi. El PSG gastó 56 millones en reforzar dos posiciones que ya tenía más que cubiertas: seis por el portero suplente Sergio Rico y el resto por el traspaso definitivo de un delantero más como Mauro Icardi. Y se dejó ir a Thiago Silva, lo más parecido que tenían a un referente en la mitad trasera del campo, alegando que sus 35 años eran demasiados.

El diseño del plantel no parece el mejor. Porque los capitalinos se han olvidado de que son un club no ya de París, sino incluso de Francia. Extrañamente, porque hablamos de los vigentes campeones mundiales y subcampeones de Europa, ahora mismo solo se cuentan cinco jugadores convocables por les Bleus en el primer equipo. De ellos, uno (Letellier) es el tercer portero y tres forman parte de la denostada línea defensiva; el quinto, Mbappé, aunque es parisino de nacimiento, se crio como futbolista en el Mónaco y llegó hace tres años por otra cifra obscena: 180 millones de euros.

El árbitro saca una tarjeta roja a Presnel Kimpembe mientras este se encara con el banquillo rival.
Presnel Kimpembe (de blanco, a la izquierda) es uno de los pocos referentes locales que tiene el PSG. Foto: Xavier Laine/Getty Images.

Ese es otro problema adicional: la falta de identidad. Solo Letellier, Kimpembe y Dagba han salido de la PSG Academy. La entidad funciona como una especie de selección mundial (con graves carencias) pero todo apunta a que no ha conseguido generar un compromiso y una identificación con su entorno que les haga tirar de orgullo cuando las cosas se pongan feas. El ejemplo comparable más parecido es el del Manchester City, que también es una especie de Naciones Unidas en miniatura, pero aun así las cosas se han hecho de manera diferente: los ingleses Sterling, Walker y Stones tienen un papel destacadísimo desde hace ya muchos años, y recientemente ha emergido la figura de Phil Foden, un talento criado en la casa y seguidor del equipo desde niño que ya es uno de los grandes protagonistas en los esquemas de Guardiola y que, con solo 20 años, tiene por delante mucho futuro con la camiseta celeste.

Contar con el entrenador catalán es también una ventaja de la que no dispone el PSG. Algo que, en parte, es por decisión propia. No es que hubieran podido hacerse con los servicios del mismo Pep (aunque con la oferta adecuada quién sabe), sino que podrían haberse generado el suyo propio. Bastaba con haber mantenido la confianza en Thomas Tuchel, que había llegado al Parque de los Príncipes en 2018 y en dos años enteros consiguió otras tantas ligas y una copa, además de ser, por ahora, el que más lejos ha llegado en la Champions en la historia del club al meterlo en la final del verano pasado.

Pero la campaña recién terminada empezó con dos derrotas, debidas en parte al rosario de bajas que sufrió el plantel debido al coronavirus, y pese a que el equipo se rehizo y ganó ocho encuentros consecutivos, dos derrotas y dos empates más le hicieron llegar a Navidad en el tercer puesto, aunque solo un punto por debajo del liderato. Demasiado poco para la dirección deportiva, que optó por prescindir de los servicios del técnico alemán justo después de ganar 4-0 al Estrasburgo, en una decisión que no mucha gente comprendió y que se enmarca, más que en el rendimiento deportivo, en las tensiones internas que se vivían en los despachos.

Mauricio Pochettino hablando con Neymar.
Mauricio Pochettino (derecha) dando instrucciones a Neymar. Foto: Franck Fife/AFP via Getty Images.

Tuchel se fue al Chelsea, donde no parece haberle ido mal, y el viaje contrario de Londres a París lo hizo Mauricio Pochettino. El entrenador argentino era uno de los nombres de moda en el panorama europeo, habiendo estado vinculado en su momento al Real Madrid, y además contaba con la ventaja de haber sido años atrás jugador de los rojiazules. Y en el Tottenham había tenido un desempeño decente, con el subcampeonato en la Champions de 2019 y el de Liga dos años antes como logros más destacados. 

¿Suficiente para un nivel de exigencia mucho mayor como hay en París? Si hubiera salido bien, nadie lo dudaría. Pero tras perder otros cuatro partidos ligueros y tres más en Champions (los cuartos de final contra el Bayern de Múnich los superó solo por el valor doble de los goles en campo contrario), aunque ahora suene ventajista, quizás se pueda decir que la decisión no fue la más adecuada y que su perfil no era el más ajustado a las necesidades urgentes del PSG. Y aun así, durante algunos momentos parecía que lo podía conseguir: en la jornada 30ª llegó a recuperar el liderato.

De nuevo, habría que darle tiempo para que desarrollara un proyecto a su medida, tirando, como suele hacer, de jugadores de la casa. El problema es que en París no hay un minuto que perder y se necesitan buenos resultados de manera inmediata. Los jeques han formado una plantilla con un valor de mercado actual según Transfermarkt superior a los 800 millones, por la que en realidad han pagado bastante más. Semejante desembolso exige resultados. Y si no llegan, hablamos de un fracaso. Sin medias tintas.

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