El nuevo símbolo de las protestas en Chile es la capucha y su éxito hace que el Gobierno las quiera prohibir

Los chilenos siguen en las calles. Tras dos meses de protestas, las manifestaciones continúan siendo muy numerosas y las reivindicaciones no decaen. Lo que empezó siendo una crítica al aumento del precio del sistema público de transporte, ahora es también una protesta permanente a la corrupción de los políticos, a las injusticias, a las pensiones, a la precarización laboral o por supuesto al número de feminicidios. Precisamente, en estas semanas se ha hecho viral en todo el mundo la canción de “Un violador en mi camino”, un baile feminista con un poderoso mensaje contra la violencia machista.

Una manifestante con capucha en Chile (Photo by Marcelo Hernandez/Getty Images)
Una manifestante con capucha en Chile (Photo by Marcelo Hernandez/Getty Images)

Su origen viene del colectivo Las Tesis y empezó siendo una sencilla actuación en las calles de Valparaíso. Pero la canción, la coreografía y su iconografía rápidamente han cruzado países y continentes.

En la ‘performance’, muchas mujeres llevan los ojos tapados con una venda, pero también empieza a ser frecuente que lleven una capucha cubriendo el rostro. Esta prenda cada vez es más popular en Chile y el Gobierno está decidido a castigar su uso.

Tradicionalmente se asocia a los encapuchados en una manifestación como aquellas personas que se aprovechan del anonimato que les da este complemento para ejercer la violencia. Unas acciones que normalmente lo único que hacían era deslegitimar las protestas y que eran muy censuradas por la sociedad. Esta situación está cambiando rápidamente en Chile, a medida que crece su utilidad en las manifestaciones.

Son dos las razones fundamentales por la que las están usando: en primer lugar, para tener una protección, muy leve eso sí, contra los gases lacrimógenos que arroja la policía contra los manifestantes.

La segunda es para ocultar la identidad y evitar ser reconocidos por las autoridades. Pero más allá, de estos motivos, las capuchas cada vez tienen más valor simbólico y los colectivos feministas así las están adoptando.

Las imágenes de mujeres protestando encapuchadas cada vez son más frecuentes. La popularización de la prenda es tan grande que incluso una diputada, Pamela Jiles, acudió a la sesión del Congreso el pasado 12 de diciembre puño en alto y con una capucha amarilla en su cabeza.

Pamela Jiles encapuchada en el Congreso (REUTERS/Rodrigo Garrido).
Pamela Jiles encapuchada en el Congreso (REUTERS/Rodrigo Garrido).

¿Fin a las capuchas?

Sin embargo, este nuevo símbolo puede tener los días contados porque el Gobierno de Piñera ya se ha puesto manos a la obra para acabar con él. Desde principios de noviembre hay un proyecto de ley en el Congreso que pretende penalizar el uso de capuchas en espacios públicos. De prosperar, estarían prohibidas en las manifestaciones y se vería aumentada la pena si el infractor lleva el rostro oculto.

El Senado ya ha dado luz verde y el proyecto sigue sus trámites legislativos. Una medida que no va a ser fácil de aplicar. Igual que los cánticos, la presencia de la capucha más allá de Chile también empieza a ser reseñable. Los chilenos han conseguido que sus protestas sean globales a ritmo de bailes y símbolos.

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