¿Por qué cada año hay menos regateadores en la Liga?

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Leo Messi deja sentado a un rival tras regatearlo en un partido de Copa de Europa. (Foto Tim Clayton/Corbis via Getty Images)
Leo Messi deja sentado a un rival tras regatearlo en un partido de Copa de Europa. (Foto Tim Clayton/Corbis via Getty Images)

El arma más valiosa para desmontar defensas, desbordar sistemas defensivos y marcar la diferencia se encuentra en un proceso gradual de extinción: cada vez quedan menos jugadores que busquen regatear. Desde hace un tiempo, en el fútbol base se penaliza la ejecución del desborde individual en contraposición a la táctica colectiva.

El pase-pase-pase hasta encontrar la ranura defensiva en lugar de la acción individual que pueda sortear rivales y generar ventajas. Considerada como una acción poco beneficiosa para el juego coral del conjunto, el regate en la élite ha quedado relegado a un segundo plano y camina hacia a la desaparición.

El taconazo de Redondo en Old Trafford, Ronaldo burlándose de los porteros con sus bicicletas, la genialidad de Djalminha ante el Real Madrid, la obra de Leo Messi cincelada detalle a detalle ante el Athletic Club, la cola de vaca de Romario en El Clásico, Nabil Fekir escondiendo el cuero contra el Real Madrid mientras demostraba todo el fútbol de calle que alberga en su interior, Neymar danzando ante rivales, Ronaldinho patentando la elástica, Zidane y su ruleta ante el Real Valladolid y el eterno Joaquín superando adversarios con 38 palos. Momentos únicos que amenazan con no volver por la evolución de un deporte excesivamente calculado al milímetro.

De este modo, solo hace falta recorrer los campos de fútbol base españoles para toparse de bruces con la realidad. Si un futbolista joven decide realizar una acción de desequilibrio ante un defensa y el resultado no es el esperado, los gritos desde la grada y cuerpo técnico se alzaran como un resorte para castigar la decisión. Acto seguido, aparecerá un graznido rezando “pero pasa la pelota, pasala!”. En cambio, si sale bien, nadie se quejará, porque ese movimiento habrá generado un sinfín de ventajas para sus compañeros.

En esta línea, pocos son los entrenadores que se encargan de fomentar e impartir el arte del regate. De estimularlo, provocarlo y dar rienda suelta a la creatividad e inventiva de los jóvenes talentos. En un fútbol que avanza hacia la excesiva organización, la premisa siempre es “no la pierdas”, con lo que los regateadores escasean nacionales desde hace años.

La constante utilización de la táctica medida al detalle y el conservadurismo ha invadido nuestro deporte en detrimento del desequilibrio individual y la desorganización. El regate, aislado y dirigido a momentos muy puntuales para genios de un talento único.

No es casualidad que los clubes de la Liga viajen al último reducto del fútbol salvaje, Sudamérica, para hallar lo que no encontraran en nuestro país: la fantasía. Vinícius Júnior, Rodrygo, Reinier, Matías Vargas, Darwin Machís, Lucas Ocampos, Fabián Orellana o Pervis Estupiñan. Así, tan solo 3 de los mayores 10 dribladores de la Liga son españoles: Mikel Oyarzabal (56 regates en total), Gerard Moreno (48) y Denis Suárez (47).

En este sentido, es muy habitual ver a un equipo defender hombre contra hombre y al otro sucumbir ante el plan de partido por no poseer la habilidad de superar las marcas individuales. Si el 1vs1 recoge la esencia del fútbol más puro, la de dejar atrás a tu rival gracias a la capacidad de vencer en la acción individual, es sencillo observar cómo muchos futbolistas colapsan en estos sistemas defensivos por falta de recursos propios.

Por ello, el arte del regate sigue siendo un bien muy preciado, prácticamente único. Lejos de ser un ejemplo de individualismo o egoísmo, el desequilibrio individual edificado a través del arte del engaño y la imaginación genera un número intangible de recursos.

Porque tocar y mover está muy bien, pero no hay nada como dejar atrás a un rival tumbado en el suelo tras realizar una acción explosiva que hace caer el sistema defensivo del oponente en cadena como si de un castillo de naipes se tratase tiene un valor incalculable. Larga vida al regate.

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