La tenista Naomi Osaka eleva su voz tras ponerse una mascarilla

Elena Bergeron
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La tenista profesional Naomi Osaka de Japón en el estadio Arthur Ashe de Nueva York, el 13 de septiembre de 2020. (Chang W. Lee/The New York Times)
La tenista profesional Naomi Osaka de Japón en el estadio Arthur Ashe de Nueva York, el 13 de septiembre de 2020. (Chang W. Lee/The New York Times)

Como suele suceder, la entrevista de Naomi Osaka después del partido tocó una fibra sensible.

Ocurrió dos años después de que salió al primer plano tras una victoria conmovedora sobre Serena Williams en la final de singles femenil del Abierto de Estados Unidos de 2018, donde se mostró pequeña y expuesta, al llorar enfrente de un público que había apoyado a su oponente.

Ahora, en septiembre, después de ganar el Abierto de Estados Unidos por segunda ocasión, el analista de ESPN, Tom Rinaldi le pidió a Osaka que explicara por qué había entrado a cada uno de sus siete partidos usando una mascarilla con el nombre de una víctima negra de la violencia racista.

“¿Qué mensaje quisiste enviar?”, le preguntó Rinaldi a Osaka.

“Bien, ¿qué mensaje recibiste?”, respondió. “Creo que el punto es que la gente comience a hablar”.

Su respuesta, una volea que le regresó por reflejo, precisa y con un poco de efecto, reveló a una mujer completamente distinta de la que se había marchitado bajo un abucheo insoportable en el estadio Arthur Ashe después de ganar su primer título del Abierto de Estados Unidos.

Sep 8, 2020; Flushing Meadows, New York, USA; Naomi Osaka of Japan wearing a George Floyd mask hits balls into the stands after her win against Shelby Rogers of the United States in the womenÕs singles quarter-finals match on day nine of the 2020 U.S. Open tennis tournament at USTA Billie Jean King National Tennis Center. Mandatory Credit: Robert Deutsch-USA TODAY Sports
Naomi Osaka usa una mascarilla con el nombre de George Floyd, cuyo asesinato levantó las protestas antirraciales en EEUU. (Foto: Robert Deutsch-USA TODAY Sports)

Conforme ha crecido su estrella, Osaka se ha descrito frente a los entrevistadores como tímida y callada, aunque su hermana mayor, Mari, la compara con el personaje Stewie Griffin, del programa animado de televisión “Padre de familia”, cuyo genio malévolo está subvertido por las limitaciones de ser un bebé. Esa conducta bastaba mientras Osaka navegaba el mundo como una advenediza efervescente.

Cuando llegaba el momento de sincerarse sobre casi cualquier tema profundo, Osaka solía dejar que las palabras se enroscaran en su interior como una manguera sin desenrollar. Sin embargo, en 2020, Osaka encontró su voz y la calma para decir lo que pensaba cuándo y cómo lo considerara pertinente, un brinco inmenso para una superestrella mundial que alguna vez se sintió demasiado cohibida como para exhortarse incluso en la cancha. Con el tiempo para involucrarse en protestas pro derechos civiles debido a la pausa en el tenis que produjo la pandemia, Osaka encontró el espacio para desenmarañar sus pensamientos a fin de expresar una demanda urgente e inequívoca de cambio.

Al hacerlo, se volvió tan precisa y eficaz en su protesta como lo ha sido en su tenis, al ofrecer su versión del poder blando: el despliegue de un activismo audaz moldeado por su comprensión única del mundo y su lugar en él.

En un 2019 que calificó como “en forma de U”, la crudeza y la honestidad de Osaka transmitieron las profundidades de su frustración por todo lo que había batallado después de sus trepidantes victorias en torneos de Grand Slam. Después de una racha de dieciséis triunfos en eventos de Grand Slam, sufrió una derrota inesperada en el Abierto de Francia de 2019 en su tercer partido y perdió de manera sorpresiva en la primera ronda de Wimbledon. Después de Wimbledon, se enfrentó a reporteros que le presentaron varias versiones de la misma pregunta: ¿cuál es tu problema?

“Todavía no tengo respuestas para algunas de sus preguntas”, admitió con brusquedad frente a un cuestionamiento, durante una conferencia de prensa de la que salió diciéndole a un moderador: “Siento que estoy a punto de llorar”.

Era una exhibición problemática: sus entrevistas pospartido se sentían como escuchar el estetoscopio de un doctor a escondidas. Osaka tan solo ofrecía tristeza y frustración, sin ninguna comba.

Claro está, no puso mucho a prueba su tenis en los meses posteriores porque la pandemia detuvo la gira de la Asociación Femenina de Tenis (WTA, por su sigla en inglés) a mediados de marzo junto con el resto de las principales ligas deportivas. Osaka utilizó la inactividad para mirar el mundo desde su posición privilegiada. “Pude enfocarme en cosas ajenas al tenis y vivir mi vida fuera del tenis de un modo que nunca había experimentado y que probablemente nunca volveré a vivir”, comentó. “Pude tomar más tiempo personal, más tiempo para la introspección, más tiempo para entender y ser testigo del mundo que me rodea”.

Sin la visión estrecha de un calendario tenístico, Osaka mostró los efectos de las marcas a la psique que le produjo el ataque violento en contra de los afroestadounidenses. En los días posteriores al asesinato de George Floyd ocurrido en mayo a manos de la policía de Minneapolis, Osaka voló con su novio, el rapero Cordae Dunston, para protestar en esa ciudad y luego escribió un artículo de opinión para Esquire en el que desafió a esa sociedad a “atacar el racismo sistémico de frente, que la policía nos proteja y no nos mate”.

Aunque la defensa de Osaka de cada parte de su identidad —japonesa, haitiana, criada un tiempo en Estados Unidos— le ha brindado rentables vías de patrocinio, a menudo ha resaltado su origen negro cuando los comentaristas lo minimizan.

En agosto, el día previo a que Osaka disputara su primer partido en el Abierto de Western & Southern, Jacob Blake recibió disparos por la espalda de la policía de Kenosha, Wisconsin.

Para su partido de cuartos de final, las protestas renovadas habían llegado a los deportes profesionales de Estados Unidos, y hubo equipos de la NBA, la WNBA y la MLB que optaron por detener las competencias el 26 de agosto.

Ese día, Osaka salió de la cancha con el plan de retirarse del torneo. Sin una llamada a un sindicato de jugadores, sin una reunión de equipo. Stuart Duguid, su representante, le pidió que demorara el anuncio unos diez minutos mientras se las arreglaba para darles el aviso a sus patrocinadores y al torneo. Hecho esto, Osaka publicó un comunicado meticulosamente enmarcado en sus distintas cuentas de redes sociales para explicar su postura.

En unos minutos, el director ejecutivo de la WTA, Steve Simon, llamó a Duguid para rescatar su participación. A la postre, Simon, junto con otras autoridades de tenis y del torneo, accedieron a poner en pausa la competencia.

Fue una demostración inequívoca del poder de Osaka en el deporte, una autoridad que todavía predica de manera considerable tras ganar.

El 1 de septiembre, cuando regresó al estadio Arthur Ashe para su partido inaugural del Abierto de Estados Unidos, una columna de pelo y unos audífonos voluminosos en forma de tiara enmarcaron la mascarilla que llevaba con el nombre de Breonna Taylor, una profesional de la salud de 26 años que fue asesinada en marzo durante una redada en su apartamento de Louisville, Kentucky.

Ahora, ya sabemos cómo se desarrolló ese torneo, cómo Osaka se recuperó de un set y un rompimiento abajo para derrotar a Victoria Azarenka, y luego la réplica a Rinaldi. El triunfo la dejó “completamente exhausta, física y mentalmente”, y se negó a participar en un programa diurno de entrevistas.

En cambio, para tomarse el retrato oficial de los campeones al día siguiente, se enfundó en el que lucía como una versión corta de un vestido karabela, un atuendo tradicional haitiano para las celebraciones, y una pañoleta en la cabeza. Después, Osaka y su familia fueron a Haití, la patria de su padre, para reconectar con el pasado, un viaje que llamó “una increíble experiencia emocional que atesoraré”.

En la actualidad, a dos meses de su victoria y con el fin de año a la vuelta de la esquina, Osaka todavía no puede darles voz a los detalles sobre los cambios en su vida, su carrera y sus metas. “Creo que durante un tiempo no tendré una respuesta concreta para esa pregunta”, comentó.

Cuando la tenga, nos la hará saber.

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This article originally appeared in The New York Times.

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