Polo: la final del Abierto de Palermo tuvo poco público, pero no le faltaron las celebridades

Alejo Miranda
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Los balcones del edificio de la calle Arce, lindantes con la cancha 1, estaban repletos. Nadie quería perderse la final, pero sólo unos pocos tuvieron ese privilegio: hubo familiares de los jugadores, invitados de los sponsors y algo de público (hubo 500 entradas en venta). Parecían más. Fue una final distinta a todas, con tribunas semivacías, pero no es poco que haya tenido su cuota de pasión, la que le dio a la final del Abierto de Palermo el marco que un partido así merecía.

"Una más y no j... más", cantaba la gente de La Dolfina. No podían faltar en un nuevo título para el equipo de Adolfo Cambiaso la hinchada de Cañuelas y las banderas de Uruguay que siempre apoyan a David Stirling. Aunque en versión reducida, las parcialidades de los dos equipos se hicieron sentir desde la tribuna de Dorrego.

Dos meses y medio atrás, toda la temporada estaba en jaque. Que se haya llegado a jugar completa y que el partido más importante haya contado con algo de público no dejan de ser un gratísimo balance. Precisamente en ese punto se centró el presidente de la Asociación Argentina de Polo, Eduardo Novillo Astrada (h.) en su discurso de cierre; previamente, por televisión, había admitido que había que "renovar el césped de las canchas", que mostraron un alto déficit. Contra todas las adversidades, el certamen se desarrolló normalmente y hasta con afluencia de público en los últimos dos fines de semana, algo poco usual para cualquier deporte en la Argentina en esta época signada por el coronavirus. Hasta el clima ayudó.

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Las pocas entradas a la venta se cotizaban en dólares. Por US$ 200 se podía adquirir un palco A o B. El Beerhouse de Imperial estaba repleto. La calle de detrás de las tribunas, aunque mucho más despoblada que de costumbre, conservaba el glamour de siempre. Alberto Pedro Heguy y su mujer, Silvia Molinari, muy elegantes, engalanaron la platea C. Iván de Pineda, infaltable en las grandes citas palermitanas, dio el presente una vez más. La modelo Jujuy Jiménez se llevó todas las miradas.

Todo, en pequeñas dosis, casi como los goles que hubo en la cancha. Pero suficiente como para que la final no perdiera su encanto.

La jornada comenzó al mediodía, con la final del Abierto Femenino. Desde entonces ya se palpitó que sería distinto el clima al de las fechas previas. Considerando las circunstancias, hubo buena concurrencia en la cancha 2 para ver el triunfo de El Overo Z7 UAE sobre La Dolfina Brava, y también algarabía para apoyar a un equipo u otro. Pampita Ardohain le entregó la copa al campeón.

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Fue extraño no ver al Regimiento de Granaderos a Caballo ejecutar el Himno Nacional antes del comienzo. Tampoco estuvieron los clásicos desfiles equinos que en los últimos años amenizaban la espera. Apenas la canción patria y la presentación de los equipos. El detalle, no menor, fue el reconocimiento a los médicos, grandes protagonistas en el año de la pandemia.

Durante el partido, el público se enganchó con las protestas de los jugadores a los referís. Se despertó en los últimos dos chukkers, los más vibrantes de un partido trabado. Se sobresaltó, también, cuando Gonzalo Pieres (h.) estuvo a punto de estrellarse contra las vallas de contención sobre la Avenida del Libertador en un intento de salvar un córner. ¿Tenía sentido ponerlas tan cerca del fondo de la cancha? ¿Tenía sentido ponerlas cuando casi no había público?

El cierre fue con La Dolfina festejando con champagne en el podio. La entrega de premios resultó discreta, protocolar. Por ejemplo, Cuartetera B06 no asistió a recibir su manta, que recayó en su dueño, Cambiaso. Cada jugador con su barbijo reglamentario (requisito que insólitamente no se vio en los palenques, tribunas y stands de invitados) retiró la copa respectiva por su cuenta. "We are the champions", de Queen, sonó por los altoparlantes y Pelón Stirling se encargó de bañar a sus tres compañeros. Una imagen repetida en un contexto distinto.