La platea vip, otra triste prueba de que el fútbol es para los vivos

Cristian Grosso
·4  min de lectura
¿Con público? Tribuna con "allegados" durante el partido del sábado por la noche que disputaron Godoy Cruz y River, en Mendoza
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Al fútbol no le importa nada. Se encadenan las fechas y en las canchas cada vez habitan más dirigentes, allegados, amigos, conocidos, colados, intrusos, pillos y alcahuetes con privilegios. Sin distancia, sin barbijos, sin vergüenza. Ni la discreción cuidan los incumplidores: cantan, gritan, insultan, agreden. La bochornosa platea vip. Porque no sólo se trata de ser más vivo que los demás, sino también hay que exhibir esa supuesta superioridad. Desigualdades y atropellos bajo el cómplice manto de la inacción. Las reglas no son las mismas para todos. El fútbol espeja a una sociedad, y en este caso, su decrepitud. El desprecio total por las reglas. Por el otro. Hasta el árbitro Germán Delfino llegó a detener el partido Godoy Cruz-River en el estadio Malvinas Argentinas, de Mendoza, por esa ola desacatada que se elevaba desafiante.

Julián Alvarez marca un gol para River, pero el árbitro Germán Delfino llegó a detener el partido con Godoy Cruz en el estadio Malvinas Argentinas, de Mendoza, por los gritos de los "pocos" presentes,
LA NACION/Marcelo Aguilar


Julián Alvarez marca un gol para River, pero el árbitro Germán Delfino llegó a detener el partido con Godoy Cruz en el estadio Malvinas Argentinas, de Mendoza, por los gritos de los "pocos" presentes, (LA NACION/Marcelo Aguilar/)

La laxitud callejera en los cuidados frente a la pandemia –ante la inevitable segunda ola, advertencia en la que todos los infectólogos coinciden–, encuentra aliento en la relajación de un fútbol especialista en atajos, permisos y concesiones. Trampa, sí. El socio colabora con su bolsillo y con su pasión. Pero observa a cientos de personas en su cancha, quizás en su asiento de abonado, mientras paga el pack fútbol para seguir el partido desde bien lejos, por televisión. Costosa ecuación y el sentimiento íntimo de sentirse estafado. Principalmente por su club, claro, que permite la disparidad. Hasta la propicia.

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El poder del ejemplo cuando a nadie le importa nada. Entre tanto desgobierno, también con cientos o miles de hinchas agolpados en los accesos de un estadio, hay que jugar. Siempre jugar. Y aparece Sarmiento, con 17 infectados de coronavirus entre el plantel y el cuerpo técnico y juega. “No hay descensos, entonces está bien que no se suspendan partidos por los contagios. Las decisiones son acertadas”, había dicho Fernando Chiófalo, presidente del club de Junín. Extrañas prioridades, singular escala: ‘Si pierdo no importa, ahora, si estuviese en juego algo mi punto de vista sería distinto’, de algún modo aceptó el dirigente. Otra vez, como siempre, ni siquiera asoma un criterio sanitario, sino el móvil de los intereses. Frustrante retrato. Al menos, sincero.

El equipo de Sarmiento, diezmado por 13 casos positivos de Coronavirus y obligado a jugar igual, posó con barbijos
El equipo de Sarmiento, diezmado por 13 casos positivos de Coronavirus y obligado a jugar igual, posó con barbijos


El equipo de Sarmiento, diezmado por 13 casos positivos de Coronavirus y obligado a jugar igual, posó con barbijos

Los futbolistas forman para la foto con barbijos y el plantel de Defensa y Justicia llega cambiado para no utilizar el vestuario juninense. Se juega, y gana inobjetablemente Sarmiento con sus remiendos porque esa es otra dimensión. Lo que sucedió no fue sólo por culpa de Sarmiento, aunque aceptó el papel de partícipe necesario; ¿alguien de la Liga profesional o de la AFA lo protegió? ¿Algún club levantó la mano para gritar que debía ser liberado de protagonizar este despropósito? Ni siquiera a nadie le interesó. Y ya no una cuestión de salud, sino algo menos relevante como la equidad competitiva. Más allá de la victoria frente al campeón de la Copa Sudamericana, la competencia se distorsionó. Pero al fútbol no le importa nada. Apenas su propio ombligo.

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¿Qué ocurre cuando un plantel tiene un brote de coronavirus? Nada. No es un obstáculo. A lo sumo tendrá que debutar un arquero, como Facundo Ferrero en Sarmiento. O Martín Tagliamonte en Racing, por la Copa Argentina. Y en los certámenes continentales la Conmebol autorizó a los clubes a anotar hasta 50 futbolistas en su lista de buena fe. Hay que jugar como sea, aunque en ocasiones haya que apelar a chicos de divisiones inferiores para completar el banco y hasta la alineación. Con los daños que encierra apresurar etapas formativas. Pero a quién le interesa. Quién se detendrá en el futuro si únicamente cotiza el presente. Ningún club puede pedir la suspensión, sólo autoridades gubernamentales pueden impedirlo. El escondite perfecto para el fútbol.

¿Quién se ocupa de lo que ocurre en las divisiones inferiores? Hay contagios. Son jóvenes, generalmente asintomáticos, y afortunadamente no desarrollan con gravedad la enfermedad. Pero, ¿cuántos hisopados se hacen en cuarta o en quinta división? ¿Dónde están los protocolos? Sin rigurosidad en los estudios médicos, en los controles, esos chicos vuelven a sus casas. Muchos, conviven con sus abuelos. El fútbol y sus reglas tan particulares, con aroma a zona liberada. Caramelito narcótico, siempre funcional para evadirse un rato de la realidad.