Nadie piensa en Boca: una campaña donde todos se miden el orgullo

Diego Morini
lanacion.com

Se acusan, se difaman, se atacan. Una pelota de histeria y de palabras hirientes prolijamente ensayadas. Unos son puros y los otros son los malos. Se andan midiendo el orgullo. Se golpean el pecho por lo que hicieron y enchastran a cualquiera que se cruce por el camino. Que la historia, que los títulos, que la economía. Todos son la solución, tienen en su puño la arrogancia de su verdad. Y en el medio está parado Boca que empata, pierde o gana. Que se diluye sin sentido de pertenencia. Un día le da la cinta de capitán a Wanchope Ábila, se conforma con no haber perdido uno de los dos partidos de la serie de Libertadores con River y discute por un minuto más en el tiempo de descuento ante Argentinos Juniors, en el corazón de la Bombonera. Se escurre entre los dedos una porción de historia xeneize en un escenario político que destila rencores.

En el universo de las versiones, Boca es rey. Algunos dicen que levantó un teléfono Sergio Massa y después lo hizo Alberto Fernández para convencer a Juan Román Riquelme de acompañar a Jorge Amor Ameal. Otros que estuvo Marcos Peña cerca de acompañar a Christian Gribaudo y que Mauricio Macri monitorea cada movimiento de piezas del oficialismo. Se multiplican los rumores que todos tienen pruebas de un lado y del otro para dejar mal parado a su rival. Se sacan los ojos y se cuentan las costillas. Mientras tanto Alexis Mac Allister, como uno de los referentes del plantel, no puede marcar un gol debajo del arco ante Argentinos, se despiden de la Bombonera en 2019 con un apático 1-1 y se replica la imagen de Gustavo Alfaro haciendo gestos porque el equipo no encuentra el rumbo. Demasiado triste todo e impropio para el equipo de Ribera.

Mete miedo escuchar entre murmullos que el clima el domingo próximo en la Bombonera será denso, que tendrá presencia de hinchas vinculados a la 12 y al oficialismo, que llegarán ómnibus cargados de simpatizantes afectos a Ameal. Poco se escucha acerca de cómo se resolverá el futuro deportivo xeneize, sólo se replican imágenes de Gustavo Alfaro contando que quiere hablar con el árbitro del último clásico ante River para que le expliquen por qué no sancionó tal o cual cosa. Y se llena de nombres el aire con refuerzos que ni saben qué harán mañana a la mañana... Al menos, resulta angustiante no entender cuáles son las prioridades para este modelo de Boca.

Se golpean el pecho los candidatos, los que conducen al club, los que están afuera, los que dicen que quieren lo mejor para Boca, los que aseguran que sólo piensan en Boca, los que juran que aman a Boca, los que repiten que la vida pasa por Boca. Sin embargo, a la hora de tomar la palabra se los escucha cómo se ponen por delante del club. No dudan en decir que son la mejor opción, levantan banderas como los únicos capacitados para conducir y se ufanan por sentir la camiseta más que nadie. Si todo eso es cierto por qué no ofrecerse antes para resolver semejante anemia de alegrías para los hinchas, a los que les duelen los ojos cuando el equipo no conecta tres pases seguidos, cuando Carlos Tevez se lesiona una y otra vez, Daniele De Rossi juega a cuenta gotas, Soldando es apenas un nombre en una lista, Hurtado corre desbocado y Mauro Zárate engancha por enésima vez sin encontrar una opción que saque al equipo del hastío de la intrascendencia.

Sanó algunas heridas con la conquista de títulos locales, pero dejó en la ruta el alma por varios golpes de River, por un cachetazo de Independiente del Valle y una eliminación a manos de Almagro. Si todos los son candidatos este domingo sabían muy bien cómo evitar cada uno de esos traspiés y ahora tienen la fórmula para recuperar la gloria, por qué no aceptaron pensar en conjunto cuando era necesario... Quizá porque en realidad nadie piensa demasiado en Boca, sino que se obsesionan por poner sus apellidos en el mismo escalón.

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