Odiar a Guardiola, como odiar al Madrid, es un mal negocio

Guillermo Ortiz
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Manchester City's Spanish manager Pep Guardiola gestures on the touchline during the English FA Cup semi-final football match between Chelsea and Manchester City at Wembley Stadium in north west London on April 17, 2021. - - NOT FOR MARKETING OR ADVERTISING USE / RESTRICTED TO EDITORIAL USE (Photo by Adam Davy / POOL / AFP) / NOT FOR MARKETING OR ADVERTISING USE / RESTRICTED TO EDITORIAL USE (Photo by ADAM DAVY/POOL/AFP via Getty Images)
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Dice a menudo el periodista Pepe Rodríguez que los aficionados del Barça juegan la Champions con dos equipos. Uno, obviamente, es el suyo; el otro, el de Guardiola. La figura del exentrenador culé polariza tanto por tantos motivos que, del mismo modo, podría decirse que los aficionados madridistas juegan contra dos rivales: el que les haya tocado y al que entrene Pep. Esto de jugar a la contra tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Uno puede pasarse once años viendo cómo el Madrid es incapaz de jugarse una final europea pero tarde o temprano va a tener que comerse cuatro títulos en cinco años. Otros pueden pasarse diez años celebrando fracasos de Guardiola en la Champions, pero saben que en cualquier momento van a tener que tragarse el sapo.

Acostumbrados a las catástrofes de Pep con el Bayern y el City en años anteriores, muchos se frotaban las manos en cuartos de final cuando el Borussia marcó el 1-0 en el partido de vuelta y dejó a los de Manchester eliminados durante una media hora. Algo parecido sucedió ayer en la ida de semifinales: el gol de Marquinhos no solo ponía el 1-0 en el marcador sino que consolidaba un dominio claro de los parisinos ante la aparente confusión de los visitantes. Esto lo habíamos visto tantas veces antes que se mascaba la tragedia (o la euforia), pero en esas apareció Phil Foden, volvió locos a todos, el City se plantó en campo ajeno y por primera vez en una década, Guardiola tuvo suerte: Keylor Navas se comió un centro de Kevin de Bruyne y la barrera se abrió en la falta que lanzó Riyad Mahrez.

De repente, diez años después de su rueda de prensa del "puto amo", de la tumultuosa eliminatoria contra el Madrid de Mourinho y de tocar el cielo con una segunda Champions a los 40, Guardiola queda a un paso de repetir final con lo que le ha costado: penalits decisivos fallados, dominios estériles, goles anulados en el descuento... siempre había algo de fatalismo rodeando a los equipos de Guardiola en Champions. Los mismos equipos que luego se paseaban por sus ligas nacionales, en ocasiones incluso ante los mismos rivales. Estos diez años han servido para reforzar adhesiones en la derrota europea y para el escarnio propio y ajeno, pero lo curioso es que, en el proceso, prácticamente nadie ha dudado de que Guardiola seguía siendo el mejor entrenador del mundo.

Este tipo de afirmaciones son un poco gratuitas porque no hay un solo método ni un solo camino, pero, aparte de sus numerosísimos títulos, Guardiola es un hombre que cuenta con la admiración de prácticamente todos sus colegas. Incluso la de Javier Clemente, que ya es decir.. Él tiene su forma de entender el fútbol y no siempre estaremos todos de acuerdo: por ejemplo, el empeño en jugar sin delantero centro claro -con la excepción de sus años en el Bayern, porque no iba a sentar a Lewandowski- probablemente le haya perjudicado en eliminatorias que se resuelven por pequeñísimos detalles. Sin embargo, el respeto a lo largo de todos estos años ha sido absoluto. Sus equipos han jugado muy bien al fútbol -también con excepciones: el City del año pasado- y ha ganado una barbaridad: desde que se fue del Barcelona, ha jugado 448 partidos oficiales. En 334, su equipo se llevó la victoria.

Mucho dinero y pocas estrellas

Una de las pegas que se le ponen habitualmente a estos números es que no los habría conseguido con equipos más débiles o con menos dinero. Es una obviedad. El Bayern de Munich era una apisonadora antes de que llegara Guardiola y lo ha sido después, desde luego... pero otra cosa es el City: los jeques llevan poniendo pasta ahí más de diez años y ayer vimos el primer gol del equipo en una semifinal de Champions. Aquí sí que hablamos de un "equipo de autor". Un equipo carísimo, de acuerdo, pero perfilado al gusto exquisito de Guardiola. El dinero se ha gastado en jugadores muy determinados para posiciones muy precisas y a menudo fuera del radar de los grandes clubes.

Mientras en la élite, el PSG fichaba a Neymar, el Barcelona a Griezmann, el Madrid a Hazard y así sucesivamente, los refuerzos del City eran jugadores que no estaban normalmente ni entre los cinco mejores en su puesto. El objetivo siempre fue hacer una obra coral, sin protagonistas. ¿Quién es el delantero del City? No lo hay. ¿Quién es su amenaza ofensiva? Bueno, a lo largo del año, hemos visto grandes partidos de Sterling, de Gabriel Jesús, de Ferrán Torres... pero ahora los que llevan el peso son Foden, Mahrez y De Bruyne como "falso nueve". Falsísimo, de hecho. 

Lo fascinante -y desesperante- de Guardiola es precisamente eso: que parece crear un vocabulario propio que los demás tenemos dificultades para entender. El equipo más rico del mundo acaba sostenido por un canterano, un intermitente jugador sacado del Leicester y un hombre a una lesión pegado. Se me ocurren caminos más directos a la gloria, pero, sin embargo, por una cuestión estética, casi, Guardiola ha preferido ir dando vueltas. Es su manera de divertirse con esto. No ya ganar sino ganar a su manera. Me gasto 85 millones en Aymeric Laporte y acaba de suplente de Ruben Dias y John Stones.

De Guardiola se dice a menudo que su reino no es de este mundo, y eso desespera a menudo a sus detractores -¿por qué alabar tanto a alguien que no gana una Champions ni con todo el dinero del mundo?- pero también los tranquilizaba porque, al final, dejaba de ser una amenaza. Hasta este año, que en el fondo podría haber sido cualquier otro año con un poco de fortuna. Odiar a Guardiola no es un buen negocio porque Guardiola, como el amor, siempre vuelve. Queda por apurar un peldaño más antes de plantarse en la final y, una vez ahí, ¿quién no sueña con un duelo ante el Madrid de Zidane? Sería de esas finales llamadas a pasar a la historia.

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