"Da gracias si mañana tienes trabajo": la pelea de la vergüenza que cambió la NBA para siempre

Antonio Gil
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El 19 de noviembre de 2004 tuvo lugar la pelea que cambió la NBA por completo. La vergonzosa imagen de los jugadores de los Indiana Pacers subiendo a la grada del Palace de Auburn Hills para liarse a golpes con los fans de los Detroit Pistons dio la vuelta al mundo. Un bochorno sin parangón.

Un resumen rápido: partido entre Indiana y Detroit en la cancha de los segundos. Ron Artest comete una falta dura sobre Ben Wallace y se organiza una pequeña tangana. Artest se aparta de la trifulca y se tumba sobre la mesa de anotadores. Desde la grada, alguien lanza un vaso de refresco que impacta sobre el jugador, que se levanta como un resorte para ir a saldar cuentas en el patio de butacas. Varios jugadores de los Pacers le siguen y algunos aficionados bajan a la cancha, produciéndose intercambios de puñetazos. Pasado un tiempo, los Pacers ponen rumbo a los vestuarios entre insultos, amenazas, gritos racistas y lluvia de objetos. Lo dicho, un bochorno abrumador, que terminó con durísimas sanciones y cambios en la normativa de la NBA.

“Durante el calentamiento ya podías sentir el ambiente. Insultos racistas, provocaciones, menciones a nuestras familias, comentarios sobre nuestras esposas, etc.”, recuerda Stephen Jackson en el documental The Quiet Storm. El hecho de que los Pacers dieran todo un correctivo a los Pistons calentó todavía más unos ánimos que se dispararon cuando Ron Artest cometió la citada falta. “Ben Wallace entró a canasta y yo no estaba dispuesto a dejar que anotase. No quería cambiar mi mentalidad sólo porque ganásemos. Siempre juego hasta el último segundo”, se justificaba el protagonista. Wallace perdió los papeles y llegó incluso a lanzar una toalla, una muñequera y otras prendas de ropa a su rival. “Me tiró cosas y no hubo técnica ni expulsión. Llegados a ese punto, tenía que protegerme”.

Lo curioso fue que la forma de protegerse de Artest consistió en apartarse de la acción y tumbarse en la mesa de anotadores. Una aparente provocación con la que siguió a pies juntillas las instrucciones de su psicóloga. “Mi psicóloga y yo hablábamos mucho sobre situaciones así y la solución de irme a mi ‘lugar feliz’. ¿Qué debía haber hecho? ¿Debía haberme ido a una cafetería? ¿Al vestuario? Quedaban 20 segundos y la mesa de anotadores estaba ahí mismo. Podía haberme sentado, haberme puesto de pie sobre ella, haberme tumbado, haberme puesto a hacer flexiones… pero me tumbé”. Fue entonces cuando se desató el caos.

Indiana Pacers forward Ron Artest gets back on the court after going into the stands after fans during a brawl with the Detroit Pistons with just 45.9 seconds left in the game Friday, Nov. 19, 2004, in Auburn Hills, Mich. The game was called by the officials.  (AP Photo/Duane Burleson)
Indiana Pacers forward Ron Artest gets back on the court after going into the stands after fans during a brawl with the Detroit Pistons with just 45.9 seconds left in the game Friday, Nov. 19, 2004, in Auburn Hills, Mich. The game was called by the officials. (AP Photo/Duane Burleson)

“Los jugadores de Detroit empezaron a tirarnos de todo y la gente comenzó a lanzar cosas desde la grada. Vimos vasos y cosas por el estilo volando”, rememora Stephen Jackson. Y ahí es donde entra en acción John Green, el aficionado que lanzó el vaso a Ron Artest. “Estaba con mi amigo y tenía una Coca-Cola Light con hielo en un vaso. Le dije que pensaba que podía dar a Ron Artest desde donde estábamos, lancé una parábola perfecta y le golpeó justo en mitad del pecho”, hace memoria. “Me quedé sentado pensando, ‘Dios mío’. Realmente no creía que fuese a darle. Artest se giró y miró hacia la grada, y los chicos que había sentados detrás de mí empezaron a gritarme, ‘¡yeah, le has dado!’”. Lamentablemente la alegría no fue compartida por el jugador de los Pacers. “Cuando le vi levantando el brazo fue como, ‘ese tipo es quien me ha dado’ y corrí en esa dirección. Quería estrangularle. No hasta la muerte, pero sí hacerle saber que jamás volviese a tirarme un vaso en su vida”, explica un Ron Artest que no sabía que se había confundido de persona e iba a hacer pagar a un inocente. “Empecé a notar como se disparaba la adrenalina y mi corazón latía a toda velocidad. Pensé, ‘aquí viene’”, recuerda John Green. Entonces Artest pasó por su lado, casi apartándole, y se lanzó sobre otro aficionado que no tenía nada que ver.

Llegados a ese punto ya no había vuelta atrás y el descontrol se fue extendiendo en la grada y la cancha, con los jugadores de los Pacers y los fans de los Pistons intercambiando puños. “Estaba protegiéndome a mí y a mis compañeros. Teníamos que salir de allí juntos y después ya pensaríamos en las consecuencias”, comenta Jackson con el paso de los años. De vuelta en el parqué, Artest se topó con otro inconsciente con ganas de bronca. “Tuvo mucha suerte de que hubiera cerveza en el suelo y resbalase porque, si hubiera afianzado mis pies, le habría golpeado con mucha más fuerza”. El descerebrado en cuestión intentó levantarse y entonces apareció Jermaine O’Neal, capitán de los Pacers, para darle otro recado. “Creo que hice lo que debía y lo repetiría, ya que en ese momento la gente está intentando matarte por un partido de baloncesto”, asegura.

Indiana Pacers' Ron Artest is restrained by Austin Croshere before being escorted off the court following their fight with the Detroit Pistons and fans Friday, Nov. 19, 2004, in Auburn Hills, Mich. NBA commissioner David Stern suspended Artest for the remainder of this season, Sunday Nov. 21, 2004, and disciplined eight other members of the Pacers and Pistons, sending a strong message that the league won't tolerate the type of unprecedented violence displayed Friday night.  (AP Photo/Duane Burleson)
Indiana Pacers' Ron Artest is restrained by Austin Croshere before being escorted off the court following their fight with the Detroit Pistons and fans Friday, Nov. 19, 2004, in Auburn Hills, Mich. NBA commissioner David Stern suspended Artest for the remainder of this season, Sunday Nov. 21, 2004, and disciplined eight other members of the Pacers and Pistons, sending a strong message that the league won't tolerate the type of unprecedented violence displayed Friday night. (AP Photo/Duane Burleson)

En su camino hacia los vestuarios, los jugadores de los Pacers recibieron una lluvia de vasos, botellas y hasta sillas. Todo aquello no tenía ningún sentido. Ya alejados de la tormenta, la escena en el camerino de Indiana fue surrealista. “Ron estaba recostado en su taquilla y me dijo, ‘Jack, ¿crees que nos hemos metido en problemas?’”, explica Stephen Jackson. “Le dije: ‘¿problemas? Tendrás suerte si mañana sigues teniendo trabajo’. Todos empezamos a reír a carcajadas porque no creíamos que hubiese hecho aquella pregunta. ‘Hermano, hemos pegado a los fans, hemos subido a la grada. Nunca antes ha pasado algo así. Hemos traído el barrio hasta aquí. Puede que éste haya sido tu último partido en la NBA. Y puede que el mío también. Quizás tengamos que irnos juntos a jugar al extranjero, ¿vale?’. Fue la pregunta más tonta de todos los tiempos”.

La NBA actuó con mano dura. Ron Artest fue suspendido de empleo y sueldo el resto de la temporada (86 partidos y 4.995.000 dólares en salario), mientras que Stephen Jackson pagó con 30 encuentros (1.700.000 dólares en salario), Jermaine O’Neal con 15 (4.111.000 dólares en salario) y Ben Wallace con 6 (400.000 dólares en salario), al tiempo que otros seis jugadores recibieron también castigos menores. Además, a la persona que lanzó el vaso y los otros tres aficionados que se bajaron al parqué se les prohibió entrar a los partidos de los Pistons de por vida y la NBA endureció las normas en sus pabellones. Desde entonces se limitó la venta de bebidas alcohólicas durante los partidos, prohibiendo su distribución en el último cuarto de cada encuentro y negando su venta y consumo a personas claramente ebrias, a las que además se expulsaría automáticamente del recinto deportivo. Algo demasiado serio como para que John Green todavía tuviera la poca vergüenza de, durante una entrevista, responder a la pregunta de por qué lanzó el vaso con un socarrón “no tenía la intención de dar a nadie, pero se me olvidaron las leyes de la física que dicen que todo lo que sube baja”.

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